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Una voz que no desvanece el tiempo, un canto que habita en la memoria

  • Mary Mosquera @mary.mosquera
  • hace 21 horas
  • 3 Min. de lectura

Jorge Oñate. Imagen suministrada.
Jorge Oñate. Imagen suministrada.

Se despide una noche dando paso al día y así, sucesivamente, sigue el rumbo del mundo, vidas que terminan y otras comienzan, rutinas de las gentes marcadas por afanes, tropiezos y alegrías, y todo parece mantenerse en la misma normalidad. El universo vallenato también sucumbió en ese modelo cambiante, moderno: canciones que no alcanzan el éxito, otras que suenan fugazmente, cantantes que nacen como cultivos bien abonados que solo producen una cosecha. Mientras que hay versos grabados hace más de 50 años que se eternizaron en el tiempo y permanecen ahí intactos.


Una canción suena en la radio, un acorde se escapa por una ventana abierta, llega a multitudes, alguien la tararea de forma cotidiana. Pero en esos versos cargados de poesía que emana esa melodía, hay una ausencia que pesa y que hace doler el alma. Una voz que ya no responde al llamado de su acordeón, aunque sigue habitando la memoria colectiva de esas multitudes. Es la voz de Jorge Antonio Oñate González, el hombre que fue bendecido con el don del canto y que hoy, cinco años después de su partida, sus cantos aprendieron a no desvanecerse con el paso del tiempo.


Oñate González se fue en un febrero provincial, que pareció encogerse aún más para quienes amaron su voz. Como si el tiempo, en un gesto de infinita compasión, hubiera decidido doler menos, reducir los días para acortar la ausencia y hacer más llevadero el dolor. Febrero pasó rápido, no se llevó el vacío que produjo la ausencia del cantante, pero sí dejó la certeza de que su canto no necesita calendario, porque hay voces que permanecen empotradas en los recuerdos. Así se despide el mes de febrero, con recuerdos del Jilguero de América y su voz sonando en las emisoras para recordar su desconexión con la existencia ese 28 de febrero del 2021 en la ciudad de Medellín.


La noticia corrió como un lamento largo: se iba una de las voces más influyentes del folclor vallenato, un nativo cuya identidad no pasó a la historia por azar, sino por mérito y persistencia. Jorge Oñate nació en La Paz, Cesar, en 1949 y llegó al mundo con una voz destinada para cantar cotidianidades, al amor, al desamor, a la pasión y a lo que solo otros podían sentir. Fue un torrente inagotable de éxitos, sacados de esa materia prima llamada romanticismo, ausencia y nostalgia. Cada canción parecía una confesión sincera cantada con elegancia.


Patrimonio sonoro del país


Su camino artístico comenzó formalmente en 1968, el mismo año en que el vallenato empezaba a mirarse a sí mismo como patrimonio con un despliegue festivalero. Desde entonces, el ecosistema musical se alineó a ese torrente de tradición oral que se hacía más rico con su voz. Oñate revolucionó el género vallenato al separar al cantante del acordeonero y asignar funciones, forjando dos figuras que brillaran al frente de la tarima, dos estrellas del folclor protagonistas, sin que una le robase brillo a la otra.


Con Los Hermanos López, y más tarde con acordeoneros que hoy son leyenda, construyó una carrera de más de cinco décadas. Fue, para muchos, un “hacedor de reyes”. Canciones como ‘Nació mi poesía’, ‘Nido de amor’ ‘Noche de estrellas’, ‘Oye tú’, entre otras. Se volvieron difíciles de imaginar en otra voz. Aunque las hayan grabado después, siguen llevando su acento, su respiración exacta. En cada interpretación había rigor, competencia consigo mismo y una exigencia que lo ubicó entre los grandes: Diomedes Díaz, Rafael Orozco, Poncho Zuleta y él.

Ganó premios, discos de oro y platino, fue Rey del Festival de la Leyenda Vallenata y recibió el Grammy Latino a la Excelencia Musical. Incursionó en la política, caminó otros escenarios, pero nunca dejó de ser cantante. Porque su voz no era un oficio: era identidad.


Hoy, cuando su ausencia aún duele, el legado de Jorge Oñate exige ser salvaguardado. No como un recuerdo inmóvil, sino como una herencia viva que las nuevas generaciones deben escuchar, estudiar y respetar. Su canto no murió aquel febrero; se quedó suspendido en el aire del Caribe, esperando que alguien vuelva a cantarlo, no para imitarlo, sino para entender que hubo una vez un hombre que hizo del vallenato una forma de vida. Una identidad.


Como una pieza patrimonial de propiedad de todo un país, así quedó inscrita su voz en la memoria colectiva, no es un eco lejano, es una presencia que acompaña, que acaricia y alienta. Un hombre que marcó generaciones, porque en cada canto enseñó a sentir, a nombrar el amor, la ausencia y la tierra. Se convirtió en ese legado eterno, porque hay voces que no se apagan, que se heredan y siguen susurrando al oído perennemente.

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