Maggi, la restauradora

 

“Es la luz de tus ojos, “me decía mi tía Cecilia, cada vez que hablábamos de ella, la mayor de siete hermanos de una familia humilde en Valledupar, conformada por un mecánico de maquinaria pesada barranquillero, una maestra de escuela nacida en Curumaní y una “escalera” de niños. Siempre se destacó por su belleza, pero también por su amabilidad, servicio y su carisma. Era encantadora y siempre sobresalía  en el medio donde estuviera. Ya en su juventud empezó a mostrar sus dotes artísticas, pintaba y cantaba muy bien.

 

Su nombre era Margarita María Alacope Casalins Camacho, pero le decíamos Maggi por una serie de televisión muy popular en esa época, Raíces.

 

A pesar de la carencia de recursos económicos  familiares, ella estaba siempre rodeada de personas de prestigio y abolengo en el viejo Valle de Upar; varias veces canto en tarima, en vivo y directo en radio Guatapurí.

 

Tenía un programa de radio en una emisora local, La Voz del Cesar, un descanso para el oído, le decía yo. Una canción de Camilo Sexto, Julio Iglesias y Mocedades, por 100 de Diomedes,  los Zuleta y Oñate que oíamos  todo el día en las emisoras vallenatas.

 

Llegó el tiempo de ir a la universidad. Partió a la capital y volvió tiempo después para casarse con un cachaco, “O” lo llamaba; lo hizo en una hermosa ceremonia en el pueblo de sus abuelos paternos, Ponedera, y un cura amigo de la casa se ofreció a concelebrar la ceremonia, el padre José Bolívar Daza. Luego volvió a Bogotá y tuvo su primera hija, Dianita.

 

Pasó el tiempo y su vena artística renació, ya casi no podía verme con ella pero siempre me escribía y me llamaba (en esa época no existía ni el celular, ni la internet ni las múltiples formas de comunicación que ahora disfrutamos) pero el amor de hermanos persistía.

 

Volvió a sus artes plásticas; sus temas  eran las flores y sus hijos su gran inspiración. A todos sus hermanos les regalaba los cuadros que hacía; yo tengo un gran desnudo encima de mi cama, es lo primero que veo al levantarme, cosa que me hace más difícil olvidarla amen del parecido que tiene mi hija Susana que heredó de ella su nariz y los huecos en las mejillas, aunque no su  gran alegría.

Ya de vuelta en Valledupar creció en su afición  e hizo varios  cursos en bellas artes, ella me decía cuando iba a visitarla “me gusta mucho el arte pero no tengo talento, y aun así lo disfruto”  reíamos juntos. Algún tiempo después su familia creció y se fue a vivir a Barranquilla donde un cura, Gervasio Fornara, vio su arte y la llevo a su iglesia, San Roque, a que restaurara unas reliquias traídas de Italia  en los años 40. A ese sacerdote le gustó  tanto su trabajo que  la recomendó con sus iguales, ahí se hizo famosa por su dedicación y apareció en varios diarios de la ciudad.

 

Mi madre, la que la había parido, siempre permanecía a su lado  en su lecho de enferma,  estoica siempre pensó que su Dios la iba a salvar, era la única que aceptaba la parte del padre nuestro, que recitaba con una fe infinita, de “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, esperaba y esperaba, sufría y sufría. Fue un mal procedimiento en una operación sencilla de vesícula, pero mi mama nunca sintió odio por ese médico, sabía que así como había tenido una falla con su hija, esas manos habían salvado muchas  otras vidas también.

 

Poco antes de ese evento llamó a mi mamá al valle y le dijo: mami ¿sabes quién me vino a visitar? La virgen, los caballeros de la virgen en una ida a barranquilla le dañaron un dedo de la mano y se la llevaron a su taller para que ella lo reparara.

 

Mi madre poco después me conto que también la había llamado la víspera para decirle que había tenido un sueño hermoso, en un paraíso lleno de flores y de nacimientos de aguas cristalinas.

Todos fuimos a sus últimos días de sufrimiento, ella nos pedía que rogáramos mucho por ella y por todos los enfermos porque esto era muy horrible, decía. El día de su entierro fue precisamente el mismo día de mi cumpleaños y algo que me llenó de más tristeza aun fue que su sobrino querido y preferido Ricardo Casalins no pudo asistir a la despedida.

 

De ella tengo muchos recuerdos ,una mañana estaba ella en la terraza de nuestra casa  ,ya  a punto de terminar su bachillerato y esperaba a sus amigas para irse al colegio femenino de Valledupar, yo Salí apurado también para ir a clases a mi querido Instepecam cuando escuche su voz como la de un ángel, una estrofa de una canción de Rosendo Romero, Romanzas “si tú me quieres yo te adoro tanto, que se me apague un instante el sol” desde esa vez fui el fanático número uno de las canciones de Silvio Brito y el pangue maestre.

 

Solo Dios sabe cuánto la quise, y aun la quiero, mi hermana, mi comadre, mi gran amor. A veces a muchos pies de altura, volando por alguna parte de este gran país, me acuerdo de ella, pido permiso y salgo de la cabina de mando para llorar un poco.

 

Hace un tiempo conocí a un gran pintor vallenato en Bogotá, Juan Carlos Bernal, le comente que tenía una hermana que pintaba también. Él me dijo que la conocía, que había estudiado algún tiempo con ella en bellas artes y corroboró todo lo bueno que he dicho de ella. Las pinturas de acordeones, acordeoneros, músicos y cantores que me mostro me  estremeció de la  emoción y me prometí que algún día cuando yo tenga mucho dinero tendré uno de esos cuadros en la sala de mi casa, de ese gran pintor costeño que me hablaba de su arte con gran pasión, ese mismo arte que cautivo a mi querida hermana que ya no está con nosotros pero nos queda el consuelo de  que sus hijos todos sacaron su gran energía y su enorme alegría.

 

Es muy difícil no esbozar una sonrisa al recordarla cuando escuchamos una canción de Manolo Galván o su favorita, la flor de la canela.

 

Este recuerdo está dedicado a mi querido sobrino que mi hermana quiso que también fuera mi ahijado  Geovanny M. Murillo Casalins

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