• Mary Mosquera @mary.mosquera

Escalona: modelo, escuela y leyenda


Rafael Escalona. Foto Cortesía

La composición es fundamental patrimonio del amplio inventario musical que tiene el folclor vallenato. Sus protagonistas o propietarios de esos activos son seres extraordinarios que develaron, de ese universo de letras, melodías, estrofas y versos, gajos de aconteceres anecdóticos que fueron ordenando en una línea de tiempo, para luego diseñar ese sendero de relatos acordes a las vivencias de cada generación, a cada tarde que dormía, a cada noche que expiraba, a las alegrías, a los desamores, al trabajo campesino, a los caprichos cambiantes de la naturaleza, a las corrientes y profundidades hídricas y, hasta los hoyitos en las mejillas de una mujer, son objetos de cantos.


Sin duda eran otras auroras, nubarrones menos contaminadas, en los que ser ‘de avanzada’ era tener acceso a un papel y un lápiz para escribir versos; algunos que hoy fungen de compositores no nacieron a tiempo para disfrutar de esos privilegios y escribir bonito teniendo solo como referencia la cotidianidad y el entorno.


En las entrañas de pasado artesanal nació Rafael Calixto Escalona Martínez (q.p.d), se nutrió de un romanticismo abrumador y se inflamó del amor que tiempo después, empezó a irrigar a cielo abierto; con la cosecha que recogió alimentó al universo. Millones de versos, estrofeados en cientos de canciones ricas en letras y rima que encantaron y siguen emocionando y haciendo vibrar a todos los que las escuchan y/o tararean.


Escalona Martínez amplió el pedestal de la exquisitez en la composición vallenata a niveles abismales, y sin restricciones, la llevó a clubes con acceso para la élite social, sin excluir a los de su clase y si existía otro estrato más bajo también gozaba y disfrutaba de los cantos de Escalona. Fue un modelo para su generación y se convirtió en escuela para la siguiente y leyenda para la posteridad.


Más de un millón de versos


No existe un número exacto para cuantificar los versos que compuso Rafael Escalona, para los historiadores de la cultura vallenata, están explícitos en centenares de canciones que escribió, algunas grabadas en formatos comerciales, otras, que no lograron llegar a un estudio están en las memorias de sus amigos y seguramente varios cantos en proceso de gestación, se fueron con él a la eternidad. Canciones como: 'La casa en el aire', 'El testamento', 'La molinera' y 'La brasilera', fueron de las primeras grabaciones de este género musical hechas por la industria discográfica, cuando el patrón era grabar solo en guitarra.


Las palabras de Santander Duran Escalona, sobrino de Rafael y también compositor de estirpe y trayectoria en la música de acordeón son. “Rafa fue un fenómeno extraordinario para la composición vallenata, un referente intelectual y social de los más importantes en este folclor, fue de los primeros que abrió la brecha para el posicionamiento cultural, literario y poético de Valledupar y de la costa ante el mundo”.


Rafa Escalona escribió su vida en letras, cada canción era una estructura perfecta de un retazo de su existencia, de vivencias, de la cotidianidad pueblerina; a estos, les sumaba melodías y recargaba de sentimiento, era asombrosa la capacidad mental que tenía para componer canciones con hechos cronológicamente narrados.


En el ‘El Testamento’, describió la vida citadina de un provinciano, que transitaba periódicamente un trayecto vial para enclaustrarse en las aulas de clases del Liceo Celedón en la ciudad de Santa Marta, institución donde cursó algunos grados del bachillerato; “Oye morenita me voy por la madrugada / no quiero que me llores porque me da dolor / paso por Valencia cojo la sabana / Caracolicito luego a Fundación / entonces me tengo que meter / en un diablo al que lo llaman tren / que sale por toda la zona pasa / y de tarde se matea a Santa Marta”.

En otro canto que tituló ‘El hambre del Liceo’, el cual adornó con ráfagas de sentimientos gratos que le alimentaba el deseo de volver a su provincia, abrazar a sus gentes, parrandear con sus amigos, hacer travesuras de pelaos y versearle a su novia; volvió a narrar el mismo trayecto en sentido contrario. “Salgo Santa Marta cojo tren en la estación / paso por la zona de los platanales / y al llegar a Fundación / sigo al carro para el valle”.


Santander continuó relatando, “Rafa tejió una red de amigos en toda esa región, desde la alta guajira incluidos los departamentos del Magdalena Grande. Se convirtió en un icono, en la persona de mayor simpatía, de mayor aceptación social a todos los niveles y se posicionó en ese pedestal. Compuso cerca de 100 canciones, unas se grabaron, otras quedaron en las memorias de los amigos y otras murieron con él. Hemos recuperado unas cuantas, pero es una tarea que sigue pendiente”.


Alimentado con la dulzura de la región patillelera


Se extractaba de la personalidad de Escalona una nobleza colosal, alimentada por la dulzura que se derramaba la Sierra Nevada de Santa Marta y caía a un playón sembrado de sandía, zona de tránsito de los grupos indígenas Koguis, Wiwas, Kankuamo Wayuu y Chimila. Esa población figura en el mapa con el nombre de Patillal, bordeado por el cerro de Las Cabras y el arroyo La Malena. De esa dulce cascada de inspiración se fortaleció Rafael, adelantándose a muchos de sus paisanos, que también se abrevaron con dones poéticos que en esa región brotaban de forma auténtica y silvestre.


Las costumbres genéticas que heredó de sus padres, respeto, servicio y el ayudar a cuanto parroquiano le fuera posible, fueron complemento para su virtud poética; además, poseía una lucidez enorme para descubrir los hechos que eran objeto de canto.


Su padre Clemente Escalona Labarces, un coronel del ejército que vino a conocer la provincia y quedó atrapado en las redes del corazón de Margarita Martínez Celedón, una dama esbelta nacida en esa línea territorial que divide al Cesar de La Guajira; la pareja contrajo matrimonio y estableció como lugar de residencia el corregimiento de Patillal, hoy zona rural de Valledupar; ahí nacieron Rafael y sus seis hermanos.


Su infancia la pasó haciendo travesuras en Patillal, en ese entonces parte del Magdalena Grande. Desde niño empezó a curtir de poesía su alma, con historias que escuchaba de los amigos de su padre, veteranos de la Guerra de los Mil días que las narraban con un dialecto enriquecido de costumbres pueblerinas, de cotidianidades y cargado de historias de juglares vallenatos como. ‘Francisco el Hombre’.


La pinta de buen mozo, buen amigo y compositor, le ayudaron a fabricar una fama de mujeriego que le dejó varios retoños, hijos de madres distintas. Su primera esposa Marina Arzuaga la popular ‘Maye', su mayor musa de inspiración y protagonista de varias obras musicales; de esa unión nacieron seis hijos: Adaluz, Rosa María, Abril Margarita, Juan José, Rafael y Perla Marina Escalona Arzuaga. Luego nacieron Clemente, Marlon Rafael y Carmen Elena, producto de su relación amorosa con Carmen Elena Rodríguez, conocida como "La Mona del Cañaguate", inspiradora de otras obras grabadas.


Del vientre de Solmarina Bolaño le nacieron: Francisco Rafael y Roda Indira Escalona Bolaño. De la relación con Rosa Gil nació Taryn Escalona Gil; Abigaíl Escalona Márquez; luego nació Hernando José Escalona Brochero; de la relación con Dioselina Brochero. Con Bacilia Mercedes Castilla nació Berny Escalona Castilla; Mara Escalona Rodríguez (q.p.d.) nació producto de la relación con Elda Rodríguez. En su adultez conoció a Luz María Zambrano con quien engendró a Paola, Carolina y Astrid, hogar donde exhaló sus últimos alientos de vida.


Logros y posiciones


En el año 1991, Rafael escalona escribió su primera obra literaria en formato de novela titulada ‘La Casa en el Aire’, con Xajamaia editores; en ella narró parte de su biografía, su infancia y se auto describió como un soñador y aventurero; se encuentran también en ese texto historias de su tierra patillalera. En 2018, la editorial Planetalector lanza una serie de 36 versos de ‘La casa en el aire’, ilustrados para población infantil y juvenil; al igual que hizo con Nicolás Lagartija’, otra novela que Escalona publicó en 2006 y en la que narró la relación amistosa entre un hombre y una lagartija encontrada en el jardín de la casa; relata igualmente, detalles de su vida de un agricultor y finquero en las estribaciones de las Sierra Nevada.


Escalona fue cofundador del Festival de la Leyenda Vallenata junto a Consuelo Araújo Noguera y Alfonso López Michelsen; su amistad con López Michelsen, lo llevó a ser Cónsul de Colombia en Colón, ciudad de Panamá. Recibió cualquier cantidad de reconocimientos, entre estos, uno otorgado en 2005 por su trayectoria musical, entregado por la junta directiva de los Grammy Latinos.

El proyecto de ley 349 de 2009 del Senado de Colombia declaró ‘Patrimonio Cultural y Artístico de la República de Colombia la obra musical y literaria del Compositor Rafael Escalona Martínez. Con el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez cultivó sentimientos de cariño y agradecimiento, al punto de quedar referenciado en dos obras del Nobel, ‘El coronel no tiene quién le escriba’, y ‘Cien años de soledad’, además, en 1982 hizo parte de la comitiva que acompañó a García Márquez a recibir el Premio a la ciudad de Estocolmo Suecia.


Sus vivencias como compositor, cantante y la relación con sus amigos, merecieron que se abriera en telón en las grandes pantallas, la serie de televisión ‘Escalona’ que el mundo vio en el año 1992, protagonizada por el cantante y actor samario Carlos Vives y dirigida por el cineasta Sergio Cabrera, mostró los hechos más relevantes de su vida de estudiante y adolescente.


Entre los argumentos que esbozó la UNESCO para declarar el vallenato como Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad, hacen referencia a las canciones de Escalona, como influenciador de la cultura vallenata en su esencia, melodías y letras, como relatos de un autor provinciano dedicado a la salvaguarde del vallenato tradicional.

El folclor perdió un artífice

El 13 de mayo de 2009 se despidió de todos y para siempre Rafa Escalona, esta no fue una de esas despedidas que cantaba atormentado por los celos de ‘La Maye’, cuando partía de Valledupar para el Liceo Celedón en Santa Marta o cuando se iba a contrabandear cerdos por el desierto de La Guajira. El adiós de las 4:36 de la tarde en una clínica en Bogotá, marcó el final de una cascada de versos y dejó huérfano al folclor vallenato de uno de sus más destacados artífices.


Escalona dejó un sendero para el trasegar de nuevos compositores que busquen descubrir el caudal infinito de las estructuras literarias, que le dieron fuerza a sus cantos. Esos sonetos se encargaran de permanecer activos en las memorias de las generaciones actuales y venideras, para referenciar que en Patillal, Valledupar, Colombia, existió un Rafa Escalona inmortalizado por su obra.




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