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Copyright © 2017 Todos los derechos reservados. By Aldayr Ortega

La bruja de mi infancia

 

En mi pueblo, a la edad de ocho años, comencé a tenerles miedo a las brujas. Eran normales los corrillos y tertulias que se formaban en el parque del mercado, debajo de un árbol de Acacio, sentados en unas bancas de cemento; allí estaban para esa época los mismos de siempre, todos adultos entre 18 y 27 años, y yo, el niño que quería escuchar cuentos de miedo para luego no poder dormir.

 

Se hablaba de las brujas juguetonas que volaban en sus escobas y se dejaban caer sobre los techos de zinc; también de las brujas espantadoras que asustaban a los borrachos en el camino y que se transformaban en burra o cerdo. Alguna vez escuché de las brujas juguetones que solían sacar a los hombres de sus camas y dejarlos en la calle desnudos, sin que ellos se dieran cuenta, sino el día siguiente cuando se despertaban por el brillo del sol y el murmullo de los vecinos.

 

Todos los días, por la calle de mi casa transitaba una mujer de tez negra oscura y cabello totalmente cubierto de canas; la mujer se llamaba Galilea; lo cierto es que la población entera decía que era bruja. A ella nunca le conocí la voz, pero me bastaba verla para sentir que mis piernas se estremecían y que mi voz se cuarteaba.

 

Los cuentos que le escuchaba a los mayores al referirse a ella eran extraordinarios; de ella escuche que era rezandera de velorio y que en alguno ocasión la mandaron a llamar de un corregimiento cercano a Tamalameque, dicen que el rezo terminó a las dos de la mañana y que Cristo, un viejo transportador de Tamalameque, se ofreció a llevarla al pueblo, pero esta se negó; en el momento que ella salió del caserío, se desgajó un aguacero, lo que en un gesto de solidaridad motivó a Cristo a sacar el viejo Ford para recogerla en el camino; sin embargo, por mucho que aceleró su vehículo no pudo alcanzarla. Preocupado por no haberla visto en el camino y temeroso que le hubiera sucedido algo, llegó hasta su casa para averiguar por su suerte, pero, para sorpresa de él, al tocar a la puerta le abrió la mujer con la misma ropa sin una gota de agua sobre su vestido.

 

También escuché que se convertía en cerdo y que rumiaba miedo por todo el callejón del peligro en noches de Tambora, que en varias ocasiones los hombres que conocían secretos y oraciones trataron de agarrarla, pero que les fue imposible. Tan solo se habla de una vez que lograron garrotear a la marrana del callejón, pero al día siguiente esta extraña mujer de nombre bíblico caminaba las calles de Tamalameque sin mostrar dolor alguno en su andar. La mayoría de las veces utilizaba el camino que del caño conduce al río, un pasadizo lleno de montes, a las espaldas del pueblo. La mujer tomaba este atajó en horas de la noche para llegar a su casa luego que salía de misa. Ella todos los días llegaba a la iglesia a las cinco de la tarde y demoraba rezando en el altar mayor, hasta las siete de la noche que comenzaba la eucaristía.

 

Los que la conocían dicen que una vez el padre salía al altar, ella caía en un sueño profundo hasta el momento de la comunión, instante en que se levantaba, tomaba la hostia y se iba de la iglesia; cogía el camino del cementerio, por todo el ramal que del caño conduce a la alta Palmira, hasta llegar a su casa. En uno de esos ires y venires, al grupo de hombres que sabían de rezos y secretos se les apareció en el paraje conocido como el Suan. Ese día la luna estaba clara y la vieron venir con su pelo de enredado color ceniza. Al pasar por el frondoso árbol que le da nombre al paraje, le tendieron un pedazo de hilo en todo el camino, pero ella de inmediato, de uno de los bolsillos de su falda sacó una aguja y logro cortar el hilo, luego se escuchó una voz que le dijo: “ven mañana por un poquito de sal”, pero ella con el dedo corazón estirado les hizo pistola sin voltear. “Sabes mucho Galilea”, le dijo Manuel Julián, pero esta no se inmutó y siguió su camino.

 

A otro de los contertulios de las noches del parque, le escuche decir que en cierta ocasión llegaron a la casa de la bruja a robar gallinas, mientras esta estaba en la misa de siete, pero al momento de salir del patio, un sinnúmero de goleros se abalanzó sobre los dos osados ladrones, quienes se asustaron y soltaron las gallinas.

 

Muchos años después de aquellas imágenes de mi infancia, llegue a Tamalameque procedente de Cartagena y mi madre me pidió que la acompañara a un sepelio; yo sin preguntar por el muerto, me aliste y me fui con mi madre a la iglesia. Estando en el templo y al escuchar al padre exaltar el alma de la difunta, por su gran colaboración con la iglesia, por su fe católica, por su entrega y dedicación a los quehaceres de la parroquia, le pregunté a mi madre quién era el muerto: entonces ella me contesto: “Era Galilea, hijo, la señora canosa del barrio Palmira. Ella era un verdadero ejemplo de cristiandad”. Desde ese día me revoletean estas imágenes en mi cabeza y aun no sé si esas historias eran reales, si de verdad yo las escuché o yo me las inventé en mis noches de miedo.

 

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