Poeta y filósofo de la canción vallenata

 

Leandro Díaz Duarte es único e irrepetible. Su magnífica obra musical no admite comparaciones. Leandro es Leandro. No se parece a nadie, y nadie se parece a él. Nunca se ha dejado tentar por la ligereza de plagiar versos y melodías. En el Olimpo de la música vallenata tiene el sitio de honor definido: poeta y filósofo de la canción vallenata. El cronista mayor del canto vallenato es el trono de Rafael Escalona.

 

En Leandro la luz que nace de su interior le permite conocer y pensar el mundo. Su condición de invidente le ha dado la serenidad de meditar en las profundidades luminosas del espíritu sin distraerse en las barreras materiales de la oscuridad. Él es, ante todo, un hombre de fe, y en varias ocasiones le hemos escuchado decir: “Recuerdo que cuando mis hermanos lloraban, yo me ponía a cantar, algo interno me decía: Leandro, la vida sin fe en Mí, no tendría sentido. Y me preguntaba, ¿Quién me habla? Y yo decía, es Dios, tiene que ser Dios. Por eso llevo la fortaleza espiritual agarrado, aferrado a Dios. ¡Si hubiese visto a Dios no fuera tan amigo mío!”

 

La obra del artista es en esencia creación espiritual. El espíritu es el remanso de la sensibilidad o el torbellino de la pasión. Las redes de los sentidos en armonía con los centros neurales del pensamiento entrelazan la fortaleza creativa del arte. El artista está más cerca de los linderos de la intuición que del raciocinio. La ausencia de la vista en Leandro fue compensada con la ultra receptividad de los otros sentidos, por eso su piel, es capaz de percibir los colores y las formas de las cosas. Sus oídos detectan la risa del viento y el lenguaje de las rosas. Sus labios descubren en la respiración de una mujer, el secreto de sus sueños. Sus manos beben la fragancia cristalina de los ríos. Y su olfato es espejo receptor de la urdimbre del perfume. Los ojos invisibles de su piel se comunican con los ojos del alma, y en estas series de puentes todo se vuelve versos y melodías. Leandro es el demiurgo de la canción vallenata que ha sentido: sonreír las sabanas, sollozar las hojas en el verano, abrir las puertas de la primavera y la llegada veloz del amor y la lentitud para el olvido. El nombre de Leandro ha viajado en la nave universal de sus canciones y el pasaporte sin fecha de vencimiento es la calidad de su poesía.

 

La nueva generación de compositores vallenatos, debe aprender del maestro Leandro: además, de su sencillez y generosidad, la medida literaria y musical de una canción, la poética del amor para resaltar las virtudes de la mujer, porque la poesía, como la sonrisa del agua, es sempiterna primavera en los jardines del alma.

 

Décimas a Leandro Díaz Duarte

I
En la casa de Alto Pino 
de Hatonuevo en la Guajira,
del cielo llegó la lira 
que iluminó su destino.
Y siendo joven se vino
a la tierra de San Diego:
Leandro el poeta ciego
de la musa vallenata,
su inteligencia era innata 
como la de Homero el griego.

II 
En el mundo es conocida 
la riqueza de su arte, 
es Leandro Díaz Duarte 
compositor de la vida. 
Su mente siempre florida
para agradecer a Dios 
por los dones que le dio 
de pintar el universo:
con la pluma de sus versos 
y los cantos de su voz.

III
Para mirar sus andares 
tiene en el alma los ojos; 
el cantar tiñe de rojo 
la senda de los pesares: 
Y por eso sus cantares 
vencen la melancolía, 
están llenos de poesía 
como el sol de la mañana 
que hace reír las sabanas 
florecientes de alegría

IV 
Leandro con sus canciones 
es un edén en madrigal,
su música original 
la guardan los corazones.
Leandro tuvo los dones
de ser hombre de virtud,
por dentro lleva la luz
que Dios le dio para el canto; 
por su nobleza es un santo 
radiante de gratitud.

 

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