Cartagena de Indias, ‘El Ñero’ y yo

 

Para el año 2004 me encontraba en Cartagena de Indias, lejos del bello Río Magdalena. Ese año había abierto una oficina de abogado en el edificio Baladí. Salía desde las siete de la mañana para abrirla, con la esperanza de un negocio que salvara el mes. “Aquí no llegaban ni los muertos”, concluí a los tres meses de estar pagando arriendo. Había estado ahí en esa oficina, mirando la Avenida Escallón por la ventana, escribiendo poemas en un sofá y extrañando la idiosincrasia de mi Tamalameque del alma. Eso sí, los viernes en la noche me iba para la esplanada de la muralla o para las bóvedas a tomar ‘Tres esquinas’ y cerveza.

 

Casi todos los días, a las nueve de la noche, sonaba el teléfono fijo de la casa de la familia, en el barrio Los Caracoles; aún recuerdo el grito de la tía Lucina desde el primer piso: “Negro te llaman”; al levantar el auricular, casi siempre era mi vieja: “Nene, cómo va todo, cómo está la oficina”; y yo con más pena que entusiasmo y sacando a flote mis mejores dotes de actor, le contestaba: “Todo bien, madre; los negocios andando. Tú sabes que esto es demorado, pero ya las demandas se presentaron”. Mi madre ignoraba que desde que había terminado mi consultorio Jurídico no llegaba por el Cuartel del Fijo (Para entonces, los juzgados de Cartagena estaban en este lugar). A finales de mes, esa llamada era gratificante porque siempre finalizaba con esa frase que aman los hijos que están por fuera de casa: “Nene ya puedes reclamar el giro en Copetran”. A mi madre tenía que mentirle y darle esperanzas, puesto que era ella la que cancelaba el canon de arrendamiento de la oficina.

 

Por esos días llegó a la casa otro tamalamequero, un primo al que llamamos ‘El Ñero’, quien llegaba a iniciar su carrera de medicina; un joven de 19 años, unos cinco años menor que yo. De salida comencé a chocar con el primo – paisano, puesto que para esos días se jugaba Copa Libertadores y, como buen hincha de fútbol, quería ver los partidos, pero el televisor de la sala era exclusivo de mi tía para ver sus novelas; en el segundo piso había un televisor, pero el nuevo inquilino se apoderó del mismo; a la hora del partido lo pedía prestado para ver una novela llamada ‘Las Noches de Luciana’. Yo aprovechaba las propagandas para pasar el televisor; a los cinco minutos ‘El Ñero’, en voz alta, me decía “Ñero, ya comenzó Luciana, pásela para Luciana”. En ocasiones, yo molesto, dejaba pasar mucho rato en el partido, pero su voz insidiosa ahí: “Ñero, Luciana, Luciana, Luciana” Al rato, el grito desde el primer piso, era mi tía “Negro pásele el televisor al Ñero. Los goles los vez por el noticiero”.

 

En esos días me fue encomendada la misión de guiarlo por La Heroica, enseñarlo a coger la buseta y a manejarse dentro del centro de la ciudad. Desde entonces, todos los días salíamos desde temprano directo para el centro. El paisano se mostraba muy asombrado por los edificios, avenidas y centros comerciales; era evidente “nunca había salido del pueblo”. La buseta nos dejaba en la rotonda de la India Catalina; de ahí lo llevaba a la Universidad y luego me regresaba al Edificio Baladí a escribir poesías y leer novelas que prestaba en el la Biblioteca Bartolomé Calvo.

 

Un domingo me dijo: “Primo, enséñeme a coger buseta para ir a la Playa”; entonces nos montamos en un bus de San José de los campanos directo para Crespo; yo seguí de largo para los puestos de atrás y él se quedó adelante (El bus iba vacío). En el camino a la altura del barrio El Nuevo Bosque, yo medio dormido sentí la pelotera: El conductor de la buseta, con una cruceta en la mano amenazaba con pegarle a mi primo; entonces me levante y le dije “¿Grone que pasa?”, y el conductor, verde de la piedra, en un cartagenero castizo me sentencio: “mi hermano, no ve que este pendejo, desde que se monto le está dando vueltas al torniquete”. Como pude calmé los ánimos y tomamos otra buseta, cambiando el rumbo hacia Boca Grande.

 

Deambulando en la vía, el primo me preguntó “Ñero, no entiendo por qué se emputó el man”; entonces le expliqué para qué sirve el torniquete; lo de contabilizar los pasajeros y todo ese cuento. El hombre, con ojos de asombro, se quedó mirándome y balbuceó: “Nojoda primo, como ha avanzado la tecnología, esta bueno para colocársela al carro-mula de fuego verde”.

 

En Bocagrande casi se cae por caminar mirando hacia arriba, me tenía fatigado con la pregunta de cuántos metros podía tener el edificio del hotel Cartagena Plaza, o cuánto demoraron construyendo el Hotel Caribe; luego me hacía reír con sus ocurrencias; comparaba la bella y moderna arquitectura cartagenera con las construcciones de los albañiles de Tamalameque: “Compa, ¿usted se imagina al viejo Wenche pegando ladrillos a esa altura? Una vaina de esas no la hace cualquier Pacho Cabeza”.

 

Caminamos un poco hacia la avenida Almirante Brion del Laguito. No se me olvida ese rostro de sorpresa, cuando vio el Hotel Cartagena Hilton en medio de la calle; entonces brincaba como un niño señalando el edificio: “Ñero ¿eso qué es?”; y yo, muerto de la risa, le dije “Hotel Cartagena Hilton, donde se bajan las reinas”. Luego de un suspiro, volvió a preguntar ¿Y cuánto cuesta una noche ahí?”; yo, sin saber exactamente el precio, le lance una cifra “$700.000 la noche”, a lo que El Ñero, con ese humor propio de los mequeros, me dijo “Nojoda primo, vivo un año en la residencia de Hausen en el pueblo y me quedan vueltos”.

 

Andando en el centro, como buen mequero, se le antojó un café en la Plaza Santo Domingo. Yo que ya había aprendido a conocerlo, lo dejé ir solo. Al rato lo vi discutiendo con la cajera; al preguntar lo sucedido, él me respondió: “Vieja ladrona primo. Y que un cafecito tres mil pesos. Nojoda. Yo me compro un bulto de café Sello Rojo y me queda para el azúcar”.

 

El Ñero, al poco tiempo regresó a Tamalameque. Desde entonces se dedica a actividades comerciales. Yo seguí acostado en aquel sofá del Edificio Baladí, leyendo poemas de Gómez Jattin y el Tuerto López, esperando que mi madre enviara el giro a fin de mes.

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