Vallenato y músicas tradicionales colombianas: espontánea respuesta de resistencia y dignidad cultur


Cuando el general Gustavo Rojas Pinilla, en ese momento Presidente de Colombia, conoció en una reunión social que se desarrollaba en la Base Militar del Batallón Rondón, al sur del actual departamento de La Guajira, a la figura altiva del compositor Rafael Escalona cantando sus propias canciones, en unos ritmos desconocidos para la sociedad bogotana de la época, intuyó que ese joven cantor, por su porte, desparpajo y sus inverosímiles historias cantadas, en donde retrataba humorística y poéticamente la vida cotidiana y la realidad social de una inmensa región, podría llegar a ser la figura que, desde la provincia, impulsara a la música folclórica de Colombia, para enfrentar a los grandes cantores populares que llegaban desde el sur del continente.


El Presidente invitó a Escalona a la capital y en una noche de gala, lo presentó en el palacio presidencial ante los más importantes personajes de la política, los gremios y el arte, quienes fueron seducidos por la calidad de su obra.


De Bogotá, fue invitado a un evento político en Cali, donde tuvo su prueba de fuego en un inolvidable encuentro de canciones, versos e improvisaciones, enfrentado a un peso pesado de la música latinoamericana, Atahualpa Yupanki.


Allá sedujo al auditorio, rematando su faena musical con una improvisada estrofa:


“Dos valles tiene Colombia

De belleza sin igual

El uno es Valle del Cauca

Y el otro, Valledupar


A partir de ese momento, Rafael se convirtió en ‘Escalona’ y la música vallenata inició su difusión por Colombia, hasta ser reconocida como Patrimonio de la Humanidad Unesco.


Desde entonces, el canto Vallenato, convertido en un factor social aglutinante en el proceso de fortalecer la identidad cultural de la región Caribe colombiana, ha sido una inimaginable, espontánea y fundamental herramienta para la resistencia de la cultura nacional contra las políticas de penetración cultural y homogenización de los mercados, planteadas a nivel mundial desde los centros del poder económico y político, como estrategias diluyentes de las culturas tradicionales autóctonas, de los países en desarrollo,.


Ha sido fuerza opositora que, desde la época de las primeras grabaciones musicales, atrincheró a la cultura nacional contra las arrasadoras propuestas musicales que llegaban de otros lares.


Hasta hoy, el canto vallenato no ha sido analizado ni planteado como una respuesta original y espontanea de amplios y marginados sectores populares ante la avasalladora influencia de los grandes mercados culturales internacionales.


Cuando alrededor de los años 50, el mambo, las rancheras y el tango eran las músicas más escuchadas en América, desde las lejanas y desconocidas sabanas y montañas del Valle de Upar - Valledupar - llegaron a las salas de grabación las canciones vallenatas de Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta y Escalona, interpretadas en formato de guitarras por Guillermo Buitrago; así como las primeras grabaciones en acordeón de Abel Antonio Villa, Luís Enrique Martínez, Alejo Durán y posteriormente, por el Trío de Guitarras de Bovea y sus Vallenatos, los herederos del formato musical de Bovea, ésta vez, con la inolvidable voz del eterno Cantor de la Sierra Nevada, Don Alberto Fernández, grupo musical al cual, años después, se unió el acordeón de Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, para interpretar ‘Los Cantos Vallenatos de Escalona’, convirtiéndose en los preferidos por la gran audiencia nacional.


De esta manera los cantares vallenatos salieron de los pueblos, de las sabanas, de las montañas, de las ciénagas, los ríos y las serranías del Caribe y de los corrales de ganados en las grandes haciendas, para presentarse, con orgullo patrio, en los salones de la Presidencia de la República y los más importantes escenarios artísticos y culturales nacionales.


Por la región Caribe colombiana han desfilado – inútilmente - las músicas del Mambo, el Rock and Roll, los Beatles, los Rolling Stones, la Salsa, el Reguetón y un sinnúmero de ritmos de gran acogida a nivel mundial. Sin embargo, nuestras comunidades caribes han respondido abrazando y cultivando sus músicas folclóricas o populares tradicionales, verdaderas manifestaciones de su manera de ser, de su sentir, de sus formas de vida.


A pesar del desmedido despliegue de los ritmos extranjeros por parte de los medios de comunicación, así como de los cuantiosos recursos económicos invertidos en su promoción, las comunidades campesinas del Caribe siguen aferradas a sus músicas mestizas y mulatas: la cumbia, el porro, la tambora, las gaitas y de manera primordial, al vallenato.


En este sentido, también se manifiesta la reconocida psicóloga, investigadora, periodista y cantante de música vallenata Marina Quintero Quintero, docente de la Universidad de Antioquia, nacida en Ocaña - Norte de Santander, cuando dice que “el Rock and Roll no se conoce ni se consolidó en Valledupar, Rio de Oro, Ocaña, o en cualquier pueblo del Caribe colombiano, porque no lo necesitábamos para manifestar nuestros ideales, ni para comunicarnos, ni para enamorar, ni para bailar o para contar historias, leyendas o chismes provincianos. Para ello teníamos al vallenato, la cumbia, la tambora y el porro, entre un sinnúmero de expresiones musicales autóctonas”.


El sentimiento, la nostalgia y la auto identificación étnica y cultural brotan espontáneamente en esas comunidades, cuando escuchan los sonidos de los instrumentos musicales y los cantares que, ancestralmente, llevan en sus genes.


No obstante lo anterior, en aras de la modernidad o motivados por procesos sociales tales como el conflicto armado, el abandono de tierras, los desplazamientos internos y la globalización de los mercados, un pequeño grupo de las nuevas generaciones de nuestros músicos intérpretes, compositores y arreglistas se ha urbanizado y posiblemente, sin tener conciencia del proceso político de dominación cultural que en el trasfondo se mueve, todos los días presentan propuestas musicales en las cuales realizan mezclas de lo nuestro, con ritmos extranjeros, destacándose entre ellas las fracasadas y permanentes experiencias de utilizar al Vallenato como base musical, debido a su extraordinaria difusión comercial, disfrazando de manera burda y fraudulenta toda música que se interprete con acordeón, con el nombre de Vallenato. .

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De esta manera, persiguiendo la fama y el dinero, estos nuevos compositores y músicos criollos participan en el carnaval de mezclas y fusiones e ingenuamente le hacen el juego a las grandes empresas fonográficas nacionales y extranjeras, en las cuales prima el concepto de utilidades, por encima de los factores culturales y de la dignidad nacional.


Estos procesos no son nuevos: La cumbia, uno de los ritmos más bellos del mundo – considerada insignia musical nacional - fue desplazada de las preferencias del público debido a las fusiones y a los pésimos compositores citadinos, originarios de todas partes – nacionales y extranjeros - quienes cohonestados por las empresas discográficas nacionales, equivocadamente consideraron que, con solo apoyarse en la matriz de la percusión original de la Cumbia, ya tenían patente de corso para componer exitosas canciones en este ritmo.


Y de esta manera, tanto las empresas disqueras nacionales, como sus nuevos genios musicales, fracasaron, haciendo desaparecer a la Cumbia del mercado nacional.


Fracasaron porque se les olvidó el pequeño detalle de que la cumbia, como el vallenato son parte de la cultura inmaterial del pueblo Caribe y que como tal, tienen sabor a tierra; que sus principales compositores son campesinos, auténticos en su expresión musical, quienes saben, intuitivamente, sin haber olido una escuela de música en su vida, cómo cantarle a un pueblo que se identifica con sus mensajes.


Las políticas de promoción empresarial y de ataque cultural utilizadas para atentar contra la cumbia se están repitiendo con el vallenato y otros ritmos tradicionales colombianos, por medio de acciones como:


Impulsar el surgimiento de nuevos compositores extraños a la cultura que genera estas canciones; inflar a la fuerza a figuras desconocidas para presentarlas como los nuevos mesías de los ritmos tradicionales; relegar al olvido a los compositores tradicionales y a los intérpretes que debido a su edad, desde un equivocado punto de vista comercial, ya han cumplido su ciclo artístico; promover nuevos ritmos (fusiones y mezclas) utilizando fraudulentamente los nombres de los ritmos tradicionales; engañar a las nuevas generaciones urbanas de consumidores ofreciéndoles, bajo el nombre de ‘vallenato’, posicionado durante más de 100 años por los aportes de muchas generaciones de trovadores y juglares campesinos - un producto que no se ajusta a los patrones rítmicos, literarios, melódicos y armónicos tradicionales de este género musical; restringir el acceso a las salas de grabación o a los canales de mercadeo a los aires tradicionales, dejando sin su música preferida a un amplio sector del mercado conformado por personas de edad mediana y de jóvenes que prefieren “la música de antes”, tales como el vallenato tradicional y las músicas andinas, llaneras, del Pacífico o del Caribe; utilizar una equivocada estrategia de ventas dirigida a homogenizar mercados, antes que a segmentarlos; apoyar o participar directa o indirectamente en la piratería de la música; fomentar la corrupción de la payola, considerada la gran mina de oro de muchos programadores de música independientes, en las emisoras nacionales..


Es decir, en su miopía cultural y comercial, se dan el lujo de desechar a los verdaderos Maestros. Algunos de ellos los últimos juglares de mula y canoa, con sus baúles llenos de obras inéditas bellísimas, tal vez más valiosas para nuestro país, que el oro del galeón San José.


Este proceso lleva, inevitablemente, a invisibilizar comercialmente a los artistas tradicionales, atentando contra la cultura nacional; a confundir y cambiar las preferencias del público, obligado a consumir, a la fuerza, las nuevas propuestas musicales, sin encontrar en ellas los elementos culturales que los identificaban con los mensajes planteados por los compositores tradicionales.


Los anteriores procedimientos, típicos de una cultura de mercados, rompe la cadena de trasmisión oral abuelo - padre – hijo y le da un golpe bajo a la cultura nacional, dejándola sin su medio tradicional más importante para la transmisión de mensajes y saberes; sin la transversalidad que nos une y nos enseña a conocernos como pueblos y a respetar nuestras diferencias, como lo son nuestras músicas tradicionales, cuyos cantos originarios están vivos día tras día, en las selvas, los ríos, las ciénagas, sabanas y montañas de Colombia. Cantares que se quedan sin canales de divulgación y mercadeo, mientras las generaciones de compositores tradicionales van desapareciendo o se retiran del arte, agobiados por la fatiga de los años y la desesperanza.


A pesar de todas estas trampas tendidas por la economía de mercados, a través de los últimos 60 años, el vallenato tradicional ha logrado resistir y sobrevivir en nuestros campos, interpretando la realidad y las esperanzas del pueblo colombiano y sus mensajes llegan y son asimilados por otras audiencias latinoamericanas.



Santander Durán Escalona

Fundación Cantautores Vallenatos.

Miembro Corporado del Cluster de la Cultura y de la Música Vallenata


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