Ivo Díaz, la espiga más frondosa del ‘Cardón guajiro’

 

El muchacho entraba al baño, abría la regadera y dejaba correr el agua mientras, sentado en una esquina del pequeño cuarto, se ponía a cantar y a tocar tambor, teniendo como instrumento el balde en que Clementina, su madre, lavaba los trastos.

 

-“Ahí está ese muchacho con su tambor otra vez”, decía Clementina, contrariada porque su hijo cada vez demostraba menos interés por el estudio y más por la música. 

- “Déjalo, que él va a ser músico”, respondía Leandro, su papá, con la tranquilidad inalterable que siempre lo caracterizó.

A esa hora, cinco de la madrugada, Ivo Luis Díaz Ramos escuchaba una cantaleta que se volvió tan rutinaria e inquebrantable como su ‘empecinamiento’ por los cantos en el baño.

 

Lo que esperaba Clementina era que su muchacho siguiera el ejemplo de Oscar, el mayor, quien sí se interesaba por la escuela. Pero en el corazón de Ivo había otra cosa: Estaban los sonidos de los acordeones que lo arrullaron en su cuna, el acervo folclórico de Poncho Cotes, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Luis Enrique Martínez, ‘Colacho’ Mendoza, Andrés Becerra, Alfonso Murgas, Hernando Molina… Estaba la herencia genética de su padre Leandro Díaz Duarte.

 

“Me dormía y despertaba oyendo un acordeón. Difícilmente yo hubiera podido ser otra cosa”, concluye hoy Ivo Luis Díaz, la espiga más frondosa del ‘cardón guajiro’, como se autoproclamó alguna vez Leandro Díaz Duarte, haciendo una analogía entre las características de resistencia y resiliencia de este árbol desértico con su propia tenacidad ante los embates de la vida.

 

Creció bajo su sombra, viéndolo, admirándolo, consolidando una comunión padre/hijo que ha traspasado todas las fronteras de los años y que hoy permanece tan firme como la esencia poética del uno y la fuerza musical del otro. “Yo me paraba detrás del asiento de mi papá, con el pretexto de que lo estaba cuidando”, dice Ivo y recuerda que así pasaba muchas horas en las parrandas de los grandes, ‘bebiendo la savia’ de que lo nutrió para convertirse en el músico que hoy es.

 

“A papá le gustaban las rancheras; se sentaba a escucharlas y terminaba oyendo tangos y baladas”. Fue por eso que los primeros cantos del muchacho no fueron de Emiliano, Escalona ni Don Toba, sino de José Alfredo Jiménez, Pedro Vargas, Carlos Gardel, José Luis Rodríguez y Camilo Sexto.

El gran obstáculo para Ivo era que, por su corta edad, no tenía permiso para salir del pueblo acompañando a su padre en sus corredurías musicales, delegación que tenía su hermano Oscar Díaz.

En la mente de Ivo permanece fresco el recuerdo de una parranda en la casa Díaz, en San Diego: “Me paré y canté un verso. El viejo Poncho Cotes se admiró y me echó otro; yo le contestaba… Le caí en gracia”, cuenta Ivo.

 

En las parrandas siguientes el muchacho –que no pasaba de los doce años- estaba presente, por petición expresa de Poncho Cotes. Luego, Leandro e Ivo, padre e hijo, protagonizaban duelos de versos amistosos y cantaban a dúo. Poco a poco Ivo se fue convirtiendo en una extensión de su padre y la gente comenzó a identificarlos como dos personas en una. 

 

De esa manera, la comarca conocía no sólo el poeta invidente que componía bonito, sino a su hijo, cuyo nombre se escuchaba en las semanas culturales de las escuelas de los pueblos.

“Papá no me dejaba salir solo porque él había sufrido mucho de niño y no quería que yo fuera a coger la música como profesión. Yo quise ser acordeonero, pero él no me quiso regalar un acordeón, por los rechazos que él sufrió cuando estaba dando los primeros pasos”, relata Ivo.

 

Y él hubiera querido obedecer a sus padres y convertirse en un ingeniero, médico o abogado, pero no pudo. “Cuando cumplí los quince años, la música empezó a llenar todos los espacios de mis ratos libres, ayudado por amigos que crecieron conmigo, como Fabio López, José Quintero, Álvaro Mendoza, Reinaldo Vega, ‘El Papa Mejía’ y otros, que le pedían permiso a mi papá para que me dejara salir”. Leandro daba el sí, no sin antes establecer una hora de regreso.

 

Más adelante, amigos de Ivo como Rafael Jiménez, ‘El Negro Cali’, invitaban a Leandro Díaz a las parrandas porque tenían la certeza que Ivo lo acompañaría.

Pero ambos ‘crecieron’: Leandro se hizo parte del grupo ‘Las Tres Guitarras’ e Ivo conformó su agrupación musical  con Fabio López. Sin embargo, el destino de estos hombres, juntos, estaba escrito. El grupo de ‘Las Tres Guitarras’ se disolvió, entonces el padre ingresó a la agrupación musical del hijo, de manera que siguieron cantando juntos por la región. “Mucha gente nos contrataba para vernos cantar; les gustaba mucho en show de los versos.

 

En 1986, mientras se coronaba rey de la piqueria en el Festival de la Leyenda vallenata, Ivo Díaz le rendía honores silenciosos a los años de versos con su padre.

 

Fueron un dueto sólido en las parrandas; en una de esas, Rafael Salas, quien se había separado de Armando Moscote, pidió permiso a Leandro para que Ivo cantara con él y fue entonces, a sus 19 años, cuando Ivo Díaz comenzó a salir como cantante de un acordeonero y se abrió un amplio espacio para él en el mundo del vallenato.  

“Haber compartido con todos esos juglares me marcó mucho”, dice Ivo, para ‘justificar’  su apego al vallenato costumbrista, sin inclinarse hacia las nuevas tendencias. “Ivo es el único compositor vallenato que tiene una calidad de hombre”; aseguraba –con orgullo- Leandro Díaz.

 

Ojos y oídos

Hasta el final de los días de Leandro vivieron juntos, cantando a dúo, aunque en jornadas más esporádicas. Además de ser sus ojos, Ivo se convirtió en los oídos de su padre: En una de las muchas invitaciones que le hicieron a Leandro, a las que generalmente lo acompañaba Ivo, el juglar modulaba una canción, en un tono distinto al original; sutilmente, Ivo se le arrimaba al oído y le susurraba el tono correcto, para que de una forma mágica, Leandro lo alcanzara y deleitara a todos con voz afinada.

 

Los retoños crecieron

Los genes de Leandro Díaz Duarte siguen manifestándose en las nuevas generaciones que se desprenden de su árbol genealógico. Varios de sus nietos, hijos de Ivo, han seguido los senderos de la música: Oscar Díaz es cantante profesional y tiene su agrupación musical; Deidier toca guitarra, teclados y canta, mientras que Leandro es acordeonero. A esta lista de artistas se suma Hendry, hijo de Osar Díaz, quien por varios años fue el lazarillo de su abuelo Leandro, y hoy es un artista de las artes gráficas.

 

Urbano Díaz

Leandro no es el único compositor que nació de la unión de Abel Duarte y María Ignacia Díaz. Urbano compartía con Leandro no sólo el arte de la poesía sino la condición de invidente, aunque a diferencia de Leandro, Urbano no era ciego de nacimiento; fue a sus 24 años cuando la luz de sus ojos se apagó para siempre. Entonces empezó a componer, alentado por su hermano mayor, que ya era ‘ducho’ en los asuntos de la creación poética. Su cosecha no fue tan profusa como la de su hermano, pero sí son una muestra de lo que corre por sus venas. El testimonio ha quedado en grabaciones hechas por Jorge Oñate, Beto Zabaleta con Emilianito Zuleta, Daniel Celedón y Alfredo Gutiérrez, entre otros. ‘A mi hermano’ es una canción que hizo en homenaje a Leandro Díaz, con la que se unió a los honores que en el año 2011 le rindió el Festival de la Leyenda Vallenata, al inscribirla en el concurso de canción inédita.

 

En palabras de Ivo

“Mi papá fue un hombre dócil y maravilloso, que no renegó, no se quejó; que sufrió mucho, pero que desde muy niños nos inculcó el amor a Dios, el respeto por los semejantes y ante todo el buen comportamiento para con la humanidad. Leandro llegó a la música en un momento en que el folclor era sólo y de acordeoneros famosos y compositores como Don Toba, Escalona, Emilianito, Lorenzo y otros, y apareció Leandro, uno hombre sin vista, pero dueño de un mundo maravilloso, de una grandeza poética incalculable y dotado de un sentido que le permitió ver más allá de la realidad. Su ceguera no fue impedimento para que contara cosas que los demás veíamos, pero que no las mirábamos. Hace cincuenta años, Leandro dijo frases que revolucionaron, porque el lenguaje que se utilizaba en nuestras canciones no era tan poético ni tan sentido. Más de un compositor, de viejas y nuevas generaciones, tienen a Leandro como un ejemplo digno de imitar”.

 

Leandro se fue hace ya tres años, dejando un hueco inmenso en el corazón de Ivo, que poco a poco ha ido llenándose con la esencia de su padre quien se mantiene presente en sus días, como si no se hubiera ido a la eternidad.

 “Canta, canta entonces. Alma de poesía

y bríndale un goce a la gente mía.

Yo te entrego todo si tu vida cambia

yo te doy mis ojos, tu me das tu alma”:

Ivo Díaz (Dame tu alma).

 

 

Un dato

Cuando aún vivía en San Diego, Leandro Díaz tuvo un ‘encuentro’ con el sistema braile; un señor en esa población le enseñó el mecanismo del braile para aprender a leer, “pero no le jalé a eso porque loro viejo no da la pata”, cuenta.

 

 

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