'La Polla' Monsalvo: Amorosa nodriza del Festival

 

En cuanto cesaban las lluvias, la muchachada se volcaba a la Calle Grande y desbordaba su creatividad armando castillos con la arena fangosa que dejaban los arroyuelos del aguacero, porque como no había pavimento, el agua escurría y quedaba el suelo mojado. Era una práctica que los hacía felices, que aunque echaba a perder las faenas de limpieza de la ropa, les deparaba convivencia e integración alrededor de divertidos combates pueriles que ganada quien más castillos ajenos lograra derribar.

 

Los Monsalvo Riveira vivían en una casona inmensa, a la usanza de la época y las circunstancias. En las noches sin luna, prendían lámparas y se sentaban en las puertas de las casas para que los mayores les contaran cuentos que los hacían irse a la cama muertos del susto. La Semana Santa también era un deleite. Era como si la vida cotidiana estuviera embebida en armonía, sosiego y diversión.

 

A ella, Cecilia Monsalvo Riveira, a la que en honor a su estampa, sus cercanos llamaban ‘La Pollita’ y después ‘La Polla’, le encantaban esas costumbres. Había nacido y crecido en la orilla de la Calle Grande que desembocaba en la Plaza Mayor, epicentro del mundo comarcal de sus tiempos. Entre sus vecinos estaban los Araújo Noguera, linaje del que hacía parte Consuelo, con la que construyo una amistad inalterable, un apego y camaradería tan transcendental que sólo pudo estorbar el duende de la muerte que un día de septiembre las embistió a mansalva en una montaña del Cesar, llevándose con él a la una y dejando ‘sin consuelo’ a la otra.

 

“Toda la vida fuimos amigas porque nuestros padres eran primos hermanos, de modo que nosotras éramos primas segundas, pero fuimos más amigas que primas. Desde pequeñas, estudiábamos juntas, la misma escuela pública, el mismo colegio Leonidas Acuña, el mismo Colegio de las Monjas…”.

 

Del Colegio de las Monjas, con su grado de secretaria comercial y sus 17 años, Cecilia salió a trabajar en el Banco del Comercio, que marcó el inicio de una impecable vida laboral, pasando luego a la Gobernación, ante la creación del departamento del Cesar.

 

Su información genética parece haber traído incorporado con una especie de ‘cromosoma organizacional’ que le instauró una tendencia a la participación de forma entusiasta en los eventos que congregaran a la comunidad, que significaran alegría colectiva, que abrieran puertas de ascenso a la cultura de su pueblo; lo cual encuentra asidero en su amor infinito por su ciudad. “El amor que yo le tengo a Valledupar es inmenso y por eso me he dedicado a las cosas que tienen que ver con la ciudad. El Festival; los reinados de belleza, cuando éramos la oficina de turismo, mandar las reinas; los carnavales que desde la oficina hacíamos la parte de secretaría, Rodolfo Campo era el presidente…”.

 

Para 1968, Cecilia debió viajar a barranquilla, por motivos de una intervención quirúrgica, de modo que los días finales de abril la encontraron en plena convalecencia y no pudo estar de forma presencial en el primer Festival inventado por su amiga, un compositor y un político, en los días de las fiestas de la Virgen del Rosario. “Ese fue único que no estuve presente”, aunque se lo sabe de memoria. “Los demás sí los he vivido”.

 

Un poco después, al Palacio Departamental, donde quedaba su lugar de trabajo, llegó un día su amiga Consuelo Araújo. Tras reunirse con el Gobernador, bajó a toda prisa al primer piso, a la oficina de contabilidad y le dijo: “Polla, me acaban de nombrar directora de la Oficina de Turismo. Tú tienes que venirte conmigo”. Ella, sin dudarlo, dejo su cargo de contadora auxiliar y se fue con su amiga a reforzar el trabajo de proyección de la cultura departamental. “Para el cuarto Festival, la directora fue Consuelo y ella me buscó para que fuera su secretaria, entonces desde eso estoy vinculada”.

 

Trabajar juntas fue un factor favorable para el vigor de su amistad. “Además de que ella era la líder, nosotras éramos muy amigas, compartíamos mucho las cosas no solo del festival sino de la iglesia. Cuando llegaba la época del Festival, a las seis nos convidábamos misa en la Concepción y regresábamos a seguir trabajando.  Consuelo era una mujer muy piadosa; por tradición familiar somos muy dedicadas a la iglesia”.

 

Han sido 49 años de dedicación casi mística a la organización de esta fiesta cultural, abrazando los cimientos para que la edificación del gran certamen permanezcan fuertes, hidratando con su amor la lozanía esencia de todo, siendo el amnios en torno a los preparativos; nutriendo y abrevándose de la riqueza cultural del territorio al que pertenece, quiere y proyecta. “El Festival para mí ha significado mucho porque como persona me ha hecho crecer mucho, conocer más a fondo lo que es el folclor nuestro, lo que es la ciudad, su gente, el amor que la gente le tiene a Valledupar”. El amor que ella le tiene a Valledupar y todo lo que a esta, su patria chica, se refiera.

 

Verla hablar del Festival de la Leyenda Vallenata es asistir a un evento de sensaciones similares a las que genera la lectura de un libro de relatos fantásticos, henchidos de texturas, aromas, paisajes y detalles que llevan al lector –asombrado- a preguntarse cómo es posible almacenar en la memoria crónicas con tanto detalle y fidelidad. Es como si La Polla Monsalvo llevara dentro una película biográfica del certamen y simplemente la echara a andar para contarlo.

 

El contexto de relatos, su habitación, está custodiado por la existencia física de los sonidos del folclor que ama, abundantes discos compactos y casetes (los long play los guarda en otro lugar); la literatura que da cuenta del vallenato; una cama vestida de blanco, un escritorio inmenso, un televisor de la misma talla, veladoras, esculturas, vírgenes, la liturgia de las horas…

 

A ese escenario trae narraciones del primer festival y la incursión de unas jovencitas que se hacían llamar ‘Las Universitarias’, lideradas por Rita Fernández Padilla, que establecieron un nuevo paradigma en lo relacionado con el vallenato, cuya interpretación era hasta ese momento cosa de hombres; del cuarto festival amenizado por la Banda Norteamericana que estaba en el Canal de Panamá; del quinto festival, cuando vino el Grupo Folclórico de Panamá; de muchas otras visitas gratas como Oscar De León, el Gran Combo de Puerto Rico, elencos de novelas del momento como ‘Yo y Tú’, e innumerable cantantes de moda a nivel nacional e internacional que desde los primeros festivales han venido en abril a la Plaza Mayor y luego al Parque de la Leyenda Vallenata.

 

En el Festival ha estado siempre, llenándolo todo con su trabajo colmado de amor, dando todo de sí para que la música que se hace en su Valledupar trascienda cada vez más fronteras; como la nodriza del certamen, tanto tiempo presidido por su prima/amiga. Fue por eso que cuando a Consuelo Araújo le ofrecieron regentar el Ministerio de Cultura, sólo pudo irse tranquila porque su mano derecha, su incondicional, La Polla Monsalvo, la relevó en la presidencia del Festival. Y fue indeleble la huella que dejó La Polla Monsalvo en sus cuatro años como presidenta, tiempo en el cual mantuvo conexión ininterrumpida con su amiga Consuelo Araujo Noguera, ‘La Cacica’.

 

En su vida y sus obras subyace –como una promesa tácita existencial- el fin de hacer cada vez más amplias las rutas para que puedan transitar por ellas más representantes de la cultura de sus amores. Desde la presidencia, analizó que entre las categorías de acordeón infantil y aficionado había una brecha que dejaba por fuera a un amplio grupo etario, entonces creó la categoría Juvenil. Sacó adelante, entre muchas otras iniciativas, el Festival de Música Vallenata en Bandas, del cual hizo tres versiones, y creó la Escuela Talento Vallenato Rafael Escalona Martínez. Pero quizás la más divulgada de sus gestiones fue la creación del desfile de Piloneras, para abrir el telón de la gran fiesta que es el Festival de la Leyenda Vallenata, con la colorida danza que le rinde honores a la ancestralidad.

 

La Polla explica todas estas innovaciones como la evolución natural del certamen y cita ejemplos como el primer festival cuando hubo sólo concurso de acordeones, para el segundo se incorporó la canción inédita, luego vino el concurso de piqueria, más tarde los foros, el traslado de la final al estadio de fútbol en dos ocasiones, las eliminatorias en Hurtado; el gran salto de las finales al Parque de la Leyenda Vallenata, cuyo coliseo e inauguración estuvieron bajo su mando.

 

Este es otro festival sin su amiga, a la que extraña en su alma. Los últimos momentos que compartieron fueron el episodio aciago de la separación eterna. Habían sido secuestradas y las habían internado en el monte; juntas en un carro oraban incesantemente, mientras Consuelo le daba ánimos. “Ella decía que tuviéramos la seguridad de que íbamos a salir rápido de eso. Ella estaba convencida de que iba a salir de eso”; no obstante, llegó el momento de otra caminata y La Polla no encontró ya fuerzas para moverse, no pudo seguir; entonces la abandonaron y se llevaron a Consuelo; quien la miró por última vez y le dijo algo. “No sé qué me dijo. Ella estaba en una barranquita y de ahí me dijo algo pero no le entendí”.

 

Este festival estará dispuesta, disponible, atenta en la oficina para atender lo que haya que atender. No bailará ni cantará, nunca lo ha hecho, pero su corazón se llenará otra vez de regocijo al ver crecer el sueño realizado de su amiga y el suyo propio de impulsar la cultura de su pueblo hasta lo más alto posible, hasta cuando le alcance la vida para hacerlo.

 

Texto publicado en la revista del 50º Festival de la Leyenda Vallenata 

 

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