Expedición vallenata a la casa matriz del acordeón

 

Cuando el acordeón, fiel a su esencia nómada, llegó a tierras colombianas y se hizo rey del folclor del Magdalena Grande, traía ya entre las arrugas de su fuelle una bitácora surtida de estaciones y melodías engendradas por él en folclores populares de países diversos, a los que arribó y se entronizó como rey de los instrumentos que desde entonces musicalizan las músicas tradicionales, tal como sucede con el folclor ruso y el ucraniano, como la pimba en Portugal, la música celta en Irlanda y Escocia, el chanzón en Italia, una lista extensa de géneros musicales latinoamericanos y por supuesto músicas populares europeas, que tienen en Trossingen, al sur de Alemania, la fábrica de acordeones fundada por Matthias Hohner en 1857, bautizada con su apellido.

 

Y es natural que estas melodías viajeras vayan hidratadas con los vestigios de su esencia que las conecta con su origen y las hace regresar a Alemania para dar y recibir, para nutrirse de los sonidos de allá y aportar de los propios, para entender los alcances de la evolución que se dan en la distancia, la asimilación de otros aires musicales y para concluir, como dice el cineasta  británico Andrew Tucker, que aunque son distintos “comparten muchas cosas comunes, entre esas el amor por su instrumento y una cierta nostalgia en el alma”.

 

Allá llegó,  de 2010, el acordeonero Manuel Vega con su cajero Jairo Suárez y su guacharaquero Dionisio Bertel, atendiendo una invitación de los directivos de la Hohner, como agrupación representante del genero vallenato para que tocara junto a la Orquesta Sinfónica de Acordeones Hohner e hiciera un aporte al concierto de gala que se celebra en esa ciudad cada mes de marzo, en uno de los principales escenarios de conciertos. La visita hizo parte del rodaje de la película ‘El viaje del acordeón’, dirigida por Tuker y el colombiano Rey Sagbini, de la que Manuel fue protagonista y que recibió galardones posteriores como el film preferido por el publico en el Festival de Cine de Cartagena el año de su estreno (2013).

 

Recién comenzaba la primavera y la temperatura era aún muy baja, por los rezagos del inverno. “Yo ya había experimentado el frío porque gracias a Dios y a mi acordeón ya había podido estar en otros países, pero cuando llegamos allá para mis compañeros fue duro, pero lo disfrutamos. Mucho frío, mucha nieve que iba dejando el cambio de estación. Con Jairo y Benito jugábamos como niños en la nieve”, dice Manuel y recuerda que el cambio de horario les trastocó el sueño los primeros días. “Yo que estoy acostumbrado a esos calorones de la Costa y aquí el frío me tiene es apurao”, decía Suárez.

 

El destino principal fue la ciudad de Trossingen, donde funciona desde 1857 la fábrica de acordeones Hohner, pues la idea era llevar allí los sonidos del acordeón vallenato. “Conocimos la fabrica, lo referente a la historia del acordeón. Lo bonito fue que llegamos a la fabrica y pararon la producción porque los trabajadores fueron invitados a vernos tocar. Fue una experiencia maravillosa”, cuenta Vega.

 

El concierto fue apoteósico. Un auditorio repleto y en un silencio casi místico apreciaba la intervención de la orquesta de acordeones, que a mitad de la presentación recibió en el escenario a los músicos vallenatos. “Nos quedamos impresionados porque esa gente es muy culta cuando escucha un acordeón; valoran esto mucho. Cuando gusta, entregan un trofeo especial, el mejor vino de allá, adornado con rosas. La ovación fue espectacular. Hicimos una fusión de puya con Estancia, que es un ritmo popular de allá, junto con el director de la orquesta de acordeones”, relata Vega.

 

‘La gota fría’, de Emiliano Zuleta Baquero; ‘Esperanza’ y ‘Honda Herida’, de Rafael Escalona, y otras canciones vallenatas fueron aplaudidas en Europa. “Hicimos una presentación con españoles en un concierto de blues. Yo les decía: pero yo nunca he tocado eso y ellos respondían; nosotros tonamos y tú nos sigues. Fue una experiencia bien agradable”, relata Manuel y añade: “Yo dije; voy a tocar es puya; que es el arma más fuerte de nosotros. Ellos no me podían seguir a mí con las notas, pero yo sí a ellos cuando tocaban. Decían: lo que pasa es que ellos tocan muy rápido”.

 

Al final de las presentaciones,, el colombiano se vio rodeado por acordeoneros rusos, chinos, mexicanos y de otros países que, encantados, deseaban saludarlo y conocer por qué a él le sonaba tan distinto el instrumento. Manuel Vega recibió como obsequio especial un acordeón entregado personalmente por Horst Fausel, gerente de la Hohner. “Esto es indescriptible. Jamás pensé yo que fuera a llegar por aquí. Esto lo veía en la televisión y me parecía increíble; ahora que lo estoy viviendo siento algo en el corazón”, decía Jairo, secundado por Dionisio: “Se me cumplió el sueño. Yo nunca en la vida pensé tampoco venir por aquí”.

 

La edificación donde funciona la fábrica de acordeones Hohner se yergue muy cerca de la emblemática Selva Negra, sembrada de Abetos, árboles de la familia de los pinos, de los que extraen la madera para fabricar estos instrumentos. Mientras caminaban por la orilla de la gigatesca selva, Manuel, Jairo y Dionisio se enteraron que su anchura oscila entre los 30 y los 60 km y que en ella se encuentran más de 50 especies conocidas de Abetos y que un árbol de estos puede alcanzar una altura entre 10 y 80 metros; que las ramas se agrupan en la parte superior dejando libre el largo tronco, lo que facilita la obtención de la madera. “Es bien hermosa; le dicen la selva negra por el color de los arboles. Se descubrió que esa es la que da un mejor eco al sonido de los pitos del acordeón”, cuenta Manuel Vega. Según la tradición oral europea, los romanos la habrían bautizaron así, inspirados en la oscuridad de los caminos dentro de ella.

 

La expedición a la matriz del acordeón fue determinante para que los músicos vallenatos dimensionaran la grandeza de su folclor, las muchas similitudes que tienen las músicas del mundo que tienen como base el mismo instrumento, pero también las diferencias en las formas interpretativas, en lo cultural y lo geográfico. Un día de esos en la lejanía, apurados por el frío y nostálgicos por lo suyo, le pidieron al director de fotografía de la película que los llevara a un lugar donde pudieran escuchar música latina y la sorpresa fue grande: “El D.J. hacia mezclas de su música como Trance y metía ‘La cumbia sampuesana’, ‘La gota fría’ y otros aires colombianos, y la gente estaba disfrutando y brincando, y de pronto nosotros en Colombia no teníamos idea de que eso sucedía en otras partes del mundo”, dice -orgulloso- Manuel.

 

A su regreso, acordeonero, cajero y guacharaquero volvieron a presentarse en el Festival de la Leyenda Vallenata por 17ª vez, y aunque no ganaron la corona de reyes, había en ellos algo distinto que tenia que ver con el orgullo de haber representado su folclor y su país en otras partes del mundo, de haber experimentado cómo allá exaltan lo de acá; entendiendo que “ganar es más que un trofeo”.

 

Este texto fue publicado originalmente en separata especial de El Pilón, el pasado mes de abril

 

 

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