Un nuevo libro para un viejo juglar

 

Cerrar el libro de su vida presente y comenzar a escribir las páginas de uno nuevo, en el que pueda plasmar la historia del folclor, que es su vida, y que esa vida tenga unas condiciones superiores a las actuales es el sueño de ‘Moralito’.

 

Sentado en la terraza de su casa, o mejor, en la casa de la mujer –porque “los hombres no tenemos casa” – evoca con nostalgia los años que se fueron y se le llevaron la fuerza que tenía para agarrar su acordeón y henchir al mundo con su música.

 

Son sólo recuerdos que divagan por su mente. “Soy un viejo de 93 años y he sido un hombre muy sufrido”, dice mientras hace relatos de una niñez feliz, llena del verdor del campo, pasando el verano en la finca con su familia y más tarde enamorando muchachas a punta de cantos vallenatos.

 

En ese nuevo libro dedicaría muchos capítulos al vallenato puro para que cuando pase el tiempo alguien pueda encontrar esos escritos y los transmita a otras generaciones, para que nunca se acabe. “Del vallenato de verdad se está hablando mucho, pero no lo están escribiendo; bueno que lo escriban para que no muera. Si se escribe, en alguna página lo encuentran”.

 

Ahí sentado, escuchó a lo lejos una canción de acordeón, de esas que a él no se le antojan vallenato y se lamentó profundamente: “Pienso que es irresponsabilidad de parte de los compositores porque ya no le hablan al río ni a la casa; es pura mujer, puro amor y no hay tal amor; el amor ya se perdió. Desde luego que también se perdió la fe, todo está agotado. Nosotros nos esforzamos por hacerle música al folclor de verdad, pero ahora los compositores no respetan a la mujer, antes era sagrada porque de la mujer nacimos, pero la ponen de pantalla y esa es una mala atmósfera”.

 

En esos momentos de evocaciones llegó a su mente la última parranda. “De eso hace un tiempo avanzadito porque antes de que Consuelo Araujo muriera, yo estuve con ella en Bogotá, haciéndole promoción al Festival Vallenato; después volví con otra señora…” Su voz se torna triste y dice que ya la garganta no le sirve pa’ cantar. “Esas parrandas se acabaron; eran parrandas especiales; la gente se quería, no estaba pendiente de andar armado ni buscándole la mala hora a otro. Yo fui un tipo parrandero, me iba por Atánquez, La Peña, Corral de Piedra, Lagunita, Patillal y no dejaba ‘malas notas’ en ninguna parte; esas cosas quedaron, como las parrandas, en los escritos.

 

Con la irremediable partida de Emiliano Zuleta Baquero, su compadre, y Toño Salas, Lorenzo Morales se convirtió en uno de los últimos juglares de la música vallenata que sobrevive. Al tocarle el tema dice: “yo estoy aquí como las ánimas benditas, pidiéndole a Dios que no me reviente la cabuya porque si la revienta yo soy el último que queda ya; mi compadre Emiliano se murió, también Toño Salas; ahora sólo faltamos Leandro y yo; los otros ya no existen”.

 

Cuando tuvo a Moralito (1914 en Guacoche, corregimiento a cinco kilómetros de Valledupar) lejos estaba doña Juana Morales de pensar que su hijo se convertiría en un afamado acordeonero, cuyo nombre recorrería el mundo en una canción, en la que no queda muy bien parado. Él cuenta su versión de los hechos, acaecidos en Urumita, donde supuestamente se fue ‘de mañanita’, huyéndole a un reto.

 

Tanto él como Emiliano Zuleta eran pelaos ‘javaos’ con su acordeón y su popularidad se iba regando por la región. A cada uno le habían dicho que el otro tocaba más, por eso cuando se encontraron se creó la grane expectativa. “Yo fui a Urumita a hacerle un mandado a mi mamá; cuando llegué allá estaba Emiliano y nos pusimos a parrandear con un acordeoncito que él tenía. Como yo andaba pendiente del mandado, porque siempre respeté mucho a mi mamá, me acosté a las nueve de la noche y al otro día madrugué para Guacoche”. De ahí nació ‘La gota fría’.

 

Pese a que fue un trotamundo, Lorenzo Morales creció en el seno de su mamá, acompañado por sus hermanos: Agustín, Fernando, Esteban, María y Rudesinda. “Mi mamá se cobijaba por esos hijos; no era como ahora, que existen ‘madres de caracol’, que botan a sus hijos a la calle y se los sacan; tenía unas tierras por los lados del río y en los tiempos de verano mi mamá se venía con sus hijos a la finca”.

 

Su contacto con el acordeón llegó a través de su hermano Agustín, quien tocaba el instrumento y viajaba periódicamente a la Zona Bananera y a Fundación, donde se encontraban acordeones baratos y él podía comprarlos. “Ese acordeón lo cogía yo y unas veces me distraía, pero otras me daba rabia y en últimas me iba para la calle”.

 

 Las mujeres son un tema del que a este caballero no le gusta hablar; sólo dice: “Yo no fui mujeriego, lo que pasa es que me gustaban las mujeres, las he elogiado mucho, nunca he hablado mal de ellas; en esa época sí había mujeres”.

 

-¿Y cuantas mujeres tuvo?

- “No se lo puedo contar porque es un pecado si le cuento”

- Pero el pecado ya está cometido ¿no?

- “Yo les canto para elogiarlas porque les debo un poco de cosas”… Y pone un ejemplo:

 

“Si la primavera es buena

yo tendré mucha alegría

porque voy a pintar la huella

de la morenita mía”.

 

Y otra vez dice:

 

“Ay muchachas manaureras

no olviden a Moralito

porque si mañana muero

con eso no resucito”.

 

No habla de ellas, pero las conoce a la perfección. “En la primavera uno le sabe la medida al zapato de las mujeres; si ve la huella, dice: ahí pasó fulana de tal, y si anda descalza mucho más”.

Habla libremente de sus veinte hijos. La limitación aparece cuando se le pregunta con cuántas mujeres los tuvo. “No le dijo, me guardo el secreto de las mujeres porque de pronto le echo una mentira. Con la señora que vivo tuvimos trece hijos; los otros fueron aventuras de la vida”.

 

El gran contraste que ha rodeado la vida de este juglar es la fama que acumuló con su obra musical frente a las condiciones en las que vive en una humilde vivienda del barrio Primero de Mayo en Valledupar. La incompatibilidad también se manifiesta en la cantidad de hijos que tuvo y que, a juicio de muchos, deberían tener a su papá viviendo en una mansión. “Mis hijos andan una parte por un lado y otra parte por el otro, pero no dejan de venir y me traen cositas”.

 

Desde hace varios años, la Sociedad de Autores y Compositores, Sayco, entrega un reconocimiento económico a ‘Moralito’, por ser una gloria del folclor. Además, el juglar recibe regalías –aunque no muchas- por la ejecución de sus obras, y una pensión por sus años de trabajo en el Idema. Él habla poco del tema, pero dentro de las inconformidades que expresan los seguidores de su obra está además el hecho que en su casa habitan demasiadas personas para las que es necesario estirar - hasta reventar - esos recursos.  

 

Sus días transcurren entre visitas de admiradores, amigos y añoranzas de viejos tiempos. “He sido un hombre sufrido y hoy sufro más porque he sentido el dolor, la necesidad de hablar de muchas cosas; tanto que le hecho yo al folclor, pero casi me han olvidado; no sé qué pasó, creo que es ‘la de buena y la de mala’; vivo así con la voluntad de Dios y esperando el auxilio de la gente para que me ayude”.

 

Si se encontrara cara a cara con Dios, le pediría fe y más paciencia para soportar todo lo que le toca vivir. “Llegará el momento en que no sufra más; he sido un hombre de paciencia; he vivido sin plata, no tengo con qué vivir; lo único que tengo es mi señora, que era mi alma y mis brazos, pero le amputaron una pierna… Estoy ‘mondao’ por todas partes”.

 

Al final de esta conversación, con un tono de timidez, ‘Moralito’ dice que necesita dinero para tener una mejor calidad de vida y es ahí donde entran a jugar un papel determinante todas las personas que se identifican con su obra musical y que coinciden en que ‘Moralito’ tiene derecho a vivir con un grande, porque eso ha sido para la cultura de su región.

 

(Esta entrevista tuvo lugar en abril del año 2011)

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