El busto de Laureano

 

Pronto la noticia se regó en todo Tamalameque: “Humberto ‘El Godo’ tenía un busto de Mariano Ospina Pérez en la sala de su casa”. Eso decía la gente en todas las esquinas. Los conservadores ospinistas, ante la noticia, montaron comando y centro de tertulias en casa de Humberto ‘El Godo’. A su vecino de al lado no le cayó bien esta noticia; su vecino era nada más y nada menos que Florentino ‘El Laureanista Mayor’, a quien no le gustaba la charlatanería de estos miembros de su partido, a quienes por ser tan amantes de las libertades los catalogaba de cachiporros.

 

Era la década del 50, años antes de la dictadura. Para entonces Tamalameque era un importante polo de desarrollo, por medio del Puerto de la Boca, era paso obligado de comerciantes y pasajeros que llegaban en barcazas y chalupas rumbo a las ciudades del interior y la costa. El país se sacudía con los desmanes cometidos por la policía Chulavita, dirigida por el presidente designado Rafael Urdaneta, quien había asumido el poder, por problemas de salud del presidente constitucional doctor Laureano Gómez.

 

Tamalameque era un pueblo liberal, pero dentro de sus habitantes había un nutrido reducto conservador; tal es el caso de los dos compadres y vecinos Florentino y Humberto, quienes siempre se tuvieron consideración y aprecio, muy a pesar de las diferencias ideológicas y de la tensión política del país, que para ese momento vivía los intentos de Laureano Gómez de volver al poder y la campaña en contra que hacía Mariano Ospina Pérez. Los dos compadres mantuvieron su amistad incólume hasta el día que apareció el busto de Mariano Ospina Pérez en casa del viejo Humberto ‘El Godo’.

 

Los Tamalamequeros solo conocían las noticias de la capital por medio del radio que los hijos de Narcisa Vera encendían con una bocina gigante que amplificaba para toda la Calle del Palotal. Los periódicos los dejaban los pasajeros que pasaban para el Puerto de la Boca, pero los lugareños no eran muy dados a leer noticias en papel; les parecía más interesante escucharla por la bocina de los hijos de Narcisa. Dependiendo la tonalidad de los oradores políticos, cada quien se convertía en rojo o azul y, en este caso, Ospinista o Laureanista.

 

Para esa época llegó un paisa a Tamalameque y se encontró con Humberto; entre charla y charla pudieron darse cuenta que tenían afinidad política, entonces el antioqueño, como buen culebrero, le vendió un busto de Mariano Ospina Pérez.

 

Florentino ‘El Laureanista’ para esos días rompió relaciones con su compadre el Ospinista; entonces mandó a clausurar el portillo del patio, impidiendo la comunicación de las dos casas. Los dos compadres, aunque no habían discutido, sí guardaban un silencio y una tensión que indicaba que en cualquier momento algo malo podría suceder.

 

Días más tarde, Narciso trajo un radio de Cartagena, entonces los Laureanistas se sentaban en la casa del viejo Florentino a la misma hora que los Ospinistas en casa de Humberto, mientras los unos daban vivas a Laureano y los otros a Ospina. El vecino del frente Liberal de racamandaca ensayaba el toque del trompeta para torpedear las tertulias enemigas.

 

Estando en estos ensayos de trompeta y tertulias conservadoras, apareció por la Calle Real un vendedor de orfebrerías; al escuchar las arengas en favor de Mariano Ospina Pérez se acercó a la ronda de compadres y mostró la imagen tamaño mediano del patriarca conservador Mariano Ospina Pérez, pero no demoró mucho tiempo en darse cuentas que estos conservadores Tamalamequeros no conocían el rostro del caudillo por el que arengaban. Humberto lo confrontó aseverando que ese no podía ser Mariano Ospina, puesto que él tenía un busto y era muy diferente a ese que él mostraba. Al contrastar los dos bustos las diferencias eran enormes; todo esto ocurría bajo la vista de los Laureanistas que observaban desde la casa de Florentino. La trompeta del liberal se silenció, pue, su dueño observaba por la ventana la discusión de los bustos.

 

Luego de confrontar las imágenes, el interiorano sacó de su maletín el Periódico el siglo. “¿Saben que este es el periódico conservador del país propiedad de la familia Gómez?”. “Claro”, dijo Florentino desde su casa, lo que causó una mirada de odio del extremo Ospinista. Abriendo el periódico y mostrando una foto exacta al busto de propiedad de Humberto, el interiorano dijo. “Miren que aquí dice que se llama Laureano Gómez, por tanto ese busto es de Laureano. El verdadero Mariano Ospina Pérez es el que le estoy vendiendo”. Dichas estas palabras, el busto de Laureano fue arrojado a la empolvada Calle del Palotal, lo que causo un revoluto de puños y empujones entre Laureanistas y Ospinistas.

 

Desde su ventana el vecino liberal observaba el vuelo de butacas y asientos de extremo a extremo. Con el bullicio, su mujer salió a la calle y preguntó a su marido: “¿Qué sucede?”. Este, entre risas le contestó: “No te dije yo, no hay godo bueno; el único godo bueno es el que no nace, Mira cómo pelean y todo por un muñeco maluco”. La mujer se quedó mirándolo y rió con él, no sin antes decir: “nojoda, ni que fuera de Olaya Herrera”.

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