¿Ya se percató? ¡Al Cesar se lo está tragando el desierto!

 

Cuánta razón tenía Julio Oñate Martínez cuando hace cuarenta años escribió su profecía. Ya Pedro Castro lo había vaticinado también, pero las predicciones fueron pasadas por alto y ¡cuánto daño te han hecho, Cesar!

 

El Cesar es uno de los departamentos del país que tiene el grado de desertificación más avanzado. Deforestación, malas prácticas agrícolas y fenómenos naturales han aportado a la degradación de las tierras.

 

Basta con abrir la ventana y observar que el paisaje de ha ido, al igual que muchos pájaros que en tiempos remotos del valle del Cesar alegraban en despertar de las gentes.  Ya no están los pastos verdes y el color de la vegetación se ha cambiado por un tono amarillento que viaja con la brisa desde La Guajira y se posiciona en lo que antes eran los bosques de caracolí.

 

El tiempo le dio la razón a Julio Oñate Martínez, quien hace cuatro décadas escribió una profecía sobre lo que hoy le está pasando al Cesar: que está siendo tragado por el desierto. La Guajira abrió su boca y está engullendo el Departamento ante la mirada impasible de sus moradores y líderes.

 

“Es cierto. Fíjate que en los alrededores de Valledupar ya tú encuentras cactus, trupío, tunas, que es vegetación propia de áreas desérticas”, dice Oñate Martínez, el compositor que hoy se duele de que su profecía se haya cumplido. “Fue una canción premonitoria, como un campanazo de alerta, pero en ningún momento hubiera deseado yo que las cosas hubieran llegado al punto que han llegado. Todavía se pueden aplicar correctivos”, dice Julio.

 

El monstruo se creció. Así lo han expresado ambientalistas que han constatado los avanzados procesos de desertización y desertificación en el Cesar, que se evidencian en los suelos salinizados y las tunas de San Diego, los del cactus en El paso y Valledupar, la erosión en Becerril…

 

Las tierras usadas para cultivos o pastos se han transformado en suelos desérticos o casi desérticos, con disminución de la productividad, amenazando seriamente el ambiente y el rendimiento agrícola (desertización). La parte triste es que la degradación ha sido provocada en gran parte por la mano del hombre (desertificación), a través de la transformación y el deterioro de las coberturas vegetales, producto de la deforestación, minería desaforada y malas prácticas agrícolas, entre muchos otros males.

 

La preocupación creció cuando en 2005 fue revelado un resultado de un estudio realizado por la Corporación Autónoma Regional del Cesar, Corpocesar, y el Instituto de Estudios Ambientales y Metereológicos, Ideam, que mostraba un millón 561 mil 158 hectáreas (el 69 por ciento) de las tierras del Cesar se encontraban en proceso de desertificación. El proceso continúa.

 

Corría la década del 61. En la casa de Pedro Castro, cerca del Loperena, se realizaba una tertulia y uno de los estudiantes que iba camino a casa se detuvo a escuchar las sabias palabras del patriarca cuando hablaba sobre la barrera natural que separaba la desierta Guajira de la vegetación del valle del Cesar.

 

“Era lo que se conocía como el Tapón de Cuestecitas; un pueblo con cerros y lomas que era una zona riquísima en maderables y bosques naturales; infortunadamente de bosques muy apetecidos por los comerciantes de madera y él decía que esa barrera natural era lo que diferenciaba ecológicamente la parte del desierto con la del valle”.

 

Vaticinó entonces Pedro Castro que el día que destruyeran esa barrera, que tumbaran los árboles y arrasaran la vegetación del lugar, La Guajira se iba a meter en el valle del Cesar. Dentro de las casas de muchos quedaron los guayacanes, carretos, tolvas, cedros y ceibas talados de Cuestecitas. Lo arrasaron todo y la profecía se cumplió.

 

“Destruyeron de manera irresponsable

los bosques de Dividivi, tu barrera natural

y tumbaron esos grandes carretales

allá arriba en La Guajira no ha

quedao ni un guayacán”. (La Profecía).

 

Años después de la tertulia, al ver las transformaciones que sufría el ecosistema a su alrededor, “yo como ingeniero agrónomo tenía una percepción de que algo estaba pasando, estaba como cambiando y en las temporadas de la preparación de tierras, la brisa que venía del norte levantaba unas nubes impresionantes de polvo porque al no haber esa barrera, el impacto de la brisa era mucho más fuerte, incluso estaba ocasionando aquí en los alrededores de Valledupar, en Callao, problemas de erosión eólica que es la que se lleva la capa vegetal”.

 

Oñate Martínez, que comenzaba a incursionar en el mundo de la composición, revivió en su memoria las sabias palabras de Pedro Castro. Entonces fue fácil armar la canción, que más tarde impactó en el Festival Vallenato ocupando el primer puesto, aunque el pueblo del Cesar no atendió la alerta temprana que lanzó el autor.

 

Alerta, alerta vallenato,

mira que ahí viene La Guajira

lo comentaba Pedro Castro

que el gran desierto se avecina"… 

 

"Y entonces, el pasto verde que hay en tu región

será cambiado por tuna y cardón

y el verde intenso de tu algodonal

no será visto allá en Valledupar" (La Profecía).

 

A través de la Ley 461 fue aprobada para Colombia en 1998 la Convención de las Naciones Unidas de Lucha Contra la Desertificación. De este tratado hacen parte 150 países, siendo ratificado para Colombia en 1999 a través de la división de Ecosistemas del Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Territorial.

 

En este contexto, el Ideam declaró tres áreas piloto para el trabajo de la desertificación y la sequía en el país: el Desierto de la Tatacoa en Huila, Villa de Leyva en Boyacá y el valle del Río Cesar. Emprendieron entonces Corpocesar y el Ideam la tarea de formular el Plan de Acción Regional (PRA) de lucha contra la desertificación y la sequía. El estudio incluyó diagnósticos, visitas de campo, medición de información secundaria, cartografía y talleres de socialización. Los resultados estuvieron listos en agosto pasado.

 

“Se logró la identificación de áreas de ecosistemas secos y áreas en procesos de desertificación”, dijo Wilson Márquez Daza, Tecnólogo forestal y Administrador Ambiental de Corpocesar y explicó que “con el plan se pretende establecer lineamientos directrices, acciones y proyectos para enfrentar la problemática”.

 

Al hacer el comparativo por departamentos, “el Cesar está dentro de los primeros lugares, tercero o cuarto. En el departamento podemos comparar municipios. El Paso, Astrea, San Diego, Bosconia, Valledupar y La Paz son los municipios con mayor área de ecosistemas secos”.

 

El río Guatapurí lo vienen gritando hace tiempo, sus riberas fueron deforestadas y su cauce quedó reducido a lánguidas lágrimas que en verano gimen de sed, reclamándole al hombre la vida que le ha venido robando. Los viejos del Cesar cuentan historias que hoy se antojan fantásticas sobre embarcaciones navegando por las aguas del Guatapurí.

 

No solo el Guatapurí, sino también río Cesar repiten hoy el drama descrito por Adriano Salas Manjarrez en su canción ‘Caño lindo’. En las riveras del Caño tumbaron los árboles y el propietario de una finca creyendo que estaba haciendo lo mejor, le destruyó toda la rivera al caño, tumbó todos los árboles para hacer un terraplén y que el agua no le invadiera las tierras, lo cual según Julio Oñate, “lo que hizo fue darle una mortal cuchillada al ecosistema que tenía porque las aves se fueron y desapareció el paisaje. Eso describe Adriano Salas es lo mismo que está pasando aquí en el río Guatapurí”.

 

Ya no se ven los pastos por el agua

Está inundada toda la región

Ya no acompaño más con mi guitarra

A las aves silvestres de El Playón”. (Caño lindo).

 

La Sierra Nevada también se ha pronunciado y ‘dejó derretir’ 60 de los 71.5 kilómetros cuadrados de nieves perpetuas que tenía. Allá en lo alto, los pocos indígenas que quedan (ya no hay Chimilas, ni Motilones, ni Tupes, ni Euparies) invocan a la Pacha Mama (la tierra) para que desde su corazón les envíe fuerzas para luchar por su territorio ancestral, que ha sufrido amenazas de cultivos ilícitos, acción de grupos armados y el anuncio de un megaproyecto que ellos consideran un peligro más.

 

El algodón tuvo su época de oro a principio de la década de los setenta. El suelo del Cesar era blanco, amen de las casi 30 mil hectáreas de algodón que trajeron riqueza a las gentes que se limitaron a tomar lo que la tierra les daba sin devolverle a ella el trato que merecía, hasta que la dejaron agonizando. Consecuentemente el cultivo del algodón también agonizó. La muestra son las cifras cada vez más decrecientes de hectáreas sembradas.

 

Grandes extensiones de suelos del Cesar cubren la riqueza del carbón, cuya explotación está cobrando una cuota muy alta al ecosistema que se refleja en la muerte de las cuencas hidrográficas (de es testigo el Sororia en La Jagua de Ibirico, por ejemplo), el deterioro de la calidad del aire, enfermedades de los pobladores de las zona del carbón.

 

La mala utilización de las tierras de la ganadería, las prácticas inadecuadas en las actividades agrícolas y la deforestación tienen resultados en el ecosistema y traen consigo la devastación que hoy vive el Cesar.

 

Vistos estos escenarios, la mano del hombre, en parte desconocimiento, en parte por indolencia, en parte por avaricia, es la causante de la hecatombe que amenaza al Cesar con un futuro de hambre y sed.

 

“Los ecosistemas secos son muy ricos, biodiversos, pero los desconocemos; creemos que son chamiceros, rastrojos, que no tienen importancia ambiental y biológica y ahí se da una dinámica tremenda, pero son también muy susceptibles, muy vulnerables y muy débiles por la intervención del hombre. Cuanto tú haces sobrepastoreo, utilizas mucha maquinaria pesada, destruyes la vegetación, esto contribuye a que se avance en estos procesos de desertificación, de sequía y erosión”. La explicación del experto Wilson Márquez disculpa un poco al depredador natural; sin embargo, no se vale que ahora, con conocimiento de causa y habiendo experimentado las consecuencias, el hombre continúe cometiendo el mismo pecado contra la naturaleza. 

 

Las manifestaciones desérticas en el Cesar son la alerta roja. La Guajira avanza sin permiso, gracias a la destrucción de la barrera natural. “Cuando comienza esa brisa tan fuerte que parece que prendieran un ventilador gigantesco en La Guajira sobretodo en las épocas de los primeros meses de la brisa, sencillamente el viento arrastra la semilla, polen y eso ha ido cambiando lo que es el ecosistema”, explica Julio Oñate. Por eso hay cactus y manifestaciones de desierto en el Cesar.

 

¡Hay que detener el desierto!

 

Si te descuidas vallenato

se cumplirá tu profecía

como dijera Pedro Castro

que el desierto te alcanzaría” (La Profecía).

 

Se estima que más de mil millones de personas en el mundo están afectadas por la desertificación y ¿qué será del Cesar si se acaban de morir sus suelos, si La Guajira termina de tragárselo?. Cese de producción; de hecho, más del 90 por ciento de lo que hoy consumen los cesarenses es traído de otras regiones, pero en el futuro ya no habría dinero para comprar. Migración masiva. Hambruna, sed y guerra por tenencia de lo poco que exista. Inundaciones en invierno y la tierra pelada en verano. Una fotografía poco alentadora.

 

Entonces hay que detener el desierto y obligarlo a que se quede en su lugar. Corpocesar adelantó una labor socializadora del PRA, mediante talleres y entrega de material didáctico y charlas, entre otros. Ya está en marcha la implementación de este plan que se enfocará en la lucha contra la degradación de las tierras, a través de seguridad alimentaria y desarrollo sostenible de actividades forestales, agropecuarias y de fines múltiples; conservación y utilización sostenible de la biodiversidad biológica; además, aprovechamiento, uso eficiente del recurso hídrico y mitigación de la sequía.

 

Pero para que todo funcione, los expertos consideran que los más primordial es que el Cesar entero se de cuenta de lo que le está pasando, que los dirigentes adopten las medidas pertinentes, como una política de reforestación contundente, establecimiento de normas para las prácticas agrícolas y mineras incluyendo sanciones a quienes las violen, para que las nuevas generaciones puedan contar historias bajo un árbol florecido a orillas del Guatapurí.

 

 “Allá arriba en el imperio de la arena

un indio llora su pena

mirando a Valledupar

no comprende qué se hicieron las barreras

la que protegía su tierra

ya no hay nada que cortar

y entonces

cuando ya el Valle sea un gran arenal

lleno de tunas y grandes cardones

solo se escucharán los acordeones

porque la música será inmortal”.

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