El circo y el verano de Valledupar

 

Que tarde salí de mi trabajo directo a mi casa de habitación. En la Plazoleta de la Gobernación del Cesar detuve un taxi y le pedí que me transportara al barrio Don Carmelo. Para mi fortuna, el taxista era un hombre amigable y conversador, lo que hizo más ameno el viaje. En el camino tocamos diferentes temas, pero me llamó la atención algo que dijo cuando hablamos del verano y la ola de calor que invade a Valledupar por estos días; el taxista sentenció: “No llueve por ese bendito circo que está en la ciudad”. Yo no entendí y le pregunté qué había dicho, y él con más energía lo confirmó: “No llueve por ese pedazo de circo que esta acá en Valledupar”. Me causó risa y curiosidad esta aseveración tan contundente y poco creíble para mí.

 

El taxista siguió comentándome: “Primo, lo que le digo es muy cierto; ese pedazo de circo no deja llover en Valledupar. Mire, ha llovido en toda la zona, menos en el Valle. Que día llovió en círculo alrededor de Valledupar y la lluvia solo llegó hasta la glorieta de la Pilonera Mayor y en el sur hasta Mercabastos; eso no tiene explicación lógica”. Yo lo interrumpí entre risas: Ajá ¿y qué tiene que ver ese pedazo de circo como usted dice con el llover? Él me miró con cara de serio y me dijo: “Vea primo, lo que le digo no es de risa. El tema es que en Valledupar no hay plata porque no llueve; la agricultura se está acabando y el calor no deja a la gente salir a la calle; entonces este no es un tema de risa”. Yo, ya más serio le pregunte: ¿Ajá compadre, pero qué tiene que ver un circo con el hecho de no llover en el Valle? El hombre, con las manos puestas sobre el timón y siempre mirando al frente me explico: “Mire primo, la vaina es así, donde quiera llega un circo no llueve, porque ellos protegen la carpa, entonces ellos tienen unos espejos que ponen en dirección al sol a las tres de la tarde y eso evita que llueva”.

 

Yo, sin darle mucha credibilidad a sus afirmaciones, decidí cambiar el tema y le dije: “Manito, pero la ola de calor le sirve a usted, pues la gente toma los taxis con aire para protegerse del sol, y como ya viene festival, la vaina se compone”. Entonces él descuidó por un instante la mirada del camino y me refutó: “Nojoda festival. En festival la vaina va a estar más jodida porque el circo dice que se va después de Semana Santa y te puedes imaginar; apenas se vaya, sobre el valle va a caer es un diluvio, todas esas lluvias acumuladas caerán en pleno festival. No mi hermano, esto será un desastre; este festival no va a serví para nada; yo no me hago ilusiones”. En ese instante llegué a mi destino, entonces le cancelé la carrera y al descender del vehículo le dije: “no se preocupe, mi hermano; no se le olvide el dicho que dice que se despide más que circo pobre, así que ese circo se va es después de festival y usted podrá trabajar tranquilo”. Él, ya andando en el vehículo, me grito: si no llueve todo sube, no ves que no hay cultivos”.

 

Yo me quedé con la idea del circo y la lluvia rondando en la cabeza. El día siguiente llegué a mi trabajo, una oficina de más de ocho abogados en el cuarto piso de la Gobernación del Cesar, y comenté el tema del circo y las aguas lluvias, esperando lograr la hilaridad de mis colegas, que a la luz de la sana lógica, las conjeturas del taxista les resultarían como a mí, un chiste; pero no fue así, estos me sorprendieron aún más. Ellos me escucharon con mucho cuidado e interés; una de las abogadas que me prestaba atención, sin esperar que yo terminara me dijo: “no solo utilizan espejos, sino que se valen de la hechicería y de la magia negra para retirar las nubes y así evitar que llueva en los sitios donde ellos tienen funciones”. Luego escuché voces que me decían: “en la Loma dejó de llover tres meses por culpa de un circo”;  otro que decía: “en El Banco no llovió durante 140 días y luego que el circo se fue, llovió un mes completo mañana y noche, dos aguaceros diarios”. Como al unisonó se escuchaba: “ellos utilizan brujería, entierran sapos crucificados, matan ratones y los dejan secar al sol”.

 

Al terminar la conversación, me retiré a mi cubículo y entonces analicé la cosa desde otra óptica; comenzaron los apuntes de mis compañeros a formar un criterio creíble de la historia del circo en mi cabeza. Entonces recordé que en Tamalameque los viejos rezaban los aguaceros cuando veían que podían hacer desastre, y las nubes sobrevolaban el cielo de Tamalameque hasta cruzar el río y dejar caer su ira hídrica sobre el suelo del sur de Bolívar, pero también era cierto que en ocasiones los rezanderos del sur tenían más poder que los nuestros y entonces se venían grandes tormentas sobre mi pueblo, causando voladuras de techos, corte del fluido eléctricos y demás desastres.

 

Solo toca esperar qué ocurre con el circo y que en caso tal de ser ciertas todas estas creencias, que el circo se vaya después de festival para que el invierno no dañe la fiesta.

 

 

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