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El Festival, memoria y leyenda vallenata

  • Foto del escritor: Redacción Nicho Cultural
    Redacción Nicho Cultural
  • 28 abr
  • 14 min de lectura

Traer los acordeoneros de más renombre, los mejores verseadores a improvisar y que vengan los cantantes de otras naciones a cantar el amor amor en Valledupar”: Hernando Marín.



Cade mes de abril, la ciudad de Valledupar – Cesar, al norte de Colombia, se convierte en el escenario anfitrión de agentes culturales que les rinden culto a las tradiciones asociadas al folclor vallenato, en la celebración del Festival de la Leyenda Vallenata que este abril llega a su versión número 59 y congrega a concursantes de siete países y 19 departamentos.


En estas casi seis décadas ha habido cambios trascendentales, tanto en los lineamientos metodológicos del certamen, la evolución de los concursos y de los procesos creativos de los concursantes, como en los impactos que ha tenido en distintos niveles.


Pero para entender la fiesta enorme que es el Festival de la Leyenda Vallenata es importante echar un vistazo, a manera de contextualización, a sus antecedentes, para una mayor comprensión de cómo se conectan elementos ancestrales, mitológicos, rituales, gastronómicos, poéticos y folclóricos, así como saberes, memoria y asuntos económicos.


El centro es el acordeón: El premio mayor en el Festival de la Leyenda vallenata se entrega al ganador del concurso de acordeoneros, que a través de los años ha ido dividiendo la competencia en grupos etarios: profesional, aficionado, juvenil, infantil, mujeres, que se suman a los concursos de canción inédita, piqueria y piloneras; pero entre los ganadores de todos estos, el que se queda en el imaginario popular como ‘Rey vallenato’ es un acordeonero – profesional, quien debe pasar eliminatorias mostrando sus destrezas en la ejecución de los cuatro aires del vallenato (paseo, merengue, puya y son), liderando un conjunto típico en el cual el acordeón es acompañado por la caja, guacharaca, instrumentos con los que se forma la trifonía de este género musical, que es anterior al acordeón.

 

El vallenato antes del acordeón 


La trifonía en el folclor del Caribe colombiano existía ya en el territorio desde la prehispanidad y era la música que acompañaba la cotidianidad de los aborígenes, producida con una triada de instrumentos indígenas: un carrizo o flauta de boquilla bautizada más tarde como gaita; maracas, parientas cercanas de la guacharaca, y un tambor con parches en ambos extremos que se tocaba con baquetas.


Mucho tiempo después, tras del descubrimiento de América, se encontraron el tambor indígena con el africano, que era cónico de una sola membrana y se tocaba con las manos, produciéndose entre ellos una hibridación que dio como resultado un tambor con el tamaño del indígena, pero con la forma física y la manera percutiva del africano. Así lo explica Simón Martínez Ubárnez, filósofo, historiador, investigador cultural y escritor.


Reiteradamente ha dicho Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, abogado, poeta, historiador, escritor, folclorista, ambientalista, catedrático y compositor vallenato, que mucho antes de que el negro cimarrón descubriera el árbol ‘Volador’ para fabricar sus tambores con la misma madera que los fabricaba el indígena, “ya el indo chimila era dueño de tambor, guacharaca y flauta, lo que sumado al canto y percusión negroide produjo las gaitas, con cuya organología trifónica se interpretaron desde aquellas remotas épocas, aires como puyas, sones, merengues y palomas”.


Sobre el término Gaita es menester decir que significa Alegría y fue introducido a Colombia por los españoles, que tenían un instrumento con ese nombre, aunque no parecido a la flauta indígena, pero que más tarde terminaron bautizando con ese nombre. Él término se usa para nombrar el instrumento y también la música que con él se hace, al que se llama ‘Música de Gaita’.


En ese entorno y de esta unión negro/indígena, tres siglos antes de la llegada del acordeón, nació el cantar vallenato, siendo la palabra vallenato la designación para los nativos del valle del río Cesar, un extenso territorio que se localiza entre la Serranía del Perijá y las estribaciones de la Sierra Nevada, de Este a Oeste, y entre el inicio del desierto guajiro hasta la ribera del río Magdalena de Norte a Sur. Es el mismo valle que se denominaba Valle de los Pocabuy y más tarde Valle del Cacique Upar.


Nuestras músicas primigenias surgen así del resultado de procesos del sincretismo de las expresiones folclóricas originales, desarrollados e hibridados durante los últimos 300 años en las provincias del Caribe colombiano y en algunos otros sectores rurales de la región Caribe colombiana. Son el resultado evolutivo de la unión de textos literarios versificados y rimados, elaborados en idioma castellano, utilizados para contar cantando historias, leyendas, rebeldías y sentimientos, ambientados con música, ritmos e instrumentos musicales que provienen de las raíces históricas de la América aborigen, de África y España”, dice el documento PES: ‘Plan Especial de Salvaguardia de la Música Vallenata Tradicional del Caribe Colombiano’.


Y Martínez Ubárnez detalla: “Esa triada de instrumentos, gaita/caja/ maracas va a tener una metamorfosis en el momento en que aparece el acordeón y reemplaza a la gaita al carrizo y la caja va a recibir un cambio y es que se le quita uno de los parches y ya no se va a percutir con baquetas sino con las manos, a la usanza africana, como se percute el tambor africano y las maracas se reemplazan por la guacharaca”. Fue un tiempo rico en cantos, danzas y narraciones orales, en ritmos y ritos, en lamentos y alegrías, en resistencia y luchas libertarias; un tiempo de chandé, pajarito, tamboras y otras formas comunicativas musicalizadas que permaneció ahí germinándose para nutrir el folclor en tiempos posteriores.


Cuando se formaron las grandes haciendas, de muchísimas hectáreas y abundante ganado vacuno, los esclavos vaqueros o encargados de las labores de pastoreo, de transportar el ganado de un lado a otro, tenían con ellos la sabiduría de su África ancestral en esas lides; sabían –entre muchas otras cosas- que el ganado tiene una especie de ‘oído musical’ que lo hace sensible a los cantos; entonces se ubicaban uno adelante y otro detrás del lote de ganado, sin importar la cantidad, y emitían unos gritos melancólicos y responsoriales; es decir, se respondían entre ellos, lo que además de hacerles más ameno el viaje, servía para mantener compacto y tranquilo el ganado.

A estos pregones, llamados Cantos de vaquería, les fueron incorporando historias propias, cuitas de amor, secretos del monte, anécdotas y sucesos recogidos a su paso. La práctica hizo maestros a los vaqueros en el arte de mantener fluido ese dialogo cantado con versos y rimas, lo fue haciendo repentistas, pues tenían la capacidad de crear la respuesta cantada en el acto. Y podría ubicarse aquí el germen de la piqueria vallenata, por la improvisación de los versos responsoriales; no obstante, los estudiosos del folclor ubican el nacimiento de la contienda musical en tiempos ulteriores, cuando entraron en escena las parrandas vallenatas.


El principal aporte de los Cantos de vaquería a la canción vallenata se refiere al desarrollo de la estructura narrativa en los textos literarios. Procesos semejantes a este se presentaron entre los pescadores que habitaban las zonas inundadas a orillas de los grandes ríos, así como entre los obreros dedicados a descuajar montañas, a limpiar potreros y cortar la caña en las haciendas y estancias paneleras. En esos sitios nacieron los Cantos de tamboras, de origen africano, los Gritos de monte, los Cantos de zafra o de Monte y el perfeccionamiento de la improvisación y la construcción de las décimas por parte de nuestros campesinos”, precisa el PES.



Y entonces llegó el acordeón: “Cuando ya se habían definido matrices musicales y se había generalizado la utilización de las décimas y de los cuartetos octosílabos en la construcción de textos literarios, mecido en los brazos de marineros y contrabandistas europeos, llegó a los puertos del Caribe un nuevo instrumento musical: el acordeón”. De esta manera narra la llegada del acordeón, Santander Durán Escalona, Santander Durán Escalona, compositor investigador y autor del libro ‘La Parranda Vallenata - Manual de Iniciación para Profanos’.


Lo que encontró el instrumento foráneo a su arribo al Magdalena Grande fue un folclor ya constituido, por lo cual, como lo expresa el compositor Alberto ‘Beto Murgas’, fundador del Museo del Acordeón, “lo que hizo el acordeón fue adueñarse de la situación y coadyuvar con los aires de la región; desplazó a la gaita, sin embargo, los indígenas se quedaron con acordeones”.


No obstante, esta conquista musical no fue inmediata. Abel Medina Sierra, investigador y escritor, autor del libro ‘El vallenato: constante espiritual de un pueblo’, explica que “a la llegada del acordeón, se propició el encuentro con el campesino que lo miró, inicialmente, con recelo; eran dos culturas disímiles. Un acordeón que venía vestido de frac, él con su franela luida, mochila, sombrero y abarcas”.


Debió entonces el acordeón recorrer un largo tramo en solitario, sin la compañía de otro instrumento, aunque esta no fue una travesía tortuosa para él debido a que sus características melódicas y ergonómicas le permitían producir melodías completas con sus pitos y sus bajos, así como la fácil portabilidad para los campesinos. Fue así como en sus inicios en la región Caribe colombiana, el acordeón seguía interpretando aires europeos que traía en la ‘memoria de su fuelle’. “Quienes fueron testigo de los inicios de Francisco ‘El hombre’, aseguran que este interpretaba valses, mazurcas y otras melodías “de salón” que en Riohacha servían, desde la colonia, para amenizar las elegantes fiestas de criollos y honorables”, dice Medina Sierra.


La transición fue dándose poco a poco, a medida que el acordeón se ensanchaba y conquistaba con sus melodías el gusto de los campesinos que lograban sacarle melodías, fue también ocurriendo la integración con los tambores y las maracas, y luego la incorporación de las voces, pues los primeros acordeoneros tocaban una música sin letras; fue convirtiéndose además en el instrumento de convocatoria para recrear el cuerpo y el espíritu al final de las faenas del campo.


Así, con la integración del acordeón a la trifonía de instrumentos que ya existía, fue el folclor enriqueciéndose rítmica y melódicamente, fue quedando rezagada la gaita y el acordeón fue tomando su lugar, fueron entrando a participar a la escena folclórica la armónica y la guitarra y fue consolidándose lo que tiempo después empezó a conocerse como música de acordeón y posteriormente como vallenato o música vallenata.

 

La leyenda vallenata y el Festival


La tradición oral vallenata está repleta de mitos y leyendas que dan cuenta de cómo la cultura está atravesada por las creencias, por lo religioso y cómo los ejercicios de oralidad y en muchos casis la representación simbólica permite que sigan vivan en las nuevas generaciones. Son de amplio conocimiento en Valledupar leyendas como la de ‘Francisco el hombre’, en la cual un juglar guajiro de nombre Francisco Moscote, en una noche caliginosa, derrotó al diablo en un duelo de acordeón, ratificando – a modo de moraleja- el triunfo del bien sobre el mal. ‘La Sirena’, que representa las consecuencias de la desobediencia, ya que a la niña le había prohibido su madre bañarse en el río en viernes santo, pero ella se metió al río y no volvió a salir, pero después la gente afirmaba haberla visto convertida en sirena; es la escultura del artista Jorge Maestre que se exhibe en el balneario Hurtado del río Guatapurí.  ‘El Santo Ecce Homo’, de la cual se narra que en Valledupar apareció un forastero al que se le encomendó la tarea de crear un santo, ya que la ciudad no tenía uno; el hombre se encerró en un cuartico de la iglesia, pero pasaban los días y no salía, ni comía ni bebía, por lo que debieron derribar la puerta y al ser sorprendido, ocultando algo, el hombre se llevó las manos hacia atrás y quedó convertido en estatua. Esta es representación del Santo venerado en Valledupar, visitado por devotos de todo el mundo durante la Semana Santa y, ahora, con un lugar turístico en Valledupar. Pero hay una en especial, acaecida en un abril del siglo XVI, que está directamente conectada con el Festival.


Fue el tiempo en que llegaron los invasores españoles y sometían a la población originaria de todas las formas posibles. Un día, una matrona de nombre Ana De la Pena tuvo la osadía de cortarle el cabello a Gregoria, joven indígena a la que tenía subyugada en los oficios domésticos. Esta fue la gota que rebosó la copa, pues esa osadía le costó caro a los foráneos: los indígenas, liderados el cacique Coroponaymo, rebelaron y a flecha pura atacaron al enemigo, matando a muchos sin importar edad ni género. Pero los españoles no se quedaron de brazos cruzados; organizaron su ejército y se dieron a la persecución de los nativos por los territorios que éstos conocían a la perfección, lo que les daba cierta ventaja. Mimetizados entre los árboles que daban sombra a la Laguna Sicarare, el Cacique y su tribu observaban de cerca de la guardia española que con sus esclavos los perseguían para exterminarlos, pero que a medida que avanzaban fenecían de cansancio y sed. Entonces, al llegar a la laguna, sedientos se lanzaron a beber las aguas, que ya los nativos habían envenenado con barbasco. Desde su lugar estratégico, los indígenas los vieron convulsionar y caer muertos bajo los efectos de la hierba, pero pronto sucedió algo que los espantó; de algún lugar apareció una mujer con figura celestial que con una varita iba tocando uno a uno a los españoles y éstos recobraban la vida. Resucitados los enemigos, retomaron la disputa con más agravios y muertes, pero con la intervención divina de aquella deidad, la Virgen del Rosario, que volvió a obrar el milagro de la vida y de la conciliación, pues después de esto, indígenas y españoles se cierran en un abrazo y se cierra así el conflicto. Este acontecimiento se ha contado de generación en generación con el nombre de ‘La leyenda vallenata’.


Así, al consolidarse la idea de hacer un concurso de acordeoneros en Valledupar, encontraron que la fecha más cercana y representativa era la conmemoración del milagro de la virgen del Rosario a finales de abril, por lo cual el festival recibió el nombre de Festival de la Leyenda Vallenata, en cuya programación se incluye una escenificación de la leyenda, con el nombre de Las Cargas: un acto que justifica la fiesta, la victoria de la fe y la convivencia entre culturas.

 

Los años del Festival


Fue en abril de 1968. La idea fue crear un espacio que permitiera salvaguardar el riquísimo acervo cultural y musical de la región; fue liderada por la joven escritora valduparense Consuelo Araújo Noguera y respaldada por el compositor Rafael Escalona y el expresidente y entonces Gobernador del Cesar Alfonso López Mickelsen. Nació el Festival de La Leyenda Vallenata para, como lo expresa la Fundación que regenta el mismo, “recrear toda la magia de una tierra donde los mitos, las costumbres, las propias vivencias y una riqueza lingüística y oral nutren día por día la literatura y el pentagrama donde se tejen las letras y las melodías del vallenato”.


El festival emprendió un vertiginoso proceso evolutivo. El primer año fue organizado por la oficina de Turismo del Cesar, pero para el siguiente año (1968) crearon la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata que desde entonces ha estado al frente de su ejecución. Como hecho destacado de ese año está la inauguración del Canal Telecaribe, que transmitió, en directo, la final del evento, lo cual hizo anualmente hasta 1998. Para 1999, la transmisión del certamen saltó a canales de televisión nacional e internacional. Hoy, gracias a las dinámicas globales de las tecnologías de la comunicación, millones de personas siguen las actividades del Festival en tiempo real, sin importar el lugar de planeta en el que se encuentren.


En cuanto a los concursos, han evolucionado al ritmo de los años: el primer festival tuvo solo concurso de acordeoneros, saliendo ganador Gilberto Alejandro Durán Díaz - Alejo Durán – oriundo de El Paso – Cesar. Para el año siguiente (1969) crearon el concurso de canción inédita, siendo elegida ganadora ‘Rumores de viejas voces’ del compositor Gustavo Gutiérrez Cabello. A partir de entonces se fueron anexando concursos: en acordeoneros agregaron las categorías de aficionados (1969), juvenil (se incorporó en 1971, pero se suspendió al año siguiente hasta 2003 cuando re retomó), infantil (1970) y, en 2019, separaron a las mujeres de los hombres en una nueva categoría llamada acordeonera, que tiene mayor y menor. Existe también la categoría ‘Rey de reyes’ (1987) que se celebra cada diez años y en la cual compiten ganadores de años anteriores en la categoría profesional.


Se suman a estos, los concursos de Piqueria (1979), que evoca los antecedentes de la composición, ya que los primeros trovadores fueron poetas decimeros, eruditos en asuntos de la creación de versos con rima y contenido profundo, que se iban teniendo mentalmente y expresando de manera instantánea a medida que iban hablando; rememora también el enfrentamiento de Francisco el Hombre con el rey de las tinieblas, ya que la piqueria es una competencia entre dos repentistas que usan sus versos como arma para que, a juicio de un jurado, alguno de los dos salga vencedor. La creatividad de los concursantes de la piqueria es sometida a prueba en las modalidades de ‘verso de cuatro palabras’, ‘pie forzao’, ‘pie pisao’ y ‘dos con dos’. El concurso de las Piloneras (2006) que premia también la tradición de las piloneras con el título de Reinas de las Piloneras en las categorías adulto, juvenil e infantil.


Un aspecto importante de este certamen es el espacio para Conversatorios, con los cuales se abre espacio a la academia, la anécdota, la historia y la memoria del folclor, sus hitos, sus personales y perspectivas. Es el momento en que la música se baja de la tarima para convertirse en palabra, análisis y academia. Si los concursos son el cuerpo del festival, estos espacios son su conciencia histórica. Mientras en los sitios de concurso se los participantes se baten en duelo, en los centros de convenciones y bibliotecas se discute el futuro del género, se analizan temas como la propiedad intelectual, el impacto de las plataformas digitales y la preservación lo tradicional en los cantos contemporáneos.


Es menester mencionar como uno de los grandes impactos del Festival, que es una puerta abierta para la economía: Durante esa semana, la ciudad pasa de ser una capital a un centro de negocios masivo donde el dinero circula a un ritmo frenético. Los renglones de la economía que más se activan son turismo y hotelería, gastronomía, bares y discotecas, transporte por aire y tierra, comercio y emprendimiento, empleos temporales, agencias de diseño gráfico, entre otros. Se estima que el impacto total del Festival puede superar los 500.000 millones de pesos al año, consolidándose como una llave de la reactivación económica del departamento del Cesar.

 

De género proscrito a patrimonio universal


Dejemos así, pero te prometo que será con vallenatos y no con los espacios ambientales y las obtusas conferencias sobre arte, con lo que nos tomaremos el mundo”, le respondió Consuelo Araujo Noguera a Marta Traba, escritora argentina que pretendió ‘ponerle trabas’ al folclor vallenato, en 1969, justo un año después de haber creado el Festival de la Leyenda Vallenata. El pronóstico se cumplió tan solo dos décadas después, cuando el vallenato se convirtió en la música más escuchada en Colombia.


Y es que, en sus inicios, el vallenato no tenía cabida en los espacios de élite; era una música de campesinos, derivada de – como lo expresa el PES- “cantos de vaquería, cantos de zafra, tamboras, gritos de monte y décimas, nacidos en las haciendas ganaderas, en las ciénagas y en las estancias y cantados a capela en las labores del campo o en las fiestas populares”. En los grandes salones de la alta sociedad de Valledupar tenía cabida otra música hecha con guitarras, vihuelas, pianos y violines, asociada a la cultura española. “La de acordeón era música vulgar y antes era despreciada por la gente; era para los borrachos; le decían antes ‘música coralibe’, esa palabra fue muy conocida, quiere decir que la música es corroncha, de bajo nivel”, dice el acordeonero y compositor Emiliano Zuleta Díaz.


Sin embargo, la separación de razas fue feneciendo bajo la fuerza de relacionamiento cotidiano y la condición humana de convivir con otros: el mestizaje de españoles, negros e indígenas fue abriéndose paso, y de la misma manera lo fueron haciendo las músicas, de modo que “durante las noches, bajo la luz de las estrellas, alrededor de fogatas o de mechones encendidos, en los patios, en las plazas, en los callejones, en los montes o en las fiestas campesinas, la servidumbre y los esclavos se reunían a cantar y danzar. Al calor del jolgorio y de los licores, y como una respuesta al poder de convocatoria de estos cantos ancestrales, llegaban furtivamente los cantores castellanos de diversas condiciones sociales” (PES).


Lo que sucedió en los años sesenta, década en la que se creó el departamento del Cesar (1967) y el Festival (1968) fue que la música vallenata salió de los patios y se tomó los grandes centros sociales y políticos de Valledupar; por ejemplo, los cantos vallenatos de Rafael Escalona fungían como llaves que abrían las puertas que las gestiones diplomáticas no lograban, y con el Festival se consiguió el objetivo de posicionar a Valledupar en el mapa nacional. Además, supuso un antes y un después en un momento en el que la ciudad estaba ávida de esperanza; sus creadores imaginaron un concepto y demostraron que, más que imitar otros modelos, debían inventar uno propio, conjugando las particularidades, el acento local, con la proyección global. Así, el vallenato dejó de ser un asunto regional. La difusión en medios de comunicación lo convirtieron en un fenómeno de masas.


El Festival de la Leyenda Vallenata es un espacio de salvaguardia de las tradiciones culturales y folclóricas del Caribe colombiano, un encuentro de mundos para honrar a los juglares, escuchar el acordeón, versos y melodías, celebrar una tradición que pervive en la gente, inmortalizar los cuatro aires musicales que se interpretan con el acordeón, la caja y la guacharaca; es una forma de conservar e arte y la memoria, de aportar, con acciones, a atenuar los riesgos sobre los cuales alertó la Unesco  en 2015, cuando reconoció el vallenato tradicional como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

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