Mendiola, hidratando su arte en manantiales de poesía

 

 

Llevaba muchos días ansiando ese encuentro. Imaginaba cómo sería estar frente a ella, la “maestra heroína”, uno ícono poético que lo inspira para avanzar en el camino del arte por el cual eligió encausar su vida. Llegó a la cita unos minutos antes. No quería ser impuntual. Ignoraba que también ella anhelaba conocerlo.

 

“¡Tú eres Andrés!”, dijo ella al llegar, con evidente agrado. “¡Maestra Rita!”, respondió él, sin poder disimular la emoción del momento; entonces el espacio se llenó de una magia especial. Era como estar ante lo tangible de un afecto previo, de la admiración recíproca, del regocijo de las bienvenidas; ante un ritual reverente hacia el arte y su hacedor.

No se habían visto nunca antes. Él conocía muy bien la vida y obra de ella; la había seguido de cerca e incluso la había tocado de forma sutil, interpretando una poesía en la que ella se refiere a un amor que fue como “un grito que se ahogó en la distancia, un sol que murió por la tarde”; como “sobra perdida vagando en recuerdos de ayer”. Ella tenía referencias de él porque había escuchado esa versión de su canción ‘Sombra perdida’ y la había atrapado esa forma interpretativa, ese ‘algo distinto’ en el modo de cantar y darle estética a la musicalización que ostenta él.

 

Se sumergieron en una tertulia amena, humana, simple, argumental, reveladora, biográfica, discográfica, coincidente, ‘serendípica’… Era como si se conocieran de toda la vida, como siendo ellos mismos el axioma de vínculos preexistentes a través de la música, de un tejido atemporal cuyos hilos son seres armonizados por una pasión y un arte común, que en este caso es la poesía cantada.

Armaron un gigantesco árbol genealógico y resultaron estar emparentados, no solamente por el arte, el territorio y la lactancia constante de la inspiración que emana de la tierra, que arrastran los ríos, que exhiben las montañas, que duerme en las sabanas y sacude los sentidos; sino también por un linaje que los une en algún punto genético que tienen la tarea de descubrir. 

“¡Ah, pero si tú eres el hijo de Tito!”, dijo ella con la expresión de quien ha descifrado un acertijo. “Hace tiempo había escuchado que un hijo de Tito estaba en la música. Luego escuché esa versión hermosa de ‘Sombra perdida”...”.

“Sí. Yo soy el hijo rebelde de Tito”, respondió él y le explicó que es Mendiola, de la misma estirpe de los Mindiola, sólo que su abuelo investigó que el apellido original es con E. Por eso él es Carlos Andrés Mendiola Muñoz, aunque le atrae mucho el apellido con I encierra la palabra indio, porque es más consecuente con lo que él quiso ser desde niño, cuando se enfrentó a la dualidad de la Sierra y la ciudad, en las que se enmarcaba su mundo, con ancestros en ambos extremos. A él lo convocaba fuertemente la vida en las montañas. Lo sigue convocando. Ese, el apego hacia lo natural, es otro punto de conexión que se exterioriza en las canciones de ambos.

Rita Fernández Padilla, nacida en Santa Marta, hija de un sanjuanero y una samaria de origen riohachero, marcó un ‘antes y después’ en 1968, cuando llegó a la primera versión del Festival de la Leyenda Vallenata, en Valledupar, acompañada de otras muchachas como ella, liderando una agrupación de vallenato femenino llamada ‘Las Universitarias’, que abrió las puertas a la mujer interpretando vallenatos. Desde entonces, esta cantautora, poetisa, pianista y acordeonera ha ido dejando huellas indelebles en el sendero folclórico y literario de esta región, exacerbando el paisaje bucólico que tiene este territorio. De eso dan fe sus canciones y sus himnos, pues no solo es autora del Himno de Valledupar sino también del de Codazzi.

 

Y es que la vida de esta poetisa es una oda a la libertad, a vivir la vida querida, a la no alienación de estos tiempos, a la insubordinación contra vanidades y prejuicios sociales, a defender el libre albedrío que le fue dado desde el momento mismo de su creación; una oda a la poesía como un estado del alma desde el cual se puede vivir feliz y en paz; siendo todos estos factores que imantaban el interés de Andrés Mendiola, que lo impulsaban a querer conocerla de cerca, a descubrir más de esa mujer en la que tal vez advertía reflejos de la lucha que él mismo debió dar cuando se estrelló con las críticas propias de aquellos que no podían de digerir su –poco común- arte y encontraban en la censura un ‘buen consejo’ para hacerlo desistir de sus sueños. Pero él tenía claro que “cuando eliges el lindo camino del arte, te encontraras quien lo comprende y quien no y debes decidir vivir y morir haciéndolo; más allá de lo que piensen, de lo que ganes, de lo que pierdas”. Fue sólo al cruzar la frontera que encontró gente que apreció lo que transmitía su cantar, personas que se conectaban con esa especie de ‘alma de cupido’ que viaja en su música. Al regresar todo fue distinto.

Casi una década por Suramérica maduró su carácter de artista, bien fuera descansando en una playa peruana, padeciendo un una cárcel ecuatoriana, cantando en un bar de Chile o despojándose de los prejuicios que hacen daño en Argentina; viviendo y aplicando aprendizajes que le iba dejando la vida y la gente, así como los bebidos de su ‘viejo’, incluidos después, como acción de gracias, en una canción: “Yo tomé algunos consejos para hacerme mi destino, como recordar a mi viejo, pa’ pensar en alegrías, visitar un tierno pueblo que ha parido la Nevada, buscando las madrugadas, buscando la fantasía. Caminar por la montaña más bonitas de todo el mundo, porque si hay montañas lindas debe haber mente bohemia y ahí se contempla la luna desde el ojo campesino, así se enamoran ellas, así se enseñan los hijos. Todo eso lo aprendí, gracias al viejo…”.

Entonces subió al teatro de los relatos de esa mañana el tiempo en que Tito Mendiola, sabedor del talento y agilidad mental de su hijo, lo introdujo en el mundo del repentismo, hasta que el muchacho se convirtió en un verseador casi invencible, de esos que se imponen en las tarimas porque triunfan en las faenas de humillar a su contendor. Así sucedió hasta un día que Andrés decidió cambiar las ofensas por elogios y darle un nuevo aire a la piqueria, uno más humano y amistoso. Podo después, concluyó que estaba en el mundo para hacer cosas bonitas; dejo de lado la piqueria, el acordeón –que toca muy bien- y se dedicó a componer y a cantar.

 

A esas alturas del encuentro entre la maestra y su aprendiz y al cabo de varios tintos y limonadas, entraron en detalles sobre sus procesos creativos. Rita le habló del placer de navegar por diversos géneros musicales, del ejercicio de hacer un reggaeton con letra no agresiva, “porque el compositor es el que agrede; el ritmo no tiene la culpa de que un compositor se pare sobre sus bases rítmicas para maltratarlo”, dijo, al tiempo que buscó un baflecito que funciona a remoto con su celular y dejó sonar el reggaeton, cantado por ella misma, con la misma pasión que le imprime a sus otras canciones, demostrando con hechos lo que decían sus palabras.

“Cuando me llega una melodía no sé qué genero es. La dejo salir. Ella llega con su propiedad y dice: ¡Aquí estoy yo!, soy un bolero o una salsa y necesito que me desarrolles”. Él la escuchaba atentamente, identificándose con el relato. Ella proseguía: “Hay que componer conscientemente, pero las canciones más hermosas son las que atropellan, te invaden, te obligan, dicen aquí estoy yo y tienes que parirme” y ambos se regocijaron evocando lo lindo que es “ese momento cuando encuentras ese hijito dentro de ti”, con la imperiosa necesidad de nacer. Se entiende entonces por qué esas canciones son como hijos; las quieres, respetan, cuidan a quién entregárselas.

 

Y escucharon canciones de Rita, quien recitó ‘Tierra blanda’ como la continuación de ‘Sombra perdida’; ‘Al son del tren’, un retrato cantado de la carga del trabajo que le toca al ser humano y que magistralmente interpretaron Fruko y sus Tesos, con la voz de Joe Arroyo, que grabaron Alfredo Gutiérrez y Renato Capriles, y que ella plasmó en un cuadro que con otros, pintados por ella, cuelgan en las paredes de su sala, pregonando que esta mujer es sensible al arte no solo a la creación poética y literaria, a la magistral interpretación de instrumentos sino que también tiene dotes para las artes plásticas.

Andrés, el hombre sensible y ‘familiero’, embebido en lo bucólico del momento, hizo un relato de su trasegar artístico, de las trescientas canciones entre grabadas, terminadas y por terminar que tiene; contó la historia de su obra más exitosa, ‘Lento deprisa’, que después de ser grabada en merengue y paseo vallenato, terminó convertida en versión de piano y voz que salió a la luz colonizando corazones y generando en muchos la urgente necesidad de descifrar el enigma sobre quién era ese que cantaba así y cuyo canto producía esas cosas. Lento deprisa le cambió la vida.

 

En el epílogo del encuentro, Rita le dijo: “Te tengo un regalo” y se dirigió a su habitación a buscarlo; cuando regreso trayendo el disco compacto de sus canciones con su concertina y su piano. Andrés la esperaba de pie, con una mochilita kankuama en la mano en cuyo interior estaba también su disco compacto. Y se produjo el intercambio de obsequios que no era otra cosa que la conmutación del arte que en ambos habita.

 

Fue una mañana alucinante, un episodio esporádico, de esos que siembran en quienes tienen el privilegio de disfrutarlos, el anhelo de volverlos a vivir y la decisión de estar dispuestos a cualquier cosa por repetir la experiencia, así ello les implique atravesar montañas, subir a la Sierra, como lo canta ella, como lo vive él.

 

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Nutrición previa

Su anhelo era conectarse con algunos compositores que son referentes poéticos para él. Y así lo hizo. Rosendo Romero – El poeta de Villanueva, el que escribe versos repletos de verano, estando en primavera; se asombró con sus creaciones musicales y le dijo: “Oiga Andrés, yo pensaba que usted era un músico común y corriente, pero no señor, estamos ante uno excepcional. Si esto (las canciones) no se pega, entonces vamos a necesitar música extraterrestre, ¿me entiende? El encuentro con Santander Durán Escalona fue emotivo, bohemio, de cantos, cuentos y transmisión del saber generacional; el maestro elogió las creaciones del alumno y le dio vitales indicaciones: “Tienes cosas bellísimas en esa canción, Andrés. Puedes organizarla por estrofas, que cada estrofa tenga una idea; eso le da coherencia a la canción”; se despidieron con la promesa de volver a verse.

 

 

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