• Redacción Nicho Cultural

Treinta mil por un rato… de acordeón


Por amor al arte, ‘el viejo Juancho’ paga el precio de treinta mil pesos que le ha impuesto el dueño del acordeón, instrumento que ama al extremo de hacer una recolecta semanal con sus amigos/compañeros para completar lo que cuesta el alquiler del acordeón, que ahora acompañan con una vieja caja y una guacharaca de palo, con los que amenizan el mercado campesino de los domingos en el Centro de Desarrollo Vecinal – CDV de Valledupar.


Él, Juan Enrique Borja Cabana, es un campesino desde el vientre materno, que ejerce la pasión de cultivar la tierra desde cuando tuvo uso de razón y aprendió/aprehendió de sus mayores las mejores prácticas de este arte, los tiempos precisos de la siega, las estrategias para tener mejores cosechas, lo vital que es él, y en general todo el campesinado, para que el resto de la humanidad pueda tener alimentos en su mesa.


Es un empedernido apasionado por la música. Tuvo un viejo acordeón, hace tanto tiempo que no recuerda los años, pero sí sigue presente en su memoria la agonía irreversible de ese ‘amigo y compañero’ de viajes, que un día ya no aguantó más el paso y el peso de los años y murió de viejo, dejando al ‘viejo Juancho’ con sus dedos huérfanos y el corazón arrugado, como el fuelle del instrumento al que le hizo duelo largo y un almático funeral.


Hace algún tiempo, estando en el Mercado Campesino dominical, a donde convergen hombres y mujeres que - como él - desempeñan las prácticas referidas a la tierra y el sustento alimentario, vio un acordeón y experimentó ese flechazo que genera las atracciones potentes e inquebrantables. Poco tiempo después, se vio acariciándolo con sus manos fuertes e inmensas, sacándole melodías añejas de los grandes colegas suyos, como Luis Enrique Martínez, ‘Chico’ Bolaños, ‘Alejo’ Durán y, por supuesto, Calixto Ochoa.


Con las pasiones ocurre que, igual que en las cofradías, los afines se buscan, se encuentran y se juntan; fue eso lo que ocurrió en ese escenario del Mercado Campesino, pues muy pronto ‘el viejo Juancho’ tuvo compañía para el ejercicio de su arte y su momentáneo acordeón completó la trifonía del vallenato, al llegar Cristóbal Sánchez, un cajero sexagenario; César Figueroa, guacharaquero que redondea su edad en setenta años, y Jaime Calvo, quien a sus 66 siente la pasión por el canto de cuando tenía 20.


El trueque del primer tiempo


Todos ellos son campesinos, así como todos los instrumentos le pertenecen al mismo dueño. En los primeros tiempos, las relaciones transaccionales replicaban los trueques de viejos tiempos, en los que el dinero no mediaba en el intercambio de bienes y servicios: Carlos les prestaba los instrumentos y ellos le proveían plátanos, yuca, ñame, malanga y demás productos del campo, que han sido siempre su capital.


Pasados los días, interpretados muchos clásicos del vallenato, el dueño del acordeón, la caja y la guacharaca modificó los mecanismos de pago y les pidió el dinero en efectivo. Fue así como llegaron a las colectas dominicales, en las que cada uno aporta según sus fuerzas para completar los 30 mil pesos que les cuesta el alquiler de los instrumentos.


Ahí, en un rincón de aquella plaza que rinde honores a los campesinos y al arte de cultivar, los encontró Nicho Cultural, un domingo reciente, evocando una melodía dolorosa en la que un hombre se había ido y pedía que, si acaso él no regresaba más por ahí, le dijeran a Diana por qué se había ido. Era una mañana lluviosa, por eso se apresuraron a tocar y cantar, para guardar los instrumentos en los estuches y evitar que la lluvia dañara lo ajeno.

Después de ‘Diana’, interpretaron otra canción para una mujer; esta vez narraban una historia triste que pedía a Dios bendito un castigo para Irene, una mujer que incumplió el juramento de amor eterno a alguien y en tan solo una semana de ausencia le puso rival.


Aman las obras de Calixto Ochoa, por eso tienen en su repertorio no solo ‘Diana’ e Irene’, sino muchas otras obras del abultado cancionero que dejó el gran Calixto antes de viajar a la eternidad. En su lista tienen canciones del vallenato tradicional, de compositores y artistas de hace ya varias décadas, con los que se identifican, no por asuntos de edad, sino porque para aquel tiempo, el vallenato narraba sus cotidianidades y los reflejaba.


El sueño de Los Independientes

Si Dios les concediera un deseo, ellos -unánimes- le pedirían que les concediera el milagro de ya no tener los instrumentos solo por un rato, de tumbar las barreras dinero/tiempo que les limitan sus procesos creativos a solo ratos; ellos pedirían no tener que alquilar más los instrumentos, no tener que devolverlos cuando están en el punto máximo de inspiración. Es la forma, para ellos, de hacer salvaguardia “para que el ‘vallenato grueso’ no se pierda, que se mantengan las raíces que sembraron los grandes del vallenato”, anhela ‘‘el viejo Juancho’.


En este punto, sería especial que este sueño llegue a oídos de aquellas personas que tengan los medios y la voluntad para ayudar a llevarlo a la realidad. “Lo principal es el acordeón”, expresan ellos; no importa que no sea nuevo, lo relevante para ellos es que les permita mantener y fortalecer la práctica que ya se está volviendo costumbre en el mercado campesino, a donde llegan los compradores, degustan du arte y se van, sin saber que a veces les toca juntar monedas para completar el dinero del arriendo de los instrumentos.


Nota: Dejamos aquí los números telefónicos, por si alguien quiere cumplir o ayudar a cumplir el sueño de ‘Los Independientes’, como han bautizado su agrupación musical. Juan Enrique Borja Cabana, acordeonero: 3205262728 - Jaime Calvo, cantante: 3175570303


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