Los falsos imaginarios ‘narco paramilitares’ del vallenato

Los muy desatinados  y contradictorios comentarios de Felipe Priast, un autor bogotano y criado en Barranquilla, titulado  “Vallenato, el arte de lo corroncho” me removió, muy oportunamente,  un tema que me raspa el ojo desde hace rato. En su escrito defiende el homenaje a Carlos Vives, a quien presenta como el gran redentor del vallenato, critica a quienes se oponen a su homenaje pero paradójicamente se lamenta de la pérdida de “esencia” del vallenato: “El día que el vallenato le dio la espalda al riachuelo, a la serranía y se instaló en el estadio de futbol o el club social, ese fue el día en que el vallenato traicionó su esencia y se enmafiosó” (Sic).

 

No es la defensa de Vives, quien para mí ha jugado un rol trascendental para que el vallenato hoy sea la música que más nos representa como colombianos, lo que a mí me llama la atención es la sesgada intención de estigmatizar el vallenato al asociarlo con el narcotráfico.  Llega a sostener que “El vallenato se volvió música de traquetos, paramilitares, políticos corruptos, nuevos ricos sin cultura”. Según él  “Carlos Vives salvó de alguna forma el vallenato pues, hasta el momento de su aparición, el ritmo  iba derecho y sin escalas a convertirse en la banda sonora de los narco-paracos que luego se tomaron a Colombia. Le otorga a Vives,  haberle tirado al vallenato “un tanque de oxígeno  cuando el vallenato se sumergía en las parrandas de los paramilitares que perpetraron masacres  como Macayepo y El Salado”.   Su ensañamiento no le permite tolerar que los nuevos  intérpretes del vallenato, jóvenes de cultura urbana,  hoy usen zapatos Ferragamo y camisas Versace porque eso “es la negación de su esencia…y adquieren las formas y los gustos de los marimberos guajiros”.

Para comenzar, sería bueno  preguntar, ¿Vives salvó al vallenato o el vallenato lo salvó a él?  Si yo respondiera la pregunta diría que se beneficiaron ambos. Con Carlos Vives el mundo supo de una música que se llamaba vallenato. Pero no es menos cierto que, Vives es hoy lo que es por el vallenato. Tenía figuración como actor pero solo fracasos como cantante;   fue el vallenato su punta de lanzamiento para ser la figura mediática que es hoy.

 

Pero ese no es punto central del veneno de Priast. Este autor retoma ciertos imaginarios, totalmente infundados, que han pregonado ciertos académicos, naturalmente enemigos del vallenato. Uno de ellos es José Antonio Figueroa, autor del libro  ‘Realismo mágico, vallenato y violencia política en el Caribe colombiano’ editado por el prestigioso Instituto Colombiano de Antropología e Historia (2009). El libro es el resultado de su tesis para la Universidad de Georgetown. Las  credenciales de este costeño son innegables: PHD en literatura hispanoamericana y estudios culturales, doctor en antropología social de la universidad de Rovira (España),  Profesor de Georgetown  y Michigan, coordinador de la Escuela de Cultura y Sociedad del Instituto de Altos Estudios Nacionales de Quito. 

Priast asocia el vallenato con marimberos, traquetos,  narcos y paramilitares; Figueroa va más allá: uno de las  hipótesis que trata de demostrar en su libro  es “el uso del instrumento cultural más importante del proyecto  tropicalista; la música vallenata, en las masacres hechas por los paramilitares en contra de los campesinos regionales. (P. 25). Yo lo entendería como que nuestro festivo acordeón destila, en lugar de notas, sangre.

 

Como toda teoría conspiratoria, que más que una tesis de un académico parece de un lunático obsesivo, Figueroa trata de cotejar amañadamente, varios hechos como tramados por una élite costeña (entre éstos la obra de García Márquez),  en alianza con algunos bogotanos para instaurar en Colombia un tropicalismo que justifique la dominación de clases, el imperio del paramilitarismo y la imposición “a las bravas” del vallenato como música nacional.

 

La obra de García Márquez y sus elogios al vallenato, la seducción que por esta música ha tenido  Samper Pizzano, López Michelsen, la creación del Festival de la Leyenda Vallenata,  la emergencia de Carlos Vives,  la creación de la categoría del Grammy Latino, el primer premio para los Hermanos Zuleta,  según este autor: “fueron los hechos  que más ayudaron a difundir el proyecto tropicalista en Colombia. Este proyecto cultural fue  impulsado activamente por élites regionales costeñas y por las élites nacionales”. (P. 128). Es decir, una música tan culturalmente subalterna la pone como instrumento clases hegemónicas. 

 

Según él, todo lo bueno que ha ocurrido con el vallenato, obedece a un macabro plan de las élites costeñas que tenía el paramilitarismo como bandera política y la música vallenata como banda sonora: “Parte de la estrategia fueron las experimentaciones tecnomacondianas,  realizadas por  el hijo de las élites del Magdalena, Carlos Vives, y luego por la  instauración del Premio Grammy al vallenato en el 2007. La ratificación simbólica del lobby que durante años hicieron  las élites latifundistas y paramilitares  en la promoción del vallenato en los Estados Unidos se evidencia en la creación y en la entrega de su primera edición a los Hermanos Zuleta, los controvertidos cantantes que dicen sin ambages: “No joda, viva la tierra paramilitar, vivan los paracos”. (P. 233).  Sostiene, sin pruebas,  que Jorge 40, en su política latifundista, de refundar el Estado masacrando campesinos y simpatizantes de la izquierda  también tenía como propósito bifronte apoyar y expandir  “el proyecto tropicalista del vallenato”.  

 

Tan osados señalamientos han pasado desapercibidas en el Caribe colombiano y mucho más entre los vallenatólogos pues algunos leen muy poco;  pero  por los pergaminos del autor, estoy seguro que en muchos  círculos académicos internacionales se estará citando y dando como verdad científica tan descabelladas  e infames asociaciones. Priast vive en Estados Unidos y Figueroa en Ecuador, así que dudo mucho que lleguen a leer estos comentarios que escribo, pero como el vallenato tiene muchos enemigos aquí, no faltará quien acoja tan ligeros e peregrinos argumentos para menoscabar nuestra música y a ellos quiero llegar.

 

Dice la sentencia que una verdad a medias se termina convirtiendo en una gran mentira.  Cargar sobre el vallenato el estigma de “música de paracos  y  narcos” a base de verdades a medias es una estrategia vil  y malintencionada. Que a Jorge 40, como valduparense al fin, le gustara el vallenato no quiere decir que haya querido imponer esta música en su proyecto político. Ni siquiera era el  único líder de una organización donde había criminales de todo y en todo  el país. Cualquiera podría decir que los hermanos Castaño querían imponer la música popular, que Mancuso haría lo propio con el porro y los comandantes del Llano con su música. Estoy seguro que en los campamentos paramilitares se escuchaba toda clase de música popular y que nunca hubo un proyecto gestado desde esa organización para que el vallenato fuera la música hegemónica del país. Viniendo de gente como Jorge 40 o los Castaño, es inimaginable que hubo agenda cultural en ese fallido proyecto político y mucho menos fue el vallenato su “instrumento”  simbólico. 

 

Todo lo del pobre como que es prestado. Ahora resulta que el vallenato es lo que es porque las élites cesarenses, parte de ella asociada políticamente con el paramilitarismo, usaron el poder de las armas para imponerlo.  El vallenato ya era el principal referente sonoro del país antes de la emergencia del proyecto paramilitar en Colombia. No hay una sola evidencia que los hit parades fueron financiados por paramilitares, que  la industria del disco haya sido manipulada por estos ni que la gente haya sido obligada a punta de pistola a bailarse un paseo o un merengue  como sí fueron obligados a votar por ciertos políticos. Asociar el vallenato con las masacres de Macayepo o El Salado es tan criminal como lo que hicieron sus perpetradores, decir que el realismo mágico de Gabo “domestica la violencia” y vincular su obra a un proyecto político  de élites también lo es. 

Por otra parte, si Priast y Figueroa hubiesen leído las investigaciones del británico Peter Wade en su libro “Música, raza y nación”, sabrían que la tropicalización del gusto musical del país no lo fundó el vallenato. Esa nueva identidad cultural del país, antes andina, vino desde mediados del siglo pasado de la influencia de la cumbia y el porro. El vallenato se comenzó a meter en el gusto andino desde los  70s y con especial énfasis en la década siguiente. Jesús Martín Barbero así lo ratifica: “Es desde los medios masivos que la música vallenata tuvo su legitimación,  primero como música costeña por excelencia, y desde los ochenta, como música nacional”. Es de anotar que  tales medios masivos nunca tuvieron la injerencia de los paramilitares, por ejemplo a Vives lo impulsó Caracol Televisón.

 

Si esto es así, porqué a estas músicas que antecedieron al  vallenato,  no se les señala como parte de un malsano proyecto de élites regionales para seguir explotando campesinos como se  quiere macular al vallenato. Simplemente porque a la gente le gustaron estas músicas, no hay otra razón, no hay agenda secreta  ni teoría de grandes conspiraciones, es simplemente  cuestión de interpelación identitaria, de dejarse seducir por la invitación de una música fresca y festiva, por las mismas razones por las que primero les gustó la cumbia y el porro. 

Se ha demostrado por Wade, que la tropicalización musical del país y el auge del vallenato no vino simplemente porque se creó un festival. Las industrias discográficas de Medellín vieron todo el potencial festivo, de referentes de un territorio feliz y desinhibido, con sus letras que festejaban la vida o ese “paraíso arcádico” (así lo califica Figueroa) que es el Caribe  y comenzaron a divulgar esta música.

 

No se puede partir del supuesto que la música vallenata es patrimonio exclusivo y apropiado de un sector político o de una élite gamonal y latifundista. Hay músicas para cristianos, para culturas juveniles y hasta para homosexuales. Ese no es el caso de las músicas populares como el vallenato que permean todas las clases, lo rural y lo urbano, lo intelectual y lo coralibe, lo costeño y lo andino, lo nacional y los trasnacional. Por lo tanto, si bien es cierto que muchos marimberos y narcos costeños, los políticos corruptos, ganaderos  y los paramilitares del  país prefieren esta música, eso no quiere decir que sea exclusivamente su banda sonora. También es la música de empleadas domésticas, de rudos vaqueros, campesinos,    jóvenes citadinos, de maestros y líderes sindicales de izquierda.

 

 Así como Figueroa sale a postular que por ser la música preferida de Jorge 40 y que por estar algunos miembros de la familia Molina y Araújo sindicadas de nexos con el paramilitarismo, el vallenato fue el instrumento cultural de ese proyecto criminal, alguien podría acomodar datos para ligarlos al proyecto de  la izquierda política. Recordemos que Jaime Bateman proponía la canción de Hernando Marín “La ley del embudo” como himno del M -19 y decía que debía ser también el del país. Que las Farc tuvieron su grupo musical vallenato que llegó a grabar varias producciones llamado “Los compañeros”. Guillermo Enrique Torres, alias Julián Conrado, vocalista profesional y denominado “El cantante de las Farc”,   se fue al monte donde, fusil en mano, siguió cantando; que Simón Trinidad cuando era Ricardo Palmera en Valledupar fue saludado en varios discos  por cantantes como Diomedes Díaz;  que los delegados de la ONU salieron del país por estar “pidiendo vía” a la alegría contagiosa y pacífica   de un vallenato.   Nadie puede hoy asegurar que por esto, el vallenato es una  música impuesta por el proyecto político insurgente de las Farc ni que sea su instrumento de dominación cultural. 

 

Hubo un periodo en el que se dio el mecenazgo de los barones de la bonanza marimbera, cuyos recursos sirvieron más para el fortalecimiento económico de los intérpretes y autores con dinero en efectivo, carros y  ganado  que para apalancar la entrada del vallenato en el público nacional. El vallenato no necesitaba del impulso de estos capos para llegar al corazón de la gente. No podemos darle credibilidad a teorías absurdas como la que plantea Alfonso Hamburger en su libro “Música corralera: En cofre de plata” según la cual el vallenato de los intérpretes del Cesar y La Guajira se impusieron en Barranquilla porque los marimberos le pagaban a los programadores para que “rayaran” los discos de los músicos sabaneros y pusieran a sonar a Diomedes, Poncho, Oñate o el Binomio de Oro. 

 

Nadie ha estigmatizado a la salsa colombiana que hizo de Cali su epicentro, a pesar que se demostró que los capos del Cartel de Cali financiaron proyectos musicales de grupos emblemáticos de esa ciudad como Niche y su director Jairo Varela estuvo preso por esto. Tampoco podemos decir que el reggae o el rock  son  las músicas de los drogadictos porque algunos rastas y hippies  se fumen su porro. Las músicas populares son eso, “del pueblo”, todos tenemos preferencias musicales y eso no hace que la culpa de los delincuentes recaiga sobre las músicas que prefieren.  El vallenato no le ha hecho apología en sus líricas a la guerra  ni al paramilitarismo como sí ha ocurrido, por ejemplo,  con los llamados “corridos prohibidos”. 

    

 El vallenato no ha necesitado de los marimberos, los narcos o paramilitares para  integrarse a la identidad nacional. Las razones van más por lo que postula el  gran filósofo de las comunicaciones y los estudios culturales Jesús Martín Barbero para quien con el vallenato se produjo “una compleja reconstitución polifónica en los modos de narrar la nación”. Sostiene además que “Desde cuando en los años setenta, la cumbia dejó de ser la música en la que se reconocían los colombianos, el  país vivía la ausencia de una música que diera cuenta de las transformaciones sufridas y esa ausencia se convirtió en síntoma y metáfora del vacío que culturalmente experimentamos”. Ese vacío, según el colombo-español, fue el que llenó el vallenato. “El vallenato ha resultado ser el lugar de encuentro   de una memoria popular del narrar cantando con el imaginario musical en el que emerge una nueva sensibilidad: la joven y la urbana” y no una música para intereses criminales de dominación ni explotación del más pobre.

 

Falsos imaginarios se quieren instaurar por una élite intelectual y de gustos musicales “refinados” que siempre ha mirado con sospecha el acordeón. Ya García Márquez mencionaba esa sospecha cuando  decía  en 1948 que este era un “instrumento sin partida de nacimiento y sin certificación de conducta”, menciona su carácter proletario, que  “El frac no le quedaba a su dignidad de vagabundo convencido” pero que encontró su relevancia cultural  “en manos de juglares que van de ribera en ribera llevando su caliente mensaje de poesía”. Eso es el vallenato, mensaje caliente sano y no criminal.

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