Los pericos escaparon de sus ojos y Wladimir Pino Sanjur los libertó en un cuento

 

El mundo era sereno. Las personas, en su mayoría de piel de ébano, amaban la vida allí y disfrutaban en común unidad de las cotidianas labores de pesca, del arte de cultivar la tierra y de las faenas propias de la ganadería.

 

El mundo era bueno. Las noches oscuras eran iluminadas con tradicionales mechones y los niños se deleitaban encontrándose otra vez con los sonidos, olores y colores de la noche y del día; amaban la inmensidad que su les ofrecía el mundo en la orilla; la orilla del Río Grande de la Magdalena.

 

El mundo era enorme. Eran más de 511 kilómetros cuadrados de ruralidad; Palestina, Las Brisas,  Pueblo Nuevo, Antequera, Zapatosa, Puerto Bocas y Pasacorriendo eran una extensión mágica del pueblo grande, que poco a poco comenzaba a ser colonizado por la modernidad que se evidenciaba en los televisores de las familias pudientes. A los muchachos de esa generación, la de los setenta, les atraían más los cuentos narrados por los mayores. Así iban llenando su espíritu con ese capital simbólico que inspiraba su propia imaginación, que les daba sentido de pertenencia, que les nutría el amor territorial.

 

El mundo era fantástico. Y el mundo se llamaba Tamalameque. Pero hasta allá, por los artilugios del tiempo y la modernidad que abrió caminos, empezaron a llegar gentes de otros mundos, como la niña australiana albina que pernoctó allá durante una Semana Santa y acaparó el asombro de los niños que nunca antes habían visto a un ser tan blanco como ella. Es que era tan distinta, tan misteriosa, tan enigmática, que a sus ojos de color rojo les era negado el privilegio de la luz del día y solo podía ver de noche. Se alojó en casa de otra muchacha distinta; esta tenía en ella un ‘hechizo’ del que sólo se sabía el nombre: autismo, pero favorecida con la capacidad de ver cosas que otos mortales no podían; así que ella advirtió los pericos que volaban en los ojos carmesí de la visitante fugaz.

 

Y el mundo siguió su curso. A la muchacha blanca de la mirada misteriosa no la volvieron a ver, pero su misterio se quedó ahí en Tamalameque, perviviendo en el recuerdo y la imaginación de un lugareño de la década de los setenta, llamado Wladimir Senegoy Pino Sanjur, quien no pudo evitar pensar en los pericos de sus ojos, les hizo seguimiento hasta que logró atraparlos en un cuento que, junto con  otros cuentos, le permitieron darle alas y color a un sueño que lo tienen hoy con un montón de mariposas revoloteándole en la barriga.

 

Le sobran la razones a este abodado, poeta y escritor para estar feliz y ansioso, pues se alista para presentar su primera obra literaria titulada ‘Los pericos escaparon de sus ojos’, un libro de 77 páginas en las que entrega trece cuentos , incluido el que ‘toca’ a la albina que vio en su infancia.

 

Son cuentos en su mayoría costumbristas que tienen como escenario  escenario al Río Grande la Magdalena, por toda la zona de la Depresión Mompoxina, que traen al presente vivencias infantiles de Pino Sanjur, enriquecidas con la magia creativa del autor. Otros se sitúan en Valledupar, pero con personajes que evocan siempre a Tamalameque y sus costumbres.

 

“Hay cuatro cuentos que toman el caso de la violencia cruda que vivió Tamalameque, desde el año 94 hasta por allá el 2006 cuando hubo la reinserción de los paramilitares. Nuestro pueblo, ese sitio rural, remanso de paz, fue sacudido grandemente por la violencia. Dejaron de morirse los tamalamequeros de viejos y de enfermedades para morir en atentados, tiroteos; primera vez que nosotros veíamos a los sicarios y con el pasar del tiempo de convirtió la muerte en una rutina de vida. Ya no nos alarmaba que en la casa del vecino hubieran matado al amigo y la vida seguía normal. Llegó un momento que la guerra nos deshumanizó; entonces trato de plasmar eso ahí en cuatro cuentos”, dice el autor.

 

Y todo esto se sumó al torrente creativo que ya traía en su información genética. Su padre, Diógenes Pino, es un prestigioso poeta, cuentista, escritor, historiador y folclorista. Su abuela Bonifacia Ávila, tamalamequera también, era contadora de historias. De su abuelo Diógenes Pino Sánchez, oriundo de Salazar de las Palmas en Norte de Santander, sabe que fue un reputado poeta y escritor; sabe que escribió un libro llamado ‘Caminos de Venezuela’, que está perdido en los recovecos del tiempo, pero que el nieto tiene misión ancestral de encontrar. De él sólo ha encontrado recortes de prensa en los que lo sitúan en paralelo con eruditos del arte lírico como Pablo Milanés. “Mi abuelo murió estando mi papá en el vientre”, explica Wladimir.

 

Por eso creció respirando el aire literario. “Me crié en una habitación llena de libros que era el estudio de mi papá. Entonces allí conocí una selección de poemas de Pablo Neruda, conocí los ‘20 poemas de amor y una canción desesperada’ y fue un momento cumbre para mi vida, para interesarme por la poesía. Y luego encontré una vieja libreta donde mi papá escribía poemas en su juventud; la hice mía y comencé a aprenderme esos versos de memoria y a recitarlos como si fueran míos, a enamorar con poesías ajenas; hasta que escribiendo cartas de amor comencé a escribir poesías”.

 

Y aunque ‘Los pericos escaparon de sus ojos’ es su primer libro impreso; Pino Sanjur tiene cuatro libros de poesía aún inéditos, esperando su momento de subir al papel. Mientras tanto, avanza en los últimos detalles para la presentación del libro que tendrá lugar el próximo 20 de febrero en Tlôn Bar. Allí estará su tropa sanguínea y del alma, la que lo ha estado alentando en cada párrafo de su sueño hecho realidad.

 

Su padre, que ha sido su crítico más fuerte, le ha dado la bendición; su madre se ha hecho cargo del tema ortográfico; sus hijos y hermanos se han dado a la tarea de aportar y sugerir mejoras del producto; su compañera de alma y vida, Celia Pitre, es la encargada de leerle los cuentos en voz alta para estudiar su sonoridad, redacción y coherencia; así el que el mundo conocerá será un trabajo añejado desde la infancia de este poeta, cuentista, abrigado con el amor familiar y el trabajo en equipo.

 

-Oficialmente, este es su primer hijo literario. ¿Está nervioso?

 

- Sí. Expectante para ver cómo lo asumirá el publico. Siempre hay inseguridades, hay ansiedad, sobretodo ansiedad de ver cómo los lectores apreciarán mi obra”.

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