El derecho al descanso: las enseñanzas de Byung-Chul Han
- Abel Medina Sierra
- hace 5 horas
- 5 Min. de lectura

Inicio estas reflexiones recordando a dos entrañables amigas que han sido recurrentes en cuestionar, con la mejor intención, mi birriosa obsesión por el trabajo, la multitarea, lo que me ha llevado a soslayar la contemplación y los placeres del ocio: la artista y psicóloga Liceth Díaz Pushaina y la periodista María Ruth Mosquera.
Hay algo profundamente curioso en que uno de los libros filosóficos más leídos de las últimas dos décadas se llame “La sociedad del cansancio”. No porque el título sea provocador, sino porque, prácticamente, muchos, como en mi caso, al terminar de leerlo, decimos: "Sí, ese soy yo". Y en ese momento nos damos cuenta de que tenemos una larga lista de pendientes para hacer durante el día y, aunque el libro ya nos dejó una profunda reflexión, sabemos que no podemos escapar a esa trampa (que ayudamos a construir nosotros mismos) que se llama sociedad del rendimiento, que es, en realidad, el tema central del libro.
El autor es Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano muy leído radicado en Berlín. Esta obra se complementa con otra que parece ofrecer el antídoto a los males contemporáneos que la primera describe de forma descarnada: “Vida contemplativa: elogio de la inactividad”. Juntos, los dos libros forman algo parecido a una radiografía clínica de la época.
El hámster que se cree emprendedor
El argumento central de Han en “La sociedad del cansancio” es que en estos tiempos hemos pasado de una sociedad disciplinaria en la que dependíamos de un jefe y de un deber impuesto desde afuera, a una sociedad de rendimiento, donde el mandato ya no viene de ningún verdugo externo, sino de nosotros mismos. Eso quiere decir: ya no nos explotan; nos autoexplotamos. Y lo peor: creemos gozar y descrestamos con eso; lo hacemos con entusiasmo, con la convicción genuina de que, si no estamos ocupados, algo estamos haciendo mal.
Somos el sujeto de rendimiento, el nuevo héroe de nuestro tiempo según esta perspectiva. Trabajamos desde casa y en el carro; tenemos cuatro proyectos al mismo tiempo; somos multitareas: queremos escuchar la tele mientras almorzamos y chateamos, pero también conversamos con los hijos y asignamos tareas a la esposa, todo junto. Nos imponemos la obligación de rendir siempre más, de exigirnos cada vez más, de imponernos metas tras metas, y eso nos impide vivir porque hay que sobrevivir de forma productiva.
La metáfora que Han usa y que más perdura en la memoria es la del hámster en su rueda. Corre porque corre; no hay destino ni pausa. Y lo más perturbador es que el hámster cree que avanza.
Pero Han nos enseña que hacer varias cosas al mismo tiempo no es una evolución de la atención humana; es, en realidad, su degradación. Eso hace que perdamos la atención sostenida y profunda: la meditación, la contemplación, el disfrute, la ataraxia. Es como si esta sociedad del rendimiento no tuviera tiempo para la atención profunda; siempre hay una notificación pendiente, un cronograma esperando, la necesidad de tener el inbox vacío y la lista de tareas con chulos para sentirnos satisfechos. Todo esto ha traído como resultado una generación de personas técnicamente muy preparadas, competitiva, gomosa, pilosa, hiperconectadas, pero intelectualmente dispersa, incapaz de leer un artículo largo sin revisar el celular a la mitad, incapaz de soportar el aburrimiento por diez minutos sin buscar estímulo inmediato, superficiales y a las que les aterra el silencio.
A estas consecuencias agregaría las tres vías de escape que postula el filósofo mexicano Francisco Guzmán García: consumismo anestésico (lo que compramos se convierte en una droga psicosocial que nos alivia por un rato), hedonismo ortopédico (la obsesión por una supuesta comodidad y ergonomía que solo es física) y gregarismo virtual (el involucramiento emocional desde las redes sociales, donde la opinión y la emoción se imponen a la información y la sensatez).
El burnout es debilidad: ese agotamiento profundo que ocurre cuando el cansancio nos obliga a tirar la toalla. Nos sentimos literalmente “quemados”; falló nuestra resiliencia; no pudimos con la presión. Para Han, el burnout no es el fracaso del individuo; es el del sistema. Es lo que ocurre cuando la lógica del rendimiento ilimitado choca, finalmente, con los límites de un cuerpo y de una psique finitos. Eso causa depresión; sentimos que colapsamos, no solo con agotamiento físico, sino de sentido. Es cuando me despierto un lunes y no encuentro ninguna razón convincente para levantarme, porque la vida se ha vaciado de todo lo real y esencialmente importante.
La inactividad como acto de resistencia
Una salida nos queda para evitar quemarnos y eludir la alienación de este trajín de la sociedad del rendimiento y de la autoexplotación. Aquí entra “Vida contemplativa”, el otro libro de Han. Si el primer libro es el diagnóstico, este es algo como una prescripción médica. Es una obra que reivindica, desde la filosofía, la vita contemplativa y que muchos en esta época han rebautizado despectivamente como "perder el tiempo".
Chul Han invitado a inclinar la balanza a favor de la vida contemplativa, en la que no tengamos miedo a la inactividad, a sentir flojera de vez en cuando, a no ver el ocio como si fuera el enemigo del progreso, sino como una de las parteras de la historia y la ciencia. Y es que la filosofía sí que le debe mucho al ocio: los grandes descubrimientos, las grandes obras, los grandes giros del pensamiento humano no surgieron de calendarios llenos de tareas, sino de la contemplación y de muchas horas de ocio fecundo. Newton no estaba en una reunión de trabajo cuando la manzana cayó.
El filósofo plantea en “Vida contemplativa” que el descanso no es la ausencia de actividad, sino una facultad independiente que enriquece nuestra existencia. Contemplar es la recuperación del sentido; distanciarnos un poco de la lógica capitalista que mide el valor de la vida solo por la producción y el consumo; es apreciar la pausa, experimentando la realidad más allá de la mera supervivencia. Es también una forma de liberarnos de la autoexplotación, deteniendo la inercia de exigirnos rendir constantemente; y de volvernos a conectar con el entorno y encontrarnos con uno mismo en la introspección desde ese espacio íntimo que nos dan el silencio y la inactividad.
Han no pide que abandonemos el trabajo ni que nos volvamos flojos. Pide algo más difícil y subversivo: que recuperemos la capacidad de estar sin hacer, de mirar sin capturar, de escuchar sin tomar notas. Que el ocio no sea la antesala del trabajo, sino un fin en sí mismo. Que el tiempo que "no sirve para nada" sea, precisamente, el que más importa.
Contemplar en tiempos de desespero
Para muchos sonará ridículo, quizás un poco heroico, intentar llevar una vida contemplativa en estos agitados años cuando pareciera que “el año y los días se van volando” y no nos rinde el tiempo para todo lo que planeamos hacer. No hay tiempo para aburrirse, es decir, para contemplar, para prestar atención durante largo tiempo, para leer un libro completo o solo mecerse en una hamaca bajo un palo de mango durante toda una tarde.
Cuando alguno de nosotros, osadamente, elige la inactividad, para muchos es pereza; no lo es: es resistencia. Salir a caminar sin audífonos, leer un libro sin buscar el resumen, aburrirse en una sala de espera de un consultorio médico o en un terminal de transporte sin sacar el celular es, en la vida actual, un acto de insurrección, una anomalía que desafía la pauta posmoderna.
Han lo dice con más elegancia: “lo que necesitamos no es una app de meditación ni una rutina de mindfulness de cinco minutos entre reuniones. Necesitamos una cultura diferente del tiempo. Una que no mida el valor humano por su productividad. Una que entienda que el silencio no es ausencia sino presencia de otro tipo. Una que recuerde que los animales que descansan no están desperdiciando el día: están siendo, simplemente, lo que son”.
El cansancio que describe Han no es el del atleta que cruza la meta. Es el del hámster que lleva años corriendo y que, si parara un momento y mirara hacia afuera de la rueda, vería que siempre ha estado en el mismo lugar.










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