Pedro, el irreverente


Pedro Antonio es un viejo amigo de tertulias políticas y charlas futbolísticas; además, un compañero con el que comparto aficiones como la de la lectura y el cine, entre otras. Traigo a colación a este personaje, pues amanecí pensando en muchas de sus anécdotas: Pedro es especialista en perder el tiempo, en ocuparse en no hacer nada, por tanto durante mucho tiempo instaló su oficina en el Almacén Éxito del centro de Valledupar; así auto denominaba la mesa contigua al lavamanos en la cafetería del éxito. Llegaba desde las 11 de la mañana y se iba a las seis de la tarde; ahí, con aire acondicionado, disfrutaba leyendo los periódicos, revistas y libros, sin necesidad de comprarlos. Para esos días yo almorzaba en el centro, entonces tomé como costumbre almorzar en el Éxito y tertuliar con Pedro los medios días.


Una vez conversábamos de religión y otro amigo que se sumó a la charla; nos daba una cátedra del buen cristianismo, de los deberes del hombre espiritual y de la promesa de la vida después de la muerte. Pedro observó al amigo de arriba abajo como buscando algo por dónde empezar a rebatir sus argumentos, hasta que vio colgado en su cuello una cadena de plata con un dije grande en forma de Cruz. Pedro se acercó, tomó en su mano el crucifijo y sentencio una de las frases más contundentes que haya escuchado en mi vida: “Si Jesús hubiera muerto ahogado, viejo Wlady, te aseguro que los cristianos cargarían en vez de cruces en el cuello, un balde de agua en la espalda”. Entre risas y choques de manos me despedí rumbo a mi lugar de labores.


Otro día lo encontré con el periódico El Tiempo abierto en la página de deportes y él a penas me vio dijo: “Mire viejo Wlady”, señalándome con el dedo índice un titular de prensa que decía: “James le prestó su jet privado a Arturo Vidal para viajar a Barcelona”. A mí me sorprendió la noticia y me alegre por ese gran futbolista colombiano que ya tenía Avión privado. Por la expresión de su rostro, noté que a Pedro algo le incomodaba de la noticia, entonces le pregunte: “¿Compa, que no se alegra por James?”. Él con rostro adusto me dijo: “No es por James. A la hora de la verdad yo ni lo conozco, pero no es justo que un hombre pateando un balón gane tanta plata y mi hermano Alberto que es médico de la Universidad de Buenos Aires y especialista de nefrología, la semana pasada para ir a Villavicencio se tuvo que ir en Copetrçan”. En un primer momento lo tomé como una de sus brillantes ocurrencias, pero hoy años después creo que es una verdad y una injusticia real.


Con Pedro es difícil no hablar de dinero; siempre tiene el deseo de ganar dinero de una manera fácil, rápida y en abundancia, por tanto es un aficionado de las loterías y los juegos de azar que pagan jugosos premios. Un buen día lo encontré alegre en ‘Cinco esquinas’ y en el camino hacía el Almacén Éxito le pregunte por qué estaba tan alegre; él dándome un golpe en la espalda me respondió: “sencillo, mi querido jurista, yo tengo dos días felices y dos días tristes en la semana; los días más felices son los miércoles y los sábados y los dos días más tristes son los jueves y los domingos”. Yo, esperando una de esas respuestas que el soló sabe dar, le pregunte: “¿Eche y eso por qué?”, y él con una sonrisa burlona en el rostro me dijo: “estimado hombre de letras, usted no ve que los miércoles y sábados tengo la ilusión de ganarme el baloto y los jueves y domingos me levanto con la funesta noticia que sigo siendo pobre”.


En ese afán de volverse rico de la noche a la mañana, escuchó hablar de las iglesias evangélicas y los cultos de prosperidad, entonces por esos días hablaba de las camionetas y casas lujosas de los hermanos de la congregación, de fincas y negocios productivos, del universo y la conspiración de Jesucristo hacia sus amigos para hacerlos prósperos y millonarios. Yo no le rebatía nada; solo lo escuchaba y me alegraba que estuviera asistiendo a la iglesia, pero un día dejó de comentarme sobre la iglesia y yo le pregunte qué había sucedido; entonces me contó de los cultos de prosperidad y la fe que le había puesto a esos rituales, pero que un día le miró el cuello de la camisa al pastor y se sorprendió de verlo todo desgastado como llamando ruina, contrastando con la palabra que predicaba, pero que él lo paso por alto pensando en cualquier descuido de la mujer. En una de esas me miró a los ojos y me dijo: “Wlady, un cuello lullido lo tiene cualquiera, pero nojoda el man que me iba a volver rico a los días lo vi en pleno callejón sin pavimento del barrio la Nevada, saliendo de una casa humilde en una bicicleta que se le salía la cadena; entonces yo me puse a pensar, nojoda si no se ha vuelto rico él, qué esperanzas tengo de volverme rico yo, así que regrese al mundo mi hermano”.


Hoy Pedro no está en Valledupar. Dicen los amigos en común que está en Bogotá y que su rutina esta entre la Biblioteca Luis Ángel Arango y el centro Cultural García Márquez; y que sigue ejerciendo el oficio que más le gusta: leer periódicos y revistas gratis y que complementa su tiempo no haciendo nada”.

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