Génesis de una cofradía musical triétnica

 

La trifonía en el folclor del Caribe colombiano no comienza con la conquista ni tampoco con la llegada del acordeón; esta existía ya en el territorio desde la prehispanidad y era la música que acompañaba la cotidianidad de los aborígenes, producida con una triada de instrumentos indígenas: un carrizo o flauta de boquilla bautizada más tarde como gaita; maracas, parientas cercanas de la guacharaca, y un tambor con parches en ambos extremos que se tocaba con baquetas.

 

Mucho tiempo después, tras del descubrimiento de América, se encontraron el tambor indígena con el africano,  que era cónico de una sola membrana y se tocaba con las manos, produciéndose entre ellos una hibridación que dio como resultado un tambor con el tamaño del indígena, pero con la forma física y la manera percutiva del africano. Así lo explica Simón Martínez Ubárnez, filósofo, historiador, investigador cultural y escritor.

 

Reiteradamente ha dicho Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, abogado, poeta, historiador, escritor, folclorista, ambientalista, catedrático y compositor vallenato, que mucho antes de que el negro cimarrón descubriera el árbol ‘Volador’ para fabricar sus tambores con la misma madera que los fabricaba el indígena, “ya el indo chimila era dueño de tambor, guacharaca y flauta, lo que sumado al canto y percusión negroide produjo las gaitas, con cuya organología trifónica se interpretaron desde aquellas remotas épocas, aires como puyas, sones, merengues y palomas”.

 

Sobre el término Gaita es menester decir que significa Alegría y fue introducido a Colombia por los españoles, que tenían un instrumento con ese nombre, aunque no parecido a la flauta indígena, pero que más tarde terminaron bautizando con ese nombre. Él término se usa para nombrar el instrumento y también la música que con él se hace, al que se llama ‘Música de Gaita’.

 

En ese entorno y de esta unión negro/indígena, tres siglos antes de la llegada del acordeón, nació el cantar vallenato, siendo la palabra vallenato la designación para los nativos del valle del río Cesar, un extenso territorio que se localiza entre la Serranía del Perijá y las estribaciones de la Sierra Nevada, de Este a Oeste, y entre el inicio del desierto guajiro hasta la ribera del río Magdalena de Norte a Sur. Es el mismo valle que se denominaba Valle de los Pocabuy y más tarde Valle del Cacique Upar.

 

“Nuestras músicas primigenias surgen así del resultado de procesos del sincretismo de las expresiones folclóricas originales, desarrollados e hibridados durante los últimos 300 años en las provincias del Caribe colombiano y en algunos otros sectores rurales de la región Caribe colombiana. Son el resultado evolutivo de la unión de textos literarios versificados y rimados, elaborados en idioma castellano, utilizados para contar cantando historias, leyendas, rebeldías y sentimientos, ambientados con música, ritmos e instrumentos musicales que provienen de las raíces históricas de la América aborigen, de África y España”, dice el documento PES: ‘Plan Especial de Salvaguardia de la Música Vallenata Tradicional del Caribe Colombiano’.

 

Y Martínez Ubárnez detalla: “Esa triada de instrumentos, gaita/caja/ maracas va a tener una metamorfosis en el momento en que aparece el acordeón y reemplaza a la gaita al carrizo y la caja va a recibir un cambio y es que se le quita uno de los parches y ya no se va a percutir con baquetas sino con las manos, a la usanza africana, como se percute el tambor africano y las maracas se reemplazan por la guacharaca”.

 

Fue un tiempo rico en cantos, danzas y narraciones orales, en ritmos y ritos, en lamentos y alegrías, en resistencia y luchas libertarias; un tiempo de chandé, pajarito, tamboras y otras formas comunicativas musicalizadas que permaneció ahí germinándose para nutrir el folclor en tiempos posteriores.

 

Cuando se formaron las grandes haciendas, de muchísimas hectáreas y abundante ganado vacuno, los esclavos vaqueros o encargados de las labores de pastoreo, de transportar el ganado de un lado a otro, tenían con ellos la sabiduría de su África ancestral en esas lides; sabían –entre muchas otras cosas- que el ganado tiene una especie de ‘oído musical’ que lo hace sensible a los cantos; entonces se ubicaban uno adelante y otro detrás del lote de ganado, sin importar la cantidad, y emitían unos gritos melancólicos y responsoriales; es decir, se respondían entre ellos, lo que además de hacerles más ameno el viaje, servía para mantener compacto y tranquilo el ganado.

 

A estos pregones, llamados Cantos de vaqueria, les fueron incorporando historias propias, cuitas de amor, secretos del monte, anécdotas y sucesos recogidos a su paso. La práctica hizo maestros a los vaqueros en el arte de mantener fluido ese dialogo cantado con versos y rimas, lo fue haciendo repentistas, pues tenían la capacidad de crear la respuesta cantada en el acto. Y podría ubicarse aquí el germen de la piqueria vallenata, por la improvisación de los versos responsoriales; no obstante, los estudiosos del folclor ubican el nacimiento de la contienda musical en tiempos ulteriores, cuando entraron en escena las parrandas vallenatas.

 

“El  principal  aporte  de  los  Cantos  de  Vaquería  a  la  canción  vallenata,  se  refiere  al desarrollo de la estructura narrativa en los textos literarios. Procesos semejantes a este se presentaron entre los pescadores que habitaban las zonas inundadas a orillas de los grandes ríos, así como entre los obreros dedicados a descuajar montañas, a limpiar potreros y cortar la caña en las haciendas y estancias paneleras. En esos sitios nacieron los Cantos de tamboras, de origen africano, los Gritos de monte, los Cantos de zafra o de Monte y el perfeccionamiento de la improvisación y la construcción de las décimas por parte de nuestros campesinos”, precisa el PES.

 

Y entonces llegó el acordeón

 

“Cuando ya se habían definido matrices musicales y se había generalizado la utilización de las décimas y de los cuartetos octosílabos en la construcción de textos literarios, mecido en los brazos de marineros y contrabandistas europeos, llegó a los puertos del Caribe un nuevo instrumento musical: el acordeón”. De esta manera narra la llegada del acordeón, Santander Durán Escalona, Santander Durán Escalona, compositor investigador y autor del libro ‘La Parranda Vallenata  Manuel de Iniciación para Profanos’.

 

 

Lo que encontró el instrumento foráneo a su arribo al Magdalena Grande fue un folclor ya constituido, por lo cual, como lo expresa el compositor Alberto ‘Beto Murgas’, fundador del Museo del Acordeón, “lo que hizo fue adueñarse de la situación y coadyuvar con los aires de la región; desplazó a la gaita, sin embargo, los indígenas se quedaron con acordeones”.

 

No obstante, esta conquista musical no fue inmediata. Abel Medina Sierra, investigador y escritor, autor del libro ‘El vallenato: constante espiritual de un pueblo’, explica que “a la llegada del acordeón, se propició el encuentro con el campesino que lo miró, inicialmente, con recelo; eran dos culturas disímiles. Un acordeón que venía vestido de frac, él con su franela luida, mochila, sombrero y abarcas”. 

 

Debió entonces el acordeón recorrer un largo tramo en solitario, sin la compañía de otro instrumento, aunque esta no fue una travesía tortuosa para él debido a que sus características melódicas y ergonómicas le permitían producir melodías completas con sus pitos y sus bajos, así como la fácil portabilidad para los campesinos. Fue así como en sus inicios en la región Caribe colombiana, el acordéon seguía interpretando aires europeos que traía en la ‘memoria de su fuelle’. “Quienes fueron testigo de los inicios de Francisco ‘El hombre’, aseguran que este interpretaba valses, mazurcas y otras melodías “de salón” que en Riohacha servían, desde la colonia, para amenizar las elegantes fiestas de criollos y honorables”, dice Medina Sierra.

 

La transición fue dándose poco a poco, a medida que el acordeón se ensanchaba y conquistaba con sus melodías el gusto de los campesinos que lograban sacarle melodías, fue también ocurriendo la integración con los tambores y las maracas, y luego la incorporación de las voces, pues los primeros acordeoneros tocaban una música sin letras; fue convirtiéndose además en el instrumento de convocatoria para recrear el cuerpo y el espíritu al final de las faenas del campo.

 

Así, con la integración del acordeón a la trifonía de instrumentos que ya existía, fue el folclor enriqueciéndose rítmica y melódicamente, fue quedando rezagada la gaita y e acordeón fue tomando su lugar, fueron entrando a participar a la escena folclórica la armónica y la guitarra y fue consolidándose lo que tiempo después empezó a conocerse como música de acordeón y posteriormente como cantos vallenatos.

 

Texto publicado en separata especial de El Pilón, en abril de 2019

 

 

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