El guapo de Tamalameque

 

  

En una de esas tardes del pueblo, Abimael Sánchez y yo le huíamos al sol canicular que caracteriza a mi tierra. Corrimos buscando sombra debajo del árbol de pimiento de la puerta de la calle del viejo Jorge. Allí estaba el anciano de la calle La Mochila, con su cuerpo de metro noventa, con ochenta y cinco años de cansancio, sentado en un taburete y recostado a la pared de la casa.

 

“Buenas tardes viejo”, dijimos en coro. Él nos observó con sus ojos grandes y con voz gruesa balbuceo: “el sol esta para secar toallas”. Con la mano derecha nos mostró los taburetes desocupados. Era costumbre de nosotros pasar por La Mochila y saludar a Jorge, quien era dueño de un humor picante y un anecdotario exagerado, en ocasiones inventado por el mismo. El hombre ese día estaba, como cosa, extraña callado y meditabundo, pero yo que soy especialista en meter carbón, expresé: “El que esta en problemas es Santofimio”. Para esos días las noticias estaban dedicadas al juicio por la muerte de Galán. El viejo Jorge, tosió en varias ocasiones y dirigiéndose a mí dijo: No crea todo lo que ve en los televisores; en este país los periodistas son mas peligrosos que la guerrilla”. En ese instante entrelazamos una tertulia sobre el caso de Galán, pero como toda discusión baldía, pasábamos de tema, sin darnos cuenta; el último que tocamos aquella tarde fue el de las peleas callejeras.

 

El viejo Jorge, muy serio, dijo: “De eso sí se yo muchachos. Yo en mis tiempos fui buen curucutero”. Nosotros, expectantes a una mentira seria de esas que el tiraba en sus charlas, lo escuchamos, pero antes Abimael le increpo: “No le creo don Jorge”. El hombre con tono irónico confirmó: “Tendrás que creer porque es más cierto que ese sol que alumbra”. Por un rato se quedó en silencio y prosiguió: “Yo peleaba todos los días; mis rivales, mínimo, partidura en la cara o privado; yo era un huracán y mi mano era una porra de 20 kilos. Una vez me trajeron un carajo de Chiriguaná; lo apodaban Memín; me buscaban por todo Meque, con ese hombre que era de mi estatura y más grueso; ese tipo no era negro, era como azul turquí”. Abimael lo interrumpió con una pregunta: “¿Y para qué lo buscaban señor Jorge?”.  Jorge, incómodo con la interrupción de Abimael, le dijo: “¿Para que más, gran maco?, para que peleara con él; ¿no ves que el hombre era el más muñequero de la zona de Chiriguaná, El Paso, Las Palmitas y La Jagua, y yo era el gallo de pelea más fuerte de la orilla del río? Me fueron a buscar a la corraleja. Eso fue para una fiesta del Cristo; yo no quería pelear, pero el hombre como yo no le salí, privó como a tres de mis paisanos, provocándome; y como yo no le salía, le pegó a mi compadre Fermín, y ahí sí me le boté. Nojoda, pelaos, les cuento que fue un solo puño que le di en la mandíbula; el hombre vino en carro y se fue en un cajón. Eso fue mucha trompá. Se la di en el barrio El Machín y la sintieron en la calle Palmira. Yo abstraído por la historia le pregunte. “¿Y no lo metieron preso?”. El viejo se sonrió y me dijo: “Este sí es bobo. No ve que fue en defensa propia”.

 

Luego de un largo silencio, Abimael le preguntó: ¿Y cuál fue su última pelea?”. El viejo con las manos sobre las piernas y más serio que antes, respondió: ¡Carajo... Eso fue el siglo pasado. Recuerdo como si fuera hoy; yo estaba sentado en el Puerto de El Banco, Magdalena, y se formó un revoluto al lado de la mesa donde yo estaba tomando Ron Caña; al yo ir a aguaitar la pelea, me di cuenta que era un hombre de mi tamaño y contextura aporreando a un viejo chiquitico; y yo le hablé al tipo, con voz fuerte -Bueno ¿y que eres macho con los más viejos y pequeños? El hombre, sudado, me miró y me preguntó: “¿Usted es arrecho?”.  Yo que no le tenía miedo a nadie, se la solté: Cuando quiera y como quiera. Les cuento que esa fue una sola agarrá”.

 

En ese instante salió la mujer con una jarra de limonada para nosotros, Abimael intrigado le pregunto: “¿Y entonces, señor Jorge?”. Él tomándose la limonada dijo: “Les cuento que ese hombre me privó. Yo me desperté en medio de un aguantar que me echaron para despertarme. Cuando volví en mí, el hombre se había ido; entonces la bola se regó en todo el río que un hombre de Morales había privado al Guapo de Tamalameque. A los 15 día me encontré el tipo en La Gloria, y en un solo cruce de mirada nos embojotamos otra vez”. Volvió a hacer silencio el señor Jorge y esta vez fui yo el de la preguntó: “¿Y qué paso señor Jorge?”. Él, con ojos entristecidos volvió al hilo de la conversación: “Nojoda, muchacho, otra vez me privó ese tipo. Pero al tiempo me lo encontré en río Viejo Bolívar”. Esta vez, Jorge hizo un silencio más prolongado, manejando nuestra tensión e intriga. Abimael se me adelantó y le mandó la pregunta: “¿Otra vez se engancharon me imagino”. El viejo Jorge lo miró a los ojos y le dijo: “Bueno Abimael, tú crees que yo soy marica, buscando que ese hombre me mate; yo vi y me devolví en el mismo motor canoa en que había llegado, antes que ese tipo me aporreara”.

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