Ovidio Granados, desde el corazón del acordeón
- María Ruth Mosquera @sherowiya
- hace 1 día
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Sus manos firmes le dan vueltas al último destornillador que sujeta la tapa del instrumento azul con botoncitos blancos y forma de cajón por dentro. El hombre septuagenario separa una violina de la estructura interna, la desliza sobre un mueblecito de fuelle y pedal, parecido a los de las máquinas de coser, al que le da unos pedalazos que desencadenan una melodía que varía el sonido conforme es cambiada de posición.
“El acordeón es profundo”, dice el hombre, levantando la mirada por unos segundos, como si reconociera cada espacio del quiosco, que sirve de teatro a sus genialidades y que hoy luce machimbre y columnas de cañaguate con helechos colgantes y fotografías nuevas y viejas, que dan cuenta de una región de juglares populares y un linaje musical. Sonríe en silencio, antes de volver a concentrarse en su ceremonial oficio. Con un cuchillito viejo, con restos de pegante seco, les da unos toquecitos a las láminas delgadas de las violinas y estas suenan. “Esto tiene el mismo temple que una cuerda”, explica, al tiempo que repite la acción en las otras láminas y emprende la tarea, poner en su lugar cada una de las piezas, dispersas sobre una mesa de madera. Suelta un suspiro de satisfacción, dejando adivinar cuanto disfruta esos momentos de afinación del instrumento que simboliza la tradición folclórica de una región y cuyos enigmas él está desentrañando desde hace más de medio siglo, cuando sintió el llamado tácito de lo que quería ser en la vida: Técnico de acordeones. “Esto nace. Se lleva en la sangre”, es la frase de Ovidio Enrique Granados Melo, para justificar las motivaciones de un arte ancestral, cuyos detalles históricos le arrancan carcajadas, cuando le cumplen la cita a la memoria.
Era el tiempo de caminos agrestes, cuando los pueblos quedaban más lejos, se alumbraban con mechones y se cocinaba en fogones de leña. En Mariangola vivía la familia Granados Melo, descendientes de Juancito Granados, Juan Granados Yépez, un campesino de la primera generación de acordeoneros que existió en la provincia vallenata ; alegre, enamorador trashumante, quien le heredó a su estirpe el arte musical. “Los Granados salimos una parte de Juancito granados. Él se casó con Ángela Ochoa. Estos Granados vienen de Santa Marta, pero él llegó muy joven a Camperucho, una sabana de cuatro casitas entre Mariangola y Caracolí. Antes de él no hubo músicos en la familia. Mariangola es un pueblo bonito, pero más bonito era cuando yo nací: El río, las costumbres, había pocas casas. La familia vivía de la agricultura y la ganadería. Mi papá Juan Francisco Granados Ochoa administraba una finca de un señor Pascual Castro. Yo no gateaba todavía cuando mi papá le hizo una hacienda ganadera. Yo, cuando desperté, que conocí a mi abuelo, ya él era un anciano. Él murió en Mariangola hace como treinta años”, explica el nieto Ovidio Granados, sobre quien recayó la fuerza de los genes del músico excelso, que alcanzó tal renombre que lo denominaban ‘El Gallo de Camperucho’, ya que en el hijo Juan Francisco la manifestación artística no fue muy fuerte y tocaba el acordeón esporádicamente, después de las faenas agrícolas.
Los muchachos de entonces crecieron entre el trabajo en el campo y los cantos de zafra y vaquería que amenizaban las jornadas, definiendo muchos su vocación musical a escondidas de los mayores, como fue el caso de Ovidio, quien relata: “Mi papá no me dejaba cogé el acordeón porque se lo iba a esmigajá. Una vez mi mamá se iba pal rio y nos dijo a mis hermanos y a mí: Vamos muchachos que me acompañen que voy a lavá la ropa. Yo me acordé que el acordeoncito de mi papá estaba en un baúl y dije: Yo no voy pal rio, yo me voy es a quedá dándole deo al acordeoncito. Y a lo que cruzaron, que se fueron los pelaos con ella, abrí el baúl y ahí estaba y lo cogí”. El relato le imprime un tono fantástico a la voz del ‘Viejo Villo’ como ha sido resumido su nombre por la fuerza del cariño y de su influencia en la historia de la música. Le brillan los ojos. “Ese día saqué dos temas de una vez. Cuando vinieron, llamé a mis hermanos: Vengan muchachos, ya yo sé tocá dos piezas, me dijeron: Tú eres embustero. Dale pa’ ve’. Y les toqué lo que había sacao: El inmenso amor, de Armando Zabaleta y El centavo, no sé el autor”.
Fue asombroso para los adolescentes que Ovidio, siendo de tan solo ocho años, hubiera logrado tremenda hazaña. Con algarabía llamaron a su mamá Isabel Melo Durán, pariente de la dinastía de acordeoneros de El Paso: Los Durán, para que el nuevo acordeonero hiciera la demostración y así esperaron ansiosos a su padre para contarle. “Cuando venía mi papá lo alcanzaron desde lejos en el burro para contarle. Papa, ya Ovidio toca. ¿Ya toca? Pa’ ve’, y yo le toqué las piezas que me había aprendido. Entonces me arrebató el acordeón y dijo: Dame acá que me vas a echá a perdé mi acordeón”. Ese le fue prohibido, pero ya se había establecido entre él y ese musical aparato una conexión para la vida, que pasaría por encima de las vicisitudes de no tener uno propio, de las obligaciones en salones de clase y de cualquier otra oferta que la vida le hubiera puesto en frente: Su destino sería el acordeón.
Los fabricaba de cartón y los llevaba a la escuela, en donde exponía cuanta nota le llevaba el viento, de los cantores campesinos que habitaban la región. “Entonces mi tío Martiniano Melo me regaló el acordeoncito” y así tomó vuelo la carrera del muchachito, que a los 14 años ya tocaba bailes. Lo hacía de una forma tan sin igual, que no solo cautivaba a quienes lo escuchaban, sino que conquistó a su padre, que después decidió apoyarlo. Oficializó su arte y se dedicó a él.
Nota a nota, Ovidio fue marcando su identidad como un acordeonero de ilustres cualidades interpretativas, con un don especial para improvisar melodías, con rutinas perdurables, lo cual lo llevó a escribir páginas doradas en la historia del folclor vallenato, entre las que se destacan capítulos como la creación de la agrupación ‘Los Playoneros del Cesar’ y la magistral interpretación del acordeón, en la obra de Calixto Ochoa ‘Diana’, al lado de Diomedes Díaz.
En ese trasegar de acordeonero profesional, Ovidio Granados se enfrentaba a un impase propio del oficio y era que se le partían los pitos del instrumento y se le estropeaba las notas. “Yo tenía como veinte años. Eso se me partía los pitos semanalmente porque yo antes tocaba mucho, me buscaban y siempre se me dañaba el acordeón y cuando se me dañaba no me gustaba. Yo era pretencioso, quería que estuviera completo. Entonces iba donde Ismael Rudas, que me lo arreglara. Cuando yo crecí él era un técnico de acordeón”. Se refiere Granados a Ismael Antonio Rudas Jaramillo, un viejo magdalenense, arreglador de acordeones, humanitario y de carácter fuerte que vivía en Caracolicito, un pueblo atravesado por la carretera que comunicaba a Valledupar con Santa Marta. No había restaurantes ni hoteles, pero los viajeros encontraban comida y posada donde una señora de nombre Amira, aunque también la casa de Rudas Jaramillo fungía como hotel de paso, sobretodo para los acordeoneros a los que les agarraba la noche con su instrumento en el taller. Era una casa de bahareque, cocina de palma, un pozo artesanal para sacar agua y un patio amplio, en el que colgaban hamacas, en la que bien podían amanecer un músico o un ‘turco’ de los que pasaban en el último carro de la vía. Tenía las paredes cubiertas con fuelles de acordeones, que ‘El Viejo Ismael Rúa’, como le decían en el pueblo, compraba para que no le faltara material de repuesto en su oficio y que iba colgando en la pared Isabel Mieles, su coequipera en la vida, no solo como madre de sus hijos sino como compañera de su arte. Ella se encargaba de hacer la parte de los fuelles, de estética, y él se ocupaba de los pitos, de lo que tenía que ver con la funcionalidad del instrumento.
“Yo iba semanal a Caracolicito. Ahí estaba Ismael Rudas que era lo mejor que había por aquí. Me echaba un día para ir. Se me partía un pito del acordeón, ya no me gustaba, entonces arrancaba un día de camino y él era que me lo arregla. No me dejaba venir ese día, que porque ya iba era a bebé con el toque mío, a visitar a los amigos; total, que me hacía amanecé allá”, recuerda Ovidio Granados.
Pero esas travesías para los arreglos de su acordeón y el encuentro con Ismael Rudas Jaramillo llevarían al joven de Mariangola a descubrirse en su nueva y definitiva pasión: El corazón del instrumento. Conocer el acordeón por dentro, vivenciar la transformación de los sonidos a través del cambio de un pito, de la afinación de las violinas internas o de la manipulación de alguna pieza de la estructura fueron descubrimientos que despertaron la creatividad del joven y lo convirtieron en un aprendiz del arte del que hoy es maestro. “Cuando me estaba arreglando el pito, yo me ponía así en la mesa. Él iba trabajando y yo me ponía a ve. Me decía: Compa retírese, le va a quedá el acordeón mal afinao. Yo me retiraba un poquito y al cabo rato volvía y como tenía vocación, eso fue rapidito que aprendí, sin preguntarle nada a él”. De esta manera, la partida de un pito, más que una contrariedad para Ovidio, se convertía en una nueva oportunidad para nutrirse de la savia del erudito técnico de acordeones. Madrugaba entusiasmado en Mariangola y se iba para la carretera principal, a esperar que pasara el bus. “Salía a las siete de la mañana y esperaba un bus a la orilla de la carretera. El bus se echaba dos horas y llegaba a Caracolicito; la casa de Ismael quedaba en el pueblo”, precisa Ovidio, al tiempo que narra episodios con otros acordeoneros, amigos y clientes del técnico, como Luis Enrique Martínez, ‘Pacho’ Rada con los hijos, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa. Y llegan a su memoria, anécdotas ocurridas, mientras los acordeones estaban desbaratados sobre la mesa de labores de Ismael: “Una vez fui con Carmencito Mendoza, paisano mío, y nos brindó una hamaca pa’ los dos, una hamaca grande. Él se puso a hablarnos con un mechón en la mano. Que tú tocas bien, que levántate y en eso se le soltó el mechón y cayó en la hamaca y nosotros brincábamos y no dábamos pa’ salí”. Entre risas, continúa: “Estaba pequeño Ismael Rudas, el hijo del viejo. Un día lo mandaron a una tienda a buscar sal y creo que arroz y trajo fue azúcar en vez de sal, el papá le iba apegar y yo le evité que le pegara: Hombe, deje el muchacho, no le haga nada que él va otra vez”.
Es un episodio que permanece también vivo en la memoria de Ismael Rudas Mieles: “Cuando Ovidio llegó a mi casa, en Caracolicito, yo era apenas un niño de 12 años y él aún era tan joven que no pasaba de los 18, pero su manera de tocar lo hacía parecer de mucha más edad. En esa época se destacaban como grandes, Luis Enrique Martínez, Pacho Rada, Miguel López, Saúl Betín, Colacho Mendoza, Dionisio Martínez, Sebastián Sarmiento, Abel Antonio Villa, Nafer Durán y otros que se me escapan, pero que fueron un gran referente a mostrar, con ideas claras del concepto y carácter general de lo que significaba hasta ese momento la idiosincracia pura de un estilo propio e individual que marcaba con sello indeleble la raíz misma del sentimiento impreso por parte de cada intérprete, que entonando la misma canción, sin que se esfumara su cadencia original, permitía con gran facilidad reconocer quien estaba al mando del instrumento. En mi casa era casi imposible que no se encontrara con dos o tres acordeoneros más, que acudían en busca de reparación, encuentro que necesariamente terminaba en parranda y era inevitable que disimuladamente se tejieran comentarios alrededor de quién tocaba mejor. Para hacer éste análisis, no había que saber de música, ni estar pendiente en la pisada de cada nota, solo con que el ejecutante hiciera, un pequeño registro de unas pocas notas, que comúnmente formaba parte del preámbulo normal en el inicio de cada canción, se sabía quién era el mejor. En mi caso muy particular, aunque ya tocaba el acordeón desde los cuatro años, tenía muy en cuenta el concepto de mi papá, quien siempre inclinaba la balanza a favor de Ovidio, pero esto no era difícil dilucidar, al menos que por ahí estuviera Luis Enrique Martínez, razón que Ovidio siempre reconoció con mucha gallardía. Yo veía algo diferente en él. Podían llegar los que quisieran, pero Ovidio era el mejor, su manera de improvisar, su forma interpretativa, cuando llegaba se llevaba toda la atención y no ha perdido eso. Es el músico que aún interpreta con esa facilidad, conserva esa elegancia, no había notas aprendidas”, relata Rudas Mieles.
De las anécdotas de Ovidio y las palabras de Ismael quedaron como testimonio las muchas parrandas que tuvieron lugar en Caracolicito, lideradas por Ismael Rudas Jaramillo. “Salíamos los tres: Un hermano de Ismael, él y yo, a visitar a los amigos de él. Yo con mi acordeón con el trabajo que él me le hacía. A veces amanecíamos, yo no tomaba; ellos sí bebían aguardiente y ron caña”.
Los viajes de Ovidio a Caracolicito terminaron, después de superada una primiparada como técnico, que de paso le significó una carrera para escapar del fajón de su padre Juan Francisco. “Fue en un viaje que hice a Caracolicito. Cuando se me dañó, lo destapé, nuevecito, y me puse a metele pito. No me quería cuadrá, me quedaba torcío. Mi papá se dio cuenta y llegó y se quitó el fajón y se me vino por atrás; lo vi yo de reojo y mordí a corré. Este carajo está es esmigajando el acordeón ve, dijo mi papá. A los tres meses de eso, ya yo arreglaba. El primero quedó dañao un poco de días y después lo compuse. Después volví allá donde Ismael, llevé otro acordeón. Ahí sí vine especializado. Ya ahí sí se puso a bebé mi papá con unos amigos en la casa y decía: Tengo un hijo que ese sí, carajo, toca acordeón y los arregla. Estaba contento mi papá y decía yo entre mí: Pendejo, si no salgo yo corriendo ese día me fregai con la correa”. Hay carcajadas en Ovidio al evocar este suceso.

Sí, Ovidio Granados Melo se convirtió en el especialista, en el técnico de más renombre, poseedor del calificativo de ‘Viejo’, el mismo que tenía su maestro y que no es más que un reconocimiento, especie de sinónimo de erudición. Se convirtió en ‘El Viejo Villo’, quien así como bebió la esencia musical de su abuelo Juancito, la ha transmitido a sus hijos, incluso a su hermano Almes, quien después de adulto aprendió a tocar acordeón y se hizo rey vallenato del principal festival, que tiene este género musical: El Festival de la Leyenda Vallenata, para entrar a sumar la octava corona con las siete que ya tenían sus sobrinos Hugo Carlos, cinco, y Juan José, dos, hijos ellos de Ovidio. A Ovidio Raúl ‘Villito’ lo ve como su reflejo, un magnífico técnico de acordeones, que lo ayuda a satisfacer las demandas de los hacedores de una música, que ya es el folclor del mundo. Con orgullo, habla de su hijo: ‘Él me aprendió viendo. Teníamos dos mesas de trabajo. Nos hacíamos él allá y yo acá y él cuando el pito le daba lidia se venía pa’ acá, miraba en silencio, se iba otra vez y lo ponía. Es muy buen técnico. En abril hay mucho trabajo, por el Festival, pero se reparten, vienen para acá y van donde Villito”.
Es un modo de vida que inició hace más de cinco décadas, en las que este hombre ha entrado muchas veces al alma de los acordeones de los más destacados intérpretes del folclor vallenato, de su generación hacia adelante. Ha sido un proceso evolutivo, favorecido en facilidades por el mundo moderno, ya que como comenta ‘El viejo Villo’ y refirma Ismael Rudas Mieles, “antes se hacían los pitos de cuerdas de vitrola, de esas de RCA Víctor de donde se ponían los discos y usaban cola de la misma que los carpinteros para pegarlos. Había que prender un mechón, se calentaba el alambrito y se derretía la cera para pegar los pitos. Ahora es más fácil, porque el pito uno lo compra en Barranquilla o aquí en Valledupar también. Lo venden con arremachito y el pito suena de mayor a menor, todos los números, uno lo compra y no más es ponerlo. Antes había que darle lima”, dice Ovidio, quien ahora cuenta con un afinador especial, fabricado con el fuelle de un acordeón, que lo libra de tener que soplar las violinas del acordeón con la boca. Usa pinzas, martillos, un punto centro, pegantes y otros elementos que ahora están a su alcance. Tiene una lupa que no usa, “la compré porque veía a los otros técnicos que la usaban, pero yo no la di pa’ usar, no la necesito” y lleva unas gafas de aumento, que poco se pone. Conoce los más íntimos secretos de un acordeón, por eso cuando se los llevan a su taller, lo primero que pide es que los toquen. “Ya con el sonido sé qué tiene”. Siendo el daño más común, el de los pitos partidos. “Se parte porque se abandonan los músicos y no le dan aire. Por aquí les entra y le sale aire; si no le da, se calienta el pito y se parte”, explica, mostrando un botoncito negro que tiene el instrumento y añade con risa pícara: “Yo no les digo a los músicos que la vida de los pitos está aquí porque eso no me conviene”. Reconoce que algunos instrumentos dan lidia, cuando pierden el tono, que se parte el pito que marca el patrón, pero igual los ha arreglado, en ese caso renovando las piezas.
Hablar de su arte hace que las anécdotas se precipiten a la memoria del ‘Viejo Villo’, como aquella en la que después de repararle cuatro acordeones nuevos a unos alemanes, terminó en ese país, donde incluso querían comprarle su secreto ancestral para reparar acordeones. “Me dijeron: Maestro a usted no le gustaría ir a Alemania, a la fábrica. Yo les dije por fregá: Como no, yo voy. Se fueron, Como a los ocho días se presentaron aquí con unos pasajes: Tome maestro para que se vaya con ‘El Turco’ Gil. Erdaa, quien me mandó a mí a decir que sí. Yo me desvelaba antes de llegar la fecha. Ay Dios mío. Vino la fecha y arranqué pa’ Bogotá. De ahí viajamos a las siete de la noche. Yo decía: De noche es más peligroso, porque de pronto viene otro avión y como está de noche, este no lo ve y se chocan y nos matamos”.
Pero así como han evolucionado los métodos y herramientas de reparación del acordeón, también lo ha hecho el instrumento mismo. Para la época en que Ovidio Granados nació, 8 de octubre de 1942, ya la historia de los acordeones había pasado por varios modelos. “El más antiguo de los acordeones de que se tenga memoria en el vallenato es del acordeón llamado Moruno, de un teclado. Le siguió el de Espejito, que tenía tres espejos y un empaste de ramos dibujado de manera similar a una tela llamada Tutankhamen, por lo que el acordeón también fue conocido con ese nombre. En 1925 se conoció el Regal, de un teclado y dos bajos. Y vino el Tornillo de Máquina, más desarrollado que los anteriores. En 1932 volvió el Moruno, como son los actuales, pero tenía en las patas unos chupaflores y unas guacamayas pintadas, por lo que lo llamaron acordeón Guacamayo, de dos teclados y cuatro bajos. En 1935 apareció el Honner, primero, de dos teclados y cuatro bajos, y en 1938, de dos teclados y ocho bajos (...) Otros tipos de acordeón, conocidos y bautizados por nuestros músicos atendiendo alguna de sus características fueron: El Marca Venao, el Acordeón Cuchara, el Acordeón de Tembladera, el Acordeón de Aumento, Barrilito, Acordeón de Trompito, Club Segundo, de Cambio, de Palanquita, Melodión, Simila y Colibrí. Más adelante se conoció un acordeón Honner llamado Club Tercero R, que tenía dos palanquitas para cambiar el sonido; después esas palanquitas se convirtieron en botones; después esas palanquitas se convirtieron en botones. Y ya para 1950 apareció la máxima perfección que son los acordeones de tres estilos: el ADG, el GSF y el Cinco Letras, que es el actual acordeón vallenato” . Y aquí, en ese trasegar del acordeón, también Ovidio Granados Melo ha tenido fuertes influencias, siendo el hombre que tiene el poder de cambiar los tonos de los acordeones, al punto de inventar uno nuevo como el citado SiMiLa. “Este no viene de fábrica. Emilianito Zuleta vino aquí un día y me dijo: Bueno compadre, esta música pasándola pa’ acá afuera y la de adentro pal medio ¿no suena bien el acordeón? Le dije yo: Sí suena. Ese es un trabajo grande. Entonces me dijo: “Me va a hacer usted un acordeón. En eso llegó Ramón Vargas a la casa y le dijo también y dijo Ramón: Sí se puede hacer. Vamos a caele Villo. Nosotros no lo dañamos. Nosotros le entregamos su acordeón. Y nos quedó bien. Hicimos un Simila. Es el nuevo sonido que nos inventamos. Que tiene esas notas”. Con esta creación, ayudado por Ramón Vargas, puso a disposición de los músicos la posibilidad de cantar en tonos más altos. Pero hay más: “Aún hay otro más alto, que es el ADG alzao.Él viene de fábrica natural, pero nosotros aquí lo alzamos de tono. Lo mismo con el Cinco Letras, el GSF. Los alzamos todos, lo que el dueño nos diga”.
Así es. Ovidio Granados Melo tiene la sapiencia para hacer con el acordeón los cambios que el dueño pida, en lo que a notas se refiere, ya que conoce lo más íntimo de su corazón y sabe cómo tratarlo. “El acordeón es como una mujer: hay que cuidarlo, consentirlo, acariciarlo, limpiarlo, pasarle una toallita”. De este modo, cita como partes principales el Fuelle, que es la parte de pliegues hecha con cartón, que es lo que le da el sonido, el viento se encierra en el fuelle y provoca el sonido, de una manera cuando es abierto y de otra cuando es cerrado. Este sonido se produce cuando presionan los botones, que corresponden a la mano derecha y es donde están las notas, estos pueden averiarse ya sea por degaste o porque se partan; los bajos corresponden a la mano izquierda. En su interior, el acordeón cuenta con tres o cinco violinas, dependiendo el modelo, que a su vez constan de planchas con láminas, que son los pitos y están ubicadas en forma perfecta con unos orificios que coinciden con los botones; así, al presionar un botón y abrir o cerrar el fuelle se produce el sonido. Tiene además el acordeón un botón negro cerca a los bajos, que permite ventilar el interior del instrumento”.

Ha caído la tarde en Valledupar. El sol se despide. El maestro Ovidio Granados Melo guarda el acordeón azul en un cuartico aledaño al quisco, donde hay fuelles por doquier. Y frente a tanto ‘pedazo de acordeón’, confiesa que no tiene ni uno que le pertenezca. “Yo toco con el del nieto mío”. En la puerta hay fotografías y recortes de periódicos, con los momentos gloriosos de sus hijos y hermano. Habla de ellos con orgullo, pero al momento de mencionar a Eudes, se nota un dejo de melancolía en su voz, él heredó también su arte y también, como él, fue técnico de acordeones de Diomedes Díaz y Juancho Rois, hasta que un fatal accidente enlutó la Dinastía Granados. “Mis hijos son muy serios y buena gente. Que Dios me los guarde”. Sale a la terraza y se sienta en una mecedora como replica constante a todas las tardes que ve pasar. Saluda al lotero y le compra un billete, tradición que cumple desde hace varios años, sin que haya librado la última cifra siquiera.
Entonces surge la pregunta: Maestro ¿Qué significa el acordeón para usted? Y él responde: “Toda una vida. El acordeón pa’ mí es todo. Es Dios”.
El linaje Acordeonero de los Granados:
Juancito Granados formó hogar con Ángela Ochoa y tuvieron a Juan Francisco, Josefa, Rosa y Beatriz. Este hogar se disolvió. Juancito Granados murió de viejo en Mariangola. Había perdido la vista, así como todos los dientes.
Juan Francisco Granados formó hogar con Isabel María Melo Durán y tuvieron once hijos: Hugo Héctor, Juan Francisco, Wilman Eduardo, Leonel Emilio, Hilda Ilse, Mireya Genith, Amanda Enilda, Adelmo, Ovidio y Almes.
Ovidio Enrique Granados Melo conformó su hogar con Nimia Antonia Córdoba, con quien tuvo seis hijos: Eudes (técnico de acordeones, fallecido), Ovidio Raúl (técnico), Hugo Carlos (cinco veces rey vallenato, incluido rey de reyes), Patricia, Marilí y Juan Rosé (dos veces rey vallenato). Tiene otros seis hijos de otra unión: Ambrosio, Wilder, Ledys, Naby, María Claudia y Claudia María.
Hay una cuarta generación de esta dinastía que está entrando en la senda musical que está marcada desde la primera generación: Se destacan Almes José, hijo de Almes, y Jairo Andrés, hijo de Marily, quienes tocan acordeón, y Hugo Carlos Jr. A quien le gusta cantar.









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